Pequeños caprichos

Pisó el embrague, puso la marcha primera y avanzó unos escasos metros. Pisó el freno y se quedó parada. Así llevaba largo rato en mitad de ese atasco en la ciudad: se paraba cuándo las luces rojas de freno se encendían en el coche de enfrente y arrancaba en cuanto se apagaban.

Tan sólo estaba a mitad de semana, pero ya estaba completamente agotada y lo único que quería era salir de ese atasco y poder llegar a casa. Una vez en la autopista, media hora y estaría en casa, pero el problema es que no sabía por cuánto tiempo tenía de atasco: 5 minutos, 20 minutos, media hora… El enigma de los atascos, nunca nadie sabe cuánto duran. Y con el agotamiento que llevaba, ya sólo le faltaba esto. En los últimos días había tenido que hacer un proyecto a contrarreloj y hoy había sido el día de la presentación, que después de tantos nervios, prisas y estrés, había ido muy bien y a los clientes les parecía perfecto. Así que ya sólo le faltaba una cosa: llegar a casa, quitarse esa ropa de oficinista y ponerse algo más cómodo como un chándal o puestos a pedir el pijama. Pero no sin antes pasar por la bañera. No pedía nada más: un rato de relax en la bañera para salir como nueva y acabar de afrontar lo que quedaba de semana laborable.

Nunca había sido de tener caprichos, pero ese día sí que tenía uno. Volvió a avanzar, esta vez unos pocos metros más para detenerse de nuevo. Le dolían los pies y las piernas, quería quitarse los zapatos, las medias y la ropa para meterse entre burbujas, espuma y agua y relajarse como nunca. Para hacer la velada más perfecte, sólo le faltaba el chico que la esperase en casa con la cena hecha, pero por el momento su vida estaba alejada de las parejas. Se echó a reír. Miró a su alrededor y se fijó que el conductor del coche de al lado se la había quedado mirando mientras reía. No le importó. A pesar de todo estaba feliz.

Mientras esperaba poder volver a arrancar, se imaginó que se encontraba ya en el baño ocupado por vapor de agua y aromatizado con el perfume de las sales de baño. La bañera llena con tanta espuma que acabarías perdiéndote. El teléfono desconectado y el móvil apagado y bien lejos. Tenía claro que en ese momento no existiría para nadie más que para ella y su mayor preocupación sería no quedarse dormida. Sólo quería salir de ese maldito atasco y llegar a casa para satisfacer ese pequeño capricho. Después ya pensaría en la cena y otras cuestiones que le quedaban del día, pero primero era salir de ahí. Suspiró. No había manera de avanzar y los minutos iban pasando. Regresó con sus pensamientos a la bañera, al menos pasaba mejor el atasco.

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Un alto en el camino

Kat abrió la puerta del bar y una oleada de calor le acaricio las frías mejillas y su roja nariz. En el exterior hacía un frío invernal y las previsiones del tiempo anunciaban nieve. A pesar de ir con gorro, bufanda, guantes y abrigo el frío calaba en los huesos y no invitaba a estar en la calle. Encogida por el frío, entró y caminó a paso rápido hasta el fondo del bar para buscar mesa. Esa noche había quedado con Rose, una amiga, para hacer unas copas y no se paró a buscarla porque sabía que como siempre era la primera en llegar.

El bar estaba bastante concurrido, pero en las mesas del fondo, que quedaban elevadas en un entarimado, había suficiente sitio para escoger la mejor mesa. Se quedó con una que quedaba más alejada de todo el barullo del bar y así poder tomar las copas con tranquilidad.

Dejó el bolso en una de las sillas que sobrarían, se quitó los guantes y los guardó, se desabrochó el abrigo y lo dejó encima del bolso y lo mismo hizo con la bufanda y el gorro.

—¡Buenas noches, guapa! —escuchó a su espalda —¿ya no se saluda cuando se entra?

Se giró conociendo la voz.

—Hace tanto frío que he entrado con la idea de sentarme y calentarme un poco —se disculpó.

—¿Qué te pongo?

—Lo de siempre —le dijo con un tono dándole a entender que esto ya no se preguntaba a una cliente más que habitual.

—¿Café o cóctel? —dijo con una sonrisita, la chica abrió la boca para contestarle, pero la cerró con un suspiro —Te tomaba el pelo.

—Y para mi acompañante también lo de siempre.

Se sentó y sacó el móvil para entretenerse mientras esperaba que su amiga llegara. Habían quedado para pasar una noche de chicas tomando copas. Hacía un par de meses que no habían tenido tiempo a sentarse y tener un momento de amigas. El estrés del trabajo y la acumulación de trabajos a entregar de los estudios que ambas cursaban les había hecho imposible verse antes. Dejó el móvil en la mesa y al levantar la vista, vio a su amiga entrar por la puerta igual de encogida por el frío que ella.

