Claire Hathaway

Ahí estaba yo, frente al espejo dando una última ojeada a mi aspecto impoluto sobre esos tacones. Di una vuelta sobre mi misma dejando que la falda del vestido ondeara. No podía esconder cuánto me gustaba arreglarme: vestido de fiesta azul cielo a conjunto con unos zapatos bien bonitos que me guardo para las ocasiones especiales como estas; ¡cómo los adoro!, a juego con las uñas, truco infalible. Me centré en el pelo, que no había mucho a comprobar. Esta vez me había permitido variar en mi peinado habitual y dejarlo en una melena un poco recogida en vez de un moño.

En la otra punta de la casa, oía el andar de Chelle con sus tacones. Ya me la estaba imaginando: contrariamente a mí, con el armario vacío y sin encontrar ningún modelo que encajara perfectamente con la velada. Si tuviera el armario más ordenado o la habitación más ordenada… o directamente fuera más ordenada ella…

—Tan iguales y tan diferentes a la vez —pensé negando con la cabeza.

En el escritorio me esperaba el bolso listo para irme, pero no sin antes volver a repasar la noche. Tenía que asegurarme que estaba todo controlado al milímetro para evitarnos sorpresas: en el bolso había todo lo normal además de las invitaciones al certamen literario —que sin ellas no entrábamos— y la dirección del lugar bien anotada, aunque me la sabía de memoria. También me aseguré de que los acompañantes lo tuvieran todo claro, mediante un mensaje en el móvil que me respondieron enseguida; que hora marcaba el reloj y a cual teníamos que irnos para llegar en buena hora y también que supiera llegar perfectamente al lugar sin perderme. Sólo falta una cosa: mi hermana.

Chelle ya no se la oía caminar, pero aún no estaba. Su voz se escuchaba perfectamente como repasaba el discurso que daría si ganábamos. Eso ya se lo dejaba a ella, yo era más de poco público y de pasar cuanto más desapercibida mejor.

Para aprovechar el tiempo, en vez de ponerme a leer uno de los muchos libros que inundaban mi estantería, decidí releerme en diagonal la novela que habíamos presentado en el certamen. Encendí el ordenador y mientras esperaba que se cargara di un vistazo a mi alrededor. Lo tenía todo listo: la habitación, el bolso, los papeles que necesitábamos, mi look… todo estaba perfecto. Abrí un par de carpetas en el ordenador para encontrar el documento de la novela y empecé a leer con la voz de Rochelle de fondo. Me detuve un momento a escuchar un trozo del discurso y lo encontré muy de su estilo y me gustaba. Retomé la lectura.

Me encantaba lo que habíamos creado entre las dos. Aunque la novela no ganara el certamen, a mi gusto, era la mejor que había leído porque era aquello que habíamos creado las dos con mucha ilusión puesta en el proyecto. Me detuve a leer atentamente un fragmento que podía considerarlo mi favorito, ya que con unas pocas palabras conseguía transportarme en esos momentos de la infancia en que todo era perfecto. Esa época en que no teníamos obligaciones, las preocupaciones se reducían en cosas nimias, el mayor logro era aprender a atarnos los cordones de los zapatos solos, llegar tarde al colegio era nuestro mayor problema y soñar estaba permitido. Esa época en que reír era casi un obligación y jugar era nuestra única ocupación y que una amiga no te hablara era casi el fin del mundo.

Volví al mundo real para mirar qué hora era. Teníamos tiempo de sobra, pero conocía a mi hermana y además no quería llegar tarde. Por fin, después de tanto esfuerzo había conseguido presentar un escrito y que éste llegara hasta el final —con o sin premio— y no quería llegar tarde. Había presentado a lo largo de mi vida muchos escritos en muchos certámenes, pero nunca había conseguido que llegaran a optar por el premio. Pensé que esta suerte tenía que ver con el toque mágico que Rochelle daba a sus creaciones literarias. Fuera lo que fuera, habíamos conseguido que nuestra primera novela pudiera conseguir un premio.

—¿Rochelle?

Chelle no respondía a mi llamada, así que eso significaba que aún había para un rato, todo a última hora como siempre. Yo, en cambio, todo listo desde hacía ya horas. No entendía cómo éramos hermanas. Había días que éramos el día y la noche.

Cerré el ordenador, cogí el bolso y empecé a bajar para ir sacando el coche del garage y así ir ganando tiempo y hacer algo mientras esperaba a mi hermana. Dejé el coche delante de casa y me esperé dentro con la mayor paciencia posible y con la mejor de mis caras para disimular que me estaba empezando a poner mosca ante la tardanza de Chelle. Después de tantos años siendo hermanas, tenía que empezar a hacerme a la idea que así sería Rochelle siempre.

—Ya está —me dijo Chelle cuando entraba en el coche con una sonrisa. Intenté no mirarla para evitar matarla con la mirada—. ¿Vamos?

—Anda… —preferí no darle más importancia al tema—. Muy bonito el discurso, por cierto.

—¿Tú crees? Voy a cambiar el final, no quiero sembrar polémicas ajenas.

—En tu salsa…

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