Acciones accidentadas

Un día más entró decidida, sonriente y aún con el desafortunado incidente del día anterior en mente. El personal de la barra le devolvió el amplio saludo; la esperaban a diario puntualmente. Ella tomó asiento en su rincón y empapeló la mesa de libros y libretas. Finalmente sacó su portátil y, mientras dejaba que se encendiera, buscó establecer contacto visual con el chico que mejor sabía prepararle el café. En cuanto la vio mirándole, esperando en silencio y paciente su turno, la entendió en seguida: caramel macchiato con la leche natural, no fría. No era la política de empresa, pero el personal tenía el detalle de traerle la taza en la mesa; le preguntaban cómo estaba o si necesitaba nada más, pues sabían que era nueva en aquel ecosistema ciudadano.

—Vuelvo a la barra antes de que me llamen la atención —le disculpó el muchacho frotándose las manos levemente en el delantal.

—Faltaría más —dijo ella.

Vio al chico perderse entre los clientes que desfilaban por el ancho corredor, formado entre el mostrador y las mesas distribuidas en la planta baja. En el par de minutos que habían estado intercambiando palabras, el establecimiento se había llenado notablemente. La joven cogió la taza con ambas manos y se recostó en el respaldo de la silla, de piernas cruzadas y mirada observadora. Le resultaba curiosa la mezcla de etnias culturales de la ciudad y la diferencia social prácticamente nula entre ellas, aún más evidente en un espacio consumista y cerrado. Su atención divagaba de individuo a individuo como buscando recibir información de cada uno: quiénes podían ser, a qué se dedicarían, qué contaban sus pertenencias, la actitud corporal, lo que llevaban puesto…

Siendo plenamente consciente de su pasado y sus vivencias en el presente, sentía tremenda curiosidad por las rutinas y costumbres de quienes la rodeaban. Pero en vez de preguntar directamente, se contentaba en identificar la cartera de un alto ejecutivo trajeado, las uñas rojas a juego con los tacones de una chica esperando impaciente una cita, o con la toalla que se dejaba caer al suelo para descubrir la estera de un hombre que probablemente atendía a clases de yoga. La joven se apresuró a recogérsela, pues estaba cerca y parecía que fuese la única que se había dado cuenta de ello. El hombre ni se había dado cuenta, así que se lo agradeció inmerso aún en el desconcierto; siguió su camino hacia el primer piso.

De nuevo sentada, decidió ponerse a trabajar un poco, pues llevaba media hora larga sin hacer nada. Permaneció ajena al hombre de la toalla, quien al cabo de poco volvió a bajar e hizo cola para pedir una bebida verdosa, color que le llamó la atención a ella. Venciéndole tal distracción a la concentración, se paró a observar a aquel hombre: vestía con una camiseta blanca apretada al cuerpo, pantalones oscuros de chándal, una chaqueta motera gastada y unas zapatillas deportivas sucias. Pintoresco; o poco se miraba al espejo antes de salir de casa… Buscaba mesa libre y parecía haber localizado una recién despejada. Se dirigió a la mesa adicional a buscar servilletas y en cuanto se giró, una pareja de avanzada edad se había adueñado del objetivo mentalmente escogido. La joven observaba algo divertida la escena, la mueca de fastidio de él, el murmullo ininteligible maldiciendo a los ladronzuelos y la peinada visual por si podía sentarse en algún otro sitio.

—Puede sentarse aquí, si quiere —no pudo contenerse más la risa, ella. El hombre pareció acceder y la joven recogió un poquito los papeles para que él pudiese dejar el vaso.

—Gracias —parecía tímido.

—No hay de qué. Hay mucha gente, ¿verdad? —se lo quedó mirando, pero él parecía no muy dispuesto a entablar conversación: parecía agobiado ordenándose en su microespacio. Ella decidió no molestarlo más—: Vale, prometo dejarle tranquilo tomándose su… —no pudo identificar el contenido de su vaso de plástico transparente—, cosa —terminó con una sonrisa de labios sellados.

—Té —llamó por fin la atención de la joven con un monosílabo—. Perdona, no quería ser un maleducado.

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