La vuelta

No veía la hora de que el avión llegase por fin al John F. Kennedy. Levantaba la ventanilla cada dos minutos y el paisaje a penas variaba. Resoplaba y volvía a cerrar. Miró a su acompañante, quien apartó la mirada del libro y le sonrió; sabía perfectamente cuán nerviosa estaba ella por llegar y reunirse con su familia. El joven soltó una de las tapas del libro y le posó la mano sobre la temblorosa muñeca para tranquilizarla. Ya faltaba menos.

Lo primero que hizo en cuanto se paró el avión fue encender el móvil. La cobertura no tardó demasiado en llegarle; aún así no tenía llamada alguna. Soltó el aire desilusionada. Notó la mano de su acompañante posarse sobre su espalda, transmitiéndole el calor de su palma una vez más.

—No te preocupes, seguro que te tiene preparado algo especial para la ocasión —le guiñó el ojo.

—Eso espero… —se rió ella desganada.

Cuando pudieron bajar, el teléfono emitió un pequeño sonido. Rochelle volteó los ojos a la vez que los ocultaba tras las amplias gafas de sol; se le dibujó una sonrisa torcida repleta de sarcasmo. El sistema operativo de la empresa acababa de activarse a modo de bienvenida. No pensaba en mirar la pantalla.

Enseñó el pasaporte mientras su acompañante le guardaba las pertenencias esperando su turno. El guardia de seguridad se tomó su tiempo para contrastar la foto con la realidad, pues aquellas enormes gafas no le estaban agilizando el trabajo. Finalmente Rochelle se dio cuenta y las deslizó puente de la nariz abajo, lo suficiente como para que le dieran el visto bueno.

—Parece que nadie sepa qué día es hoy… —musitó cuando su compañero se reunió con ella al otro lado del control.

—Es que no tienen por qué saberlo —se rió él para quitarle importancia al asunto—. Vamos, seguro que te estarán esperando a la salida.

La mujer cogió su maleta y empezó a andar agobiada por la incertidumbre que sentía entonces. Necesitaba llegar a casa cuanto antes y estar con los suyos.

Por fin la llamaron al teléfono. Lo cogió a toda prisa.

—¿Hola? —pero su inoportuna sorpresa fue que no era quién esperaba, sino su jefe. Éste le preguntó cómo había ido el viaje, aunque sabía que no le interesaba lo más mínimo y tan sólo se lo decía para mimarla descaradamente; lo que le interesaba al hombre era pedirle un favor: que, antes de ir a casa como suponía que estaba deseando, pasara por la oficina para recoger unos dosieres—. Claro… —se resignó ella. Colgó y miró directamente a los ojos verdes de su compañero, negando con la cabeza—. Dime que habéis conspirado todos contra mí…

Él se rió una vez más dejando a la luz su perfecta dentadura y fueron a coger un taxi, pues como bien sospechaba Rochelle, su familia no había venido al aeropuerto.

Una vez llegaron a la sede principal de la empresa, la mujer le pidió al de los ojos verdes que subiera por ella, que estaba demasiado cansada como para subir más de treinta pisos. El joven no se lo pensó dos veces y salió del taxi.

—¿Un mal vuelo? —le preguntó el conductor cuando quedaron solos—. No trae muy buena cara.

Rochelle iba a contestarle algo mal, pues pensaba que no era de su incumbencia saber cómo le había ido el trayecto. Decidió no empeorar la jornada.

—Digamos que las cosas no están saliendo como una esperaba —le dedicó una sonrisa forzada.

—Una mujer tan bonita como usted no puede permitirse esa carita tan triste.

—Gracias —se rió ella algo más de corazón, incluso expirando un poco las malas vibraciones.

Tras el intercambio de un par de frases más, el acompañante de Rochelle aparecía cargado por un enorme ramo de rosas que apenas le dejaba ver por dónde andaba. También traía los dosieres, pero no eran relevantes entonces.

—¿Qué es eso? —le preguntó sorprendida una vez él pudo entrar en el taxi de nuevo.

—Lee la tarjeta que trae.

Rochelle abrió la cartulina doblada y leyó para sí.

Es posible que me estés maldiciendo por no venir a recogerte al aeropuerto.

El diablillo y yo te esperamos en casa para celebrar tu día.

Felicidades, cielo.

—¿A qué esperas? —le canturreó el de los ojos verdes para que su superior reaccionara y se secase un poco el mar de lágrimas que se le empezaba a derramar de los párpados.

Rochelle se desencantó de golpe y le indicó la dirección de su casa rápidamente al taxista. Éste arrancó y al cabo de diez minutos pudo dejarla justo enfrente de su portal. El acompañante le ayudó con la maleta y, una vez dentro del hall, se despidieron.

—Descansa —le dio un beso en la mejilla él—. Y disfruta.

La mujer entró en el ascensor, marcó el ático y esperó paciente. Su pierna, no; rebotaba insistentemente contra su voluntad. Oyó el timbre que le anunciaba el fin del trayecto y de la prisa casi se comió las compuertas metálicas. Sacó las llaves mientras andaba a paso ligero y, de los nervios, apenas podía acertar la llave en el cerrojo. Cuando hubo conseguido desbloquear su último obstáculo en aquella carrera, lo soltó todo en el suelo sin mirar dónde caía ni la maleta, ni el bolso, ni la chaqueta, ni las gafas, ni el ramo…

Con la respiración agitada observó a los cuatro pasos que estaba todo medio a oscuras, con las luces de los adornos de Navidad prendidos aportando una calidez propia de aquellas fechas. Se adentró un poco más y vio la mesa del comedor perfectamente parada: vajilla pulida y candelabros también encendidos. Pero ni rastro de su familia.

Cuando menos se lo esperó, dos pares de manos se abalanzaron a su espalda para darle un afectuoso susto de bienvenida. Ella gritó sin poderlo reprimir, pues no se lo esperaba para nada. Se giró de golpe en cuanto pudo y les abrazó casi sin mirarles.

—Os he echado de menos —susurraba con el rostro hundido en el pecho masculino—, os he echado tanto de menos…

—Anda —pronunció el hombre en tono grave—, sentémonos a comer, que este diablillo te ha preparado una tarta de cumpleaños.

Rochelle se miró al pequeño enganchado a su pierna. Le acarició la cabeza, esparciéndole el pelo, mientras él le dedicaba una gran sonrisa mostrando sus dientes y dando un pequeño botecito de alegría.

Airport Rochelle

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