El teatro de la vida

Parece no haber nada especial en el escenario. Una joven nerviosa contemplando un libro, un anciano observando al milímetro la actitud de la chica. Él la absorbe con la mirada. Ella se siente desnuda, tiene miedo a fallarle y es entonces cuando se atreve a mirarle. Siente que es atravesada por su mirada de ojos grises, o ¿quizás azules?
El público es escaso, pero exigente y está impacientado. Entre ellos y observándolos con detenimiento, están los que no aceptan un fracaso. Ellos saben que no pueden defraudarlos y les crea más expectación.
Los ojos del anciano denotan seguridad, confianza, serenidad… Firmeza en su compostura, cabeza alta con la mirada al frente y directa a los espectadores. La chica es todo lo contrario: está hecha un manojo de nervios, su compostura muestra inseguridad y debilidad, y en la mirada se le puede ver miedo. Está cabizbaja y se esconde tras la portada del libro que reposa en sus piernas. Con el tacto repasa el título grabado en relieve. Su pulso es inestable y tembloroso.
Un carraspeo entre el público le capta la atención. Están todos expectantes ante lo que sucederá: unos para aplaudirla si sale victorioso y otros para regodearse de si caen en el intento.
Sus miradas vuelven a cruzarse y es entonces que ambos se iluminan. Una conexión extraña entre ambos…

Le infunde valor para tirar adelante. Sus gestos y actos también lo reflejan: levanta la cabeza con firmeza y con mucha seguridad sobre si misma se yergue adoptando fortaleza y vigor salido de su interior. Un rebelde mechón de pelo también quiere salir en escena y ser protagonista.
Se levanta y avanza un par de pasos hacía el auditorio. Lo mira, inspira y expira profundamente. La mirada del hombre muestra felicidad al igual que la curvatura de sus gruesos labios envejecidos. La chica se repasa el esquema preparado.

Empieza la función.

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Ofrenda a los dioses

Por una de las concurridas calles de la ciudad, andaba ella. A su alrededor todos corrían: los turistas buscaban lugares dónde aposentarse después del largo días de visita por los principales monumentos turísticos, los ciudadanos hacían compras de última hora, y otros volvían a casa para reencontrarse con los suyos terminada la jornada laboral. Comparado con el resto, ella no corría, iba a cámara lenta si se comparaba.

Los transeúntes no se preocupaban de lo que sucedía a su alrededor ni de si con sus prisas golpeaban a alguien. Todos estaban pendientes de su objetivo y nada más había cabida en su cabeza. Ella pasaba desapercibida, esquivando y escabulléndose entre todo ese bullicio en constante movimiento.

Vislumbró una sombra como si de un rayo caído del cielo se tratase. Observó el cielo con sus nubes teñidas de sangre propias del sol del ocaso. Finalmente todo se hizo oscuridad como la negra noche en un día sin luna.

 

La sala, grande y de techo alto estaba iluminada por escasas antorchas proyectando espectrales y alargadas sombras en el suelo de tierra. También en las paredes de mármol trabajado, se proyectaban las sombras de varias figuras vestidas con túnica negra y una capucha que les cubría la cabeza.

Ella se encontraba tumbada sobre un altar, también de mármol, y atada de pies y manos con unas pesadas argollas de hierro oxidado. Sus ojos estaban cansados y apenas podía abrir los ojos. Su cuerpo estaba igual. Intentó moverse, pero su cuerpo no correspondía a sus órdenes. Se sentía pesada y entumecida.

Oyó una voz que recitaba algo en una lengua desconocida, mientras las otras figuras a coro repetían lo que decía. Del grupo, se separó uno de los integrantes y se acercó al que se encontraba en el altar. Le entregó un puñal de oro trabajado con rubíes en la empuñadura.

—Por los dioses —gritó el individuo.

La chica a duras penas, consiguió entrever que era lo que le entregaba ese individuo, pero en su abdomen desnudo, notó el frío acero de la hoja. Se deslizó cuerpo arriba hasta que lo detuvieron en el cuello. Tenía que estar asustada, pero no era capaz de percibir el miedo de tan drogada que se encontraba, aún así, gritó en cuanto la hoja cortó la piel.

Gritó con todas sus fuerzas y acabó por despertarse. Buscó rápido el interruptor de la lámpara de la mesilla de noche. Estaba empapada en sudor y nerviosa. La luz le dio cobijo después de la pesadilla que había tenido. Se levantó y se miró y palpó el cuello delante del espejo del tocador. Necesitaba comprobar que se encontraba bien. Suspiró aliviada. Se sentó en la cama e intentó relajarse controlando la respiración.

