Ofrenda a los dioses

Por una de las concurridas calles de la ciudad, andaba ella. A su alrededor todos corrían: los turistas buscaban lugares dónde aposentarse después del largo días de visita por los principales monumentos turísticos, los ciudadanos hacían compras de última hora, y otros volvían a casa para reencontrarse con los suyos terminada la jornada laboral. Comparado con el resto, ella no corría, iba a cámara lenta si se comparaba.

Los transeúntes no se preocupaban de lo que sucedía a su alrededor ni de si con sus prisas golpeaban a alguien. Todos estaban pendientes de su objetivo y nada más había cabida en su cabeza. Ella pasaba desapercibida, esquivando y escabulléndose entre todo ese bullicio en constante movimiento.

Vislumbró una sombra como si de un rayo caído del cielo se tratase. Observó el cielo con sus nubes teñidas de sangre propias del sol del ocaso. Finalmente todo se hizo oscuridad como la negra noche en un día sin luna.

 

La sala, grande y de techo alto estaba iluminada por escasas antorchas proyectando espectrales y alargadas sombras en el suelo de tierra. También en las paredes de mármol trabajado, se proyectaban las sombras de varias figuras vestidas con túnica negra y una capucha que les cubría la cabeza.

Ella se encontraba tumbada sobre un altar, también de mármol, y atada de pies y manos con unas pesadas argollas de hierro oxidado. Sus ojos estaban cansados y apenas podía abrir los ojos. Su cuerpo estaba igual. Intentó moverse, pero su cuerpo no correspondía a sus órdenes. Se sentía pesada y entumecida.

Oyó una voz que recitaba algo en una lengua desconocida, mientras las otras figuras a coro repetían lo que decía. Del grupo, se separó uno de los integrantes y se acercó al que se encontraba en el altar. Le entregó un puñal de oro trabajado con rubíes en la empuñadura.

—Por los dioses —gritó el individuo.

La chica a duras penas, consiguió entrever que era lo que le entregaba ese individuo, pero en su abdomen desnudo, notó el frío acero de la hoja. Se deslizó cuerpo arriba hasta que lo detuvieron en el cuello. Tenía que estar asustada, pero no era capaz de percibir el miedo de tan drogada que se encontraba, aún así, gritó en cuanto la hoja cortó la piel.

Gritó con todas sus fuerzas y acabó por despertarse. Buscó rápido el interruptor de la lámpara de la mesilla de noche. Estaba empapada en sudor y nerviosa. La luz le dio cobijo después de la pesadilla que había tenido. Se levantó y se miró y palpó el cuello delante del espejo del tocador. Necesitaba comprobar que se encontraba bien. Suspiró aliviada. Se sentó en la cama e intentó relajarse controlando la respiración.

—Sólo ha sido una pesadilla —se dijo a sí misma, pero en voz alta.

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