—¡Qué frío! —dijo al llegar a la mesa —¡Ya he llegado! ¿Dónde están estos cócteles que hace meses que me prometes?

—¡Ahora llegan! —se rió Kat.

La recién llegada se quitó el abrigo y dejó al descubierto un precioso vestido rojo ajustado de falda corta, que llamó la atención a su amiga.

—¡Qué bonito! ¿Es nuevo?

—Sí —le contestó con gran orgullo de su última adquisición en ropa—. Me lo compré un día saliendo del trabajo. Hay gente que se relaja en la bañera después de un día duro y yo me relajo comprando preciosidades como ésta —y se señaló el vestido.

Llegó el camarero con los dos cócteles para las chicas y el hombre se puso a hablar con la recién llegada para saludarla. Eran habituales del bar, ya fuese por la mañana por un café o por la tarde o noche para tomar algo. Habían trabado amistad con el jefe y camarero del local y ya no hacía falta preguntarles qué querían porque el hombre se lo traía sin demora. Siempre les decía «A los clientes habituales hay que mimarlos» y eso hacía con ellas y cuando hacía días que no se veían, como era el caso, charlaban un rato para ponerse al día.

—A éste, invita la casa —les dijo cuando se iba a retomar con sus obligaciones.

Ellas se lo agradecieron y después de dar los primeros sorbos entablaron conversación sobre estos dos meses que no se habían visto.

—¿Y qué me cuentas? —le acabó preguntando Rose.

—Pues lo mismo que tú —le contestó después de dar un sorbo al cóctel— el trabajo ha vuelto a la normalidad y por fin están todos los trabajo entregados —levantó la copa y las dos chicas brindaron por el fin de el estrés.

—¿Y la oferta de trabajo que me comentaste?

—¡Ah sí! —Rose se rió al ver que su amiga no se acordaba de que le habían ofrecido ascender— pues nada, después de ir varios días con el jefe aprendiendo de su trabajo, me han dicho que al final no hay vacante y que si vuelven a tener una, ya me lo dirán.

—¡A la próxima será mejor! —la animó.

—¿Y tú qué, ya habéis terminado de montar ese festival y todas esas cosas?

—¡Por fin sí!

Y Rose empezó a contarle anécdotas divertidas del trabajo y otras de no tan divertidas, pero que le servían para desahogarse. Tenía una compañera de trabajo que no aguantaba y le hacía la vida imposible y necesitaba desahogarse antes de que, accidentalmente, le diera un puñetazo y eso que Rose era una persona pacífica y tranquila, pero tenía sus límites.

Una llamada del móvil de Kat interrumpió su charla, y ella al ver que salía el nombre de su jefe en el identificador de llamadas salió a atenderla. Era tarde y le sorprendía esa llamada, por eso la cogió.

Entró del exterior helada. Había cogido el abrigo, pero no era suficiente si se estaba en el portal del bar quieta hablando.

—¿Qué quería? —se interesó Rose.

—Nada. Quería comentarme un problema que ha tenido esta tarde con una del equipo de trabajo. La verdad que solo me ha llamado para desahogarse.

—¡Uh! —Rose lo acompañó con un movimiento de cejas —quizás quiere algo contigo.

Kat se ruborizó solo de pensar en la idea de tener algún tipo de relación con el jefe.

—¡No! Me saca unos cuantos años.

—¿Y qué más da? ¿Es guapo? Porque si no lo quieres me lo quedo yo.

—Tú ya tienes suficiente con el tuyo.

—¿Cómo te fue la exposición oral? —Rose desvió el tema toda ruborizada.

Kat se la quedó mirando y se puso a reír sin descontrol. La escena de ese cambió de tema tan radical le había hecho mucha gracia. Al final contagió la risa a su amiga.

—Hoy no os sirvo más —les comentó el jefe acercándose a ellas al ver el escándalo que habían montado con unas risas.

Ellas intentaron calmarse, sin éxito por parte de Kat, que se le escapaba la risa y le pidieron otra ronda, ésta a cargo de Kat que así había conseguido engañar a Rose para tener una noche de chicas.

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La oportunidad

—Aquí tienes.

El camarero le dejó el café con leche al lado del ordenador regalándole una sonrisa simpática. Y también le dejó un cenicero.

La chica levantó la vista de su libretita y sonrió al ver que en la espuma del café el camarero había dibujado un cara sonriente. Ella le sonrió agradecida. Necesitaba un detalle así para calmar los nervios.

—¿Exámenes? —se interesó el chico al ver el portátil y la libreta en el regazo de la chica—. Disculpa, no ha sido correcto entrometerme en tus asuntos.

—¡Oh! No te preocupes —le sentaba bien a la chica tener una conversación trivial con el joven camarero—. ¡Ojalá fueran exámenes! —suspiró— Una entrevista de trabajo, pero he llegado con tiempo y hago otras cosas antes de que los nervios me maten…

—O el tabaco.