—Sólo ha sido una pesadilla —se dijo a sí misma, pero en voz alta.

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El jardín de los secretos

—¡Corred, corred! —insistía el vigía.
—¡Hacemos lo que podemos! —gritó uno.
—¡Sht! —lo mandó a callar otro.
—¡Centrémonos! Todo esto es por nuestro bien —intentó poner orden otro de los presentes.
Regresaron todos a sus puesto y se pusieron a trabajar en equipo para conseguir llevarse el libro a casa y sin ser vistos.
No se percataron de que una sombra se cernía sobre ellos, observándolos con perplejidad como robaban el libro. No podían ser vistos. Nunca lo habían sido. El vigía estaba centrado en otra dirección, vigilando algo más peligroso para ellos.
La chica se había despertado de su siesta en la hamaca. Había estado leyendo un rato, bajo la sombra del único árbol de su pequeño jardín, hasta que le entró el sueño. Había dejado el libro en una mesita cercana, junto con un vaso de agua.
Tenía sed y al levantarse para coger el vaso, se quedó atónita ante lo que sus ojos estaban presenciando: su libro se estaba moviendo y a su lado había unas diminutas y extrañas criaturas.
«Tiene que ser un sueño» pensó al ver semejante situación.
Cogió el libro y lo levantó de la mesa, atrayéndolo hacía ella. Se habían quedado colgando dos de las pequeñas criaturas que empezaron a gritar de miedo. La distancia hasta el suelo era demasiada para ellos. Querían volver a la mesa. Uno intentó trepar por el lomo del libro, pero resbalaba demasiado. La chica lo volvió a dejar en la mesa.
Se acercó más a ellos y así poder ver más detenidamente las extrañas criaturillas que invadían su espacio de lectura y descanso.
—¿Por qué me robáis el libro? —les preguntó.
Otra persona quizás habría empezado por preguntarles qué diablos eran ellos. Ella pensaba que estaba en un sueño, pero eran muy reales esas criaturas.
—Estamos buscando el libro sagrado —le contestó la criatura que había intentado trepar el libro—. Él nos dirá que hacer para recuperar el control de nuestro reino.
—¿Vuestro reino? —miró a su alrededor—. ¿Mi jardín?
—Reino… jardín… qué más da —dio un paso al frente otro personaje—. Lo que nos importa es eliminar al Maligno.
—¿Maligno? ¿Hay algo malo en mi jardín?
—Nosotros vivíamos en paz entre los árboles, las flores y las plantas —empezó a contar el que parecía más anciano—. Vivíamos en paz con otras criaturas, nunca habíamos usado armas, salir a buscar comida era muy divertido, pero des que llegó Él, que tuvimos que fabricarnos armas, buscar protección, trasladar nuestro poblado…
—¡Oh! —se le ablandó el corazón—. ¿Puedo hacer algo por vosotros? ¿Puedo ayudaros? ¿Quién es ese Maligno?
—Es enorme, blanco y peludo. Tiene unas garras capaces de romper el acero más duro y unos enormes bigotes que le salen de aquí —y la criatura se señaló su nariz.
La chica se echó a reír sin poder evitarlo. Habían descrito al bueno de su gato, al Señor Bigotitos. Le hacía gracia pensar que lo llamaban «El Maligno» y que era el culpable de turbar la paz que reinaba en su pequeño jardín.
—El Maligno es mi gato. Él vive conmigo. No puedo echarlo.
En cuanto las criaturas escucharon que ella estaba del lado del Maligno, empezaron a correr hacía la cuerda que descendía de la mesa hasta el suelo. Era enemiga y no podían revelar más de ellos.
—¡Esperad! No os vayáis —les llamó—. Quiero ayudaros.
Uno se quedó mirándola. No podía ser que ella fuese mala. Lo decía con el corazón que quería ayudarlos.
—Vámonos —le tiró uno del brazo.
—Al menos decidme quienes sois.
—Criaturas del bosque —le dijo el que aún confiaba en ella.
—Del jardín, bobo. Criaturas del jardín —le corrigieron.
Se habían ido todos, desapareciendo entre las macetas y las malas hierbas.
Se quedó sola con un extraño sentimiento albergado en su interior. Todo lo que había sucedido había sido demasiado surrealista y sufría por esas indefensas criaturas.
Cogió el libro, se tumbó en la hamaca y regresó a su lectura pensando que en cuanto se durmiera, volvería a despertar en el mundo real.

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