Caramelos

Se paseaba por la cocina desempeñando las tareas sin quitarle ojo al horno, pues no quería que se le quemaran las madalenas. Tenía preparados los últimos adornos de azúcar en la encimera, perfectamente alineados e inmaculados; si veía alguno con un simple rasguño, lo apartaba.

Sonó el timbre insistentemente. Pensó que su marido o su hijo se habían dejado algo, así que no tardó demasiado en llegar al recibidor.

—¡Truco o trato! —le espetó una máscara de calabaza al abrir la puerta.

—¡Rochelle! —se asustó Claire.

La pelirroja se descubrió el rostro y empezó a reír. Se disculpó un par de veces, no de corazón, más bien de forma liviana, y le pidió entrar aún sin poder dejar de sonreír por debajo la nariz. Claire cerraba la entrada mientras su hermana se quitaba la gruesa capa y la dejaba en el colgador. La de los ojos celestes estaba dispuesta a seguir recriminándole que le disparara el pulso, pero se detuvo en seco al ver la cesta que traía Rochelle.

—¿Dónde los has encontrado? —se quedó hipnotizada Claire ante la montaña de caramelos.

—Sorprendida, ¿eh? —contestó su hermana—. Hacía tiempo que no los habíamos visto…

—Años… —seguidamente, la de los ojos celestes reaccionó—: Ven, acompáñame a la cocina, que estoy terminando las madalenas de esta noche. ¿Os quedaréis a cenar? —preguntaba mientras ambas desfilaban hacia el comedor para llegar a pisar las baldosas negras.

—No creo ni que lo haya considerado, el grandullón.

—Al menos llévate unas pocas, que las estoy haciendo con todo el cariño del mundo —le mostró Claire a la pelirroja abriendo un poco la compuerta del horno.

—Huele de maravilla… La soltura en los fogones te viene de mamá, sin duda —terminó por sentarse Rochelle en la mesilla auxiliar.

—En cambio tú, sibarita, como papá.

Ambas se quedaron mirando la cesta: aquellos colores vivos de los caramelos les traían recuerdos de cuando eran pequeñas y su padre traía montones y montones en el día de Halloween. Rochelle había comprado una bolsa también para él; más tarde se la daría al pasar por la casa donde se criaron.

—¿Te acuerdas de cuando papá nos acompañaba a ir por las casas a pedir caramelos? —sonreía la pelirroja con melancolía—. Siempre recordaré aquella noche de Halloween en la que la señora Allen nos dio toda una bandeja de bollería que hizo sólo para nosotras, porque éramos los únicos críos que le teníamos aprecio.

—A mi me daba miedo cuando se enfadaba, que era la mayor parte del tiempo…

 

—Se debe tener mucha mano izquierda con ella —le restaba importancia una pequeña Rochelle al hecho de que aquella señora fuese algo seca—. Eh, Claire: te echo una carrera hasta aquel árbol; quien llegue la última se queda con los caramelos de la otra…

Y la pequeña pelirroja arrancó a correr sin previo aviso, provocando que una todavía más pequeña Claire rechistara y la siguiera sin pensárselo dos veces. Oían de fondo a su padre decirles que no fueran muy lejos, que empezaba a oscurecerse demasiado. A pesar de todo eran niñas y sólo pensaban en disfrutar con cualquier detalle.

Rochelle se apresuró a esconderse en unos matorrales mientras Claire, al llegar al árbol deshojado y no ver a su hermana mayor, empezó a preocuparse.

—¿Rochelle? —preguntó instintivamente al no verla. Su voz se fue apagando a medida que pasaban los eternos segundos—. ¿Chelle?

Como si se dejara engullir por una secuencia cinemática, notó como rápidamente el frío se abría paso entre la capa y el jersey, sintiéndose en una temperatura incómoda y que la hacía tiritar cada vez más. Incluso le pareció oír un tradicional búho a la lejanía advirtiéndole del peligro. Dado que estaba de pie en el inquietante paisaje, la pequeña Claire miraba a lado y lado sin mover la cabeza, como queriendo pasar lo más inadvertida posible ante hipotéticos espíritus. Respiraba pausado aunque irregular, formando y borrando el vaho que se creaba a cada bocanada de aire. Toda sombra le parecía amenazante, perturbadora. Decidió empezar a caminar hacia atrás, deshaciendo sus pasos sin querer darle la espalda a la oscuridad. Pisó una diminuta rama seca que crujió al romperse; se le encogió el corazón.

En un momento dado, se vio con el suficiente valor como para contar hasta tres y salir corriendo de vuelta con su padre, Rochelle salió con su traje de lobo de su escondite con un intento de rugido. Claire soltó un agudísimo chillido y corrió hacia la luz de las farolas, donde su padre la recogió a la carrera y la subió en brazos. La pequeña de los ojos celestes hundía su rostro en el cuello del hombre, mientras éste se miraba a la pelirroja ciertamente divertido. Rochelle traía una cara de ángel que no se la aguantaba y se encogió de hombros exculpándose de toda explicación.

 

—Algún día te la devolveré… —decía Claire entre las carcajadas de su hermana al recordar la anécdota.

—Éramos unas crías…

—Y algunas parece que nunca vayan a crecer —alzó una ceja la de los ojos celestes, apoyando una mano en la cadera y la otra en la encimera.

—¿Lo dices por mí? —Rochelle le dedicó exactamente la misma expresión facial que articuló aquella vez ante su padre.

—No… —teatralizó Claire—. Por cierto, no te gires.

—¿Qué? —exclamó la pelirroja cambiando totalmente de cara.

—Es mejor que no veas la araña que está justo detrás de ti, espera que agarre un trapo.

—¡Ay! —se levantó de golpe y fue directa al comedor—, ¡apártala, apártala de mí! —pero ante las femeninas risotadas que acabó por no poder aguantarse Claire, Rochelle se dio cuenta de que le había tomado el pelo. Cuando se hubo calmado y el repelús hubo dejado su cuerpo en paz, apareció de nuevo recostándose en el arco de la puerta—. Maldita.

La de los ojos celestes sólo pudo lucir su mejor sonrisa victoriosa.

CC Halloween Con H De copia

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