El regalo perfecto

Era el aniversario de mi madre y aún no sabía qué regalarle. Llevaba días pensando en infinidad de posibilidades, pero no encontraba nada que me acabara de gustar. Escuchaba atentamente todo lo que decía por si me daba una pista de cualquier cosa que pudiera necesitar. Incluso le había acabado preguntando si necesitaba alguna cosa, pero me había dicho que no hacía falta que le regalase nada.

Algún año no le había regalado nada por falta de dinero, pero ese año me apetecía darle una sorpresa desenvolviendo un regalo. Quería algo original y que no se lo pudiera esperar, pero mi cabeza no pensaba lo suficientemente claro.

Llevaba una semana pensando múltiples opciones de regalos, mirando tiendas y aparadores en busca de una idea sugerente, pero nada. Había pensado en algún anillo o brazalete, pero el presupuesto se me iba. También había pensado en algún bolso o monedero, pero tenía demasiados. Los perfumes los había descartado ya que había sido la opción de las pasadas navidades. No encontraba nada.

Lo más divertido fue cuando me llamó mi tía para pedirme consejo para un regalo. No podía ayudarla y entonces ella me dio una idea: me dijo que le compraría una caja de bombones. Me enfadé por no haber pensado antes en ello. Sabía que el chocolate le encantaba y acertaría con ello, pero no copiaría la idea.

Ese día salí a hacer la compra que me había pedido mi madre para hacer la comida. Aproveché para dar una última vuelta por las tiendas en busca de algo: descarté los libros, los fulares y otros complementos no eran buena idea porque no usaba… En el fondo, todo eran ideas válidas, pero yo buscaba algo para sorprenderla y no tardé en encontrarlo.

Pasé por delante de una pastelería y no me lo pensé dos veces para comprarle un pastel. Esto no era ninguna sorpresa, pero fue entonces cuando me di cuenta de lo que le podía regalar. Ignoré su lista de la compra y compré lo que yo quise para prepararle su comida favorita.

En cuanto llegué a casa me puse manos a la obra sin perder el tiempo. Me encerré en la cocina y empecé a preparar los platos vigilando que no se me quemase nada. Hacía más de una cosa a la vez si quería tenerlo a punto para cuando llegara del trabajo. Terminé a tiempo y preparé la mesa, pero en la terraza. Hacía muy buen tiempo y había que aprovecharlo. Saqué la mejor vajilla y la mejor cristalería y lo dispuse todo.

Fue una verdadera sorpresa para mi madre cuando vio la mesa puesta en la terraza y tan bien preparada y en cuanto vio que el menú era su comida favorita se sorprendió más. No se lo esperaba y a mí me hizo mucha ilusión verla tan feliz y ver que había acertado con el regalo. No se podía envolver ni era duradero, pero le había encantado y eso era lo que yo quería. Una semana pensando múltiples ideas y la más simple y pensada en última hora había sido la mejor. Quien me lo hubiera dicho.

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