Los dos se rieron.

—Lo sé, debería dejarlo, pero hoy no es el día.

Un cliente entró en la cafetería y el camarero fue dentro para atenderlo.

—¡Que tengas muchas suerte!

Los nervios volvieron a apoderarse de la chica. Hacía tiempo que esperaba una oportunidad como esa y quería hacerlo perfecto para conseguir el puesto de trabajo. Miraba los coches que pasaban por encima de los arbustos de la terraza de la cafetería. Soltó el humo de la calada y miró las notas de la libreta que reposaba en sus piernas. dejó el cigarró en el cenicero y abrió un documento de texto en el ordenador. Mientras esperaba se pondría a escribir la entrada semanal del blog que tenía.

—¿Sara?

Levantó la cabeza del ordenador al escuchar su nombre y ante ella se encontraba un joven hombre bien vestido con unos tejanos y una camisa.

—Sí, soy yo

—Encantado de conocerte —le extendió la mano— soy Adam, hablamos por teléfono.

Ella se levantó y encajó la mano con la del hombre. Los dos se sentaron y ella cerró la tapa del portátil y apagó el cigarro en el cenicero para no molestar.

—Cuéntame, ¿qué hacías?

La pregunta le cogió por sorpresa porqué se esperaba una pregunta de las habituales en una entrevista de trabajo.

—Estaba preparando una entrada para el blog que tengo.

—¿Y sobre qué trata?

El camarero irrumpió la conversación para dejar en la mesa un café para el hombre.

—Sobre literatura. Hago reseñas de libros que leo, cuento novedades editoriales o escribo sobre presentaciones de libros a los que he ido.

—Interesante —dió un sorbo en el café—.Hace un tiempo que nos planteamos añadir un apartado de literatura en la web y también en la revista y… ¿me dejarías echar un vistazo?

—¡Claro! —hablar de su blog le estaba quitando los nervios de la entrevista.

Sara abrió la tapa del portátil, abrió el navegador y tecleó la dirección de internet y le mostró el blog.

Adam empezó a ojear el blog mientras la chica bebía su café con leche. Al cabo de un rato dió su veredicto.

—Me gusta mucho el contenido, es joven y fresco y para un público muy en la línea de nuestra revista —dio otro sorbo de café— y esto me recuerda al artículo que me enviaste. También me gustó mucho. Tienes un estilo de periodismo que me gusta mucho y es lo que buscamos.

—Muchas gracias. No me gusta el periodismo de hoy día y creo que tendría que llegar a todo el público como el contenido de vuestra revista.

Todas esas buenas notícias le estaban haciendo crecer las ilusiones de conseguir el puesto de trabajo, pero a la vez se decía que no lo hiciera  porque aún no había nad confirmado.

—Me gusta como piensas, pero aún no puedo decirte nada. Tenemos otros candidatos.

—Lo comprendo.

—De todos modos, quiero mirarme con más detenimiento el blog, porque es algo que buscamos. ¿Te parecería bien que usaramos tu blog?

—Me parece perfecto, pero… —no sabía cómo sacar el tema económico.

—Si usamos tu blog te pagaremos por ello —añadió ñe viendo la preocupación de la chica.

—Si no te llamamos por un puesto de trabajo te llamaremos por el otro —Adam extendió la mano— ¿Te parece bien?

Ella le encajó la mano y cerraron el trato.

—O por los dos puestos.

El hombre se terminó el café y se despidió de la chica.

Sara se sentó en la silla aliviada por las buenas noticias. Había ido a una entrevista de trabajo por un puesto y quizás había salido contratada por otro. No sé lo creía. Nunca se hubiera imaginado que su blog, que lo hacía por afición y amor a los libros, le ayudaría a conseguir un trabajo.

Apareció el camarero para llevarse la taza de café vacía de Adam.

—A juzgar por la cara, ha ido bien, ¿verdad?

—Sí —contestó con una sonrisa de oreja a oreja.

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Aventura en Zapatillas

Ocho de la mañana. El despertador estaba harto de sonar y ella de oírlo. Levantó la mano con pereza y la dejó caer encima del aparato sonoro para apagarlo. Volvió a cerrar los ojos. Su mente le obligaba a levantarse, pero su cuerpo no reaccionaba. Alargó el despertar cinco minutos más que se convirtieron en treinta. Finalmente se levantó. Suerte que aún tenía tiempo para ir al trabajo.

Esta era su rutina: poner el despertador media hora antes de lo normal, para que si así se dormía no fuera tarde al trabajo. Preveía ya ese pequeño contratiempo.

Al levantarse, lo primero que hizo fue abrir el armario y rebuscar entre las prendas de ropa perfectas a ponerse. Unos tejanos grises ajustados fueron los escogidos. La elección del jersey fