Curioso reencuentro

Los nervios la carcomían por dentro. Había sido la primera en llegar en el lugar acordado según la misteriosa invitación y las agujas del reloj marcaban la hora en punto.

El paseo marítimo estaba repleto de gente que iba y venía: unos paseaban, otros hacían deporte corriendo o yendo en bicicleta… y en la playa no cabía ni un alfiler. Todos estaban disfrutando del sol y de un baño bien refrescante.

Cuando empezaba a pensar que era la única que había respondido a la llamada, llegó una antigua compañera de universidad. Se abrazaron y se besaron después de más de un año sin verse.

—¿Tú también has recibido la invitación? —le preguntó—, porque empezaba a pensar que era la única persona que había venido y que era una broma de mal gusto.

—Sí, también la he recibido, pero veo que poca gente ha respondido.

—Yo he venido para averiguar quién ha sido.

—Y para pasarlo bien también, ¿no?

—¡Claro! Y reencontrarme con todos vosotros.

La invitación de la que hablaban las dos chicas no era ni más ni menos que la de un encuentro de antiguos alumnos de la universidad, pero había sido un tanto misteriosa: les había llegado por correo electrónico con un remitente desconocido donde les indiciaba el día y la hora de encuentro y que era necesario traer bañador y toalla.

—¿Crees que vendrán alguien más?

La chica se encogió de hombros. Habían sido pocos en su promoción, pero siempre había sido difícil encontrar un momento donde todos coincidieran. Las cenas de navidad o de fin de curso era una odisea organizarlas y admiraban a quien había tenido esa curiosa iniciativa para un reencuentro.

No pasó mucho más rato que llegaron unos pocos compañeros más, haciendo un total de seis de unos veinte que eran en la promoción. Se saludaron y se abrazaron después de tanto tiempo sin verse y empezaron a contarse como les había ido su vida hasta ese momento.

Después de media hora bajo ese sol abrasador decidieron ir a la playa tal y como sugería la invitación. Buscaron un lugar suficientemente grande para hacer caber seis toallas, se instalaron y directos al agua a disfrutar como niños pequeños a pesar de tener casi veinticinco. Se salpicaron con agua, jugaron a ahogarse… e incluso llegaron a molestar a algunos de los bañistas que había por ahí cercanos.

Después de mucho rato en remojo y que empezaran a cansarse o a coger frío por la temperatura del agua, acabaron saliendo y fueron a las toallas y mientras se secaban empezaron a contar viejas batallas de universidad: recordando profesores, duros trabajos que habían hecho y sin poderlo evitar, también criticaron alguno de los compañeros que no habían venido y que tanto agradecían.

—Pero a ver… ¿quién de todos nosotros ha organizado esto? —acabó preguntando una de las chicas cambiando de tema.

La discusión estuvo servida durante largo rato. Empezaron a especular quién podía ser capaz de intentar movilizar a los veinte alumnos de la promoción y que no sé sintiera fracasado en el intento por la baja respuesta.

—Si somos uno de nosotros seis, ¿por qué mantenerlo oculto? —preguntó uno de los compañeros—. No le veo sentido esconderse. Al contrario, le felicitaremos por tener el valor de organizarlo.

—Pues sí, porque yo pensé que seriamos menos de los que hemos sido.

—¿Menos?

—Con lo bien avenidos que estábamos a la hora de organizar cenas y fiestas… yo creo que somos muchos ahora.

—En verdad tienes razón.

—¡Eh! —una de las chicas les llamó la atención—, ¿y si quien lo ha organizado no ha podido venir?

Se echaron a reír todos.

—Eso lo dices porque eres tú y quieres desviar la atención.

—Organicé la cena de fin de carrera y… pensé en matarme. Quiero demasiado mi vida como para repetirlo.

—Es verdad, ya me acuerdo…

Y empezaron a recordar viejos momentos de la cena que hicieron para celebrar el fin de carrera después de cuatro duros años de exámenes y trabajos.

—No venga, ahora en serio —se levantó uno de los chicos—, ¿quién ha sido? Porque le pago la comida. Después de todas las molestias que se ha tomado y que sólo hayamos respondido seis personas… se merece que lo felicitemos como es debido.

Los seis se quedaron mirando a ver quien había sido el que lo había organizado todo.

—Se ve que nadie quiere comer de gratis, más dinero para mí.

Se levantó una de las chicas y se descubrió como la organizadora. Todos se quedaron sorprendidos porque era la última persona de la que habían sospechado todos.

—Quería veros a todos después de tanto tiempo, pero… ya estoy contenta con los que somos —arrancó a correr hacia el agua—. El último paga la comida a todos.

Y echaron a correr todos.

mae-nam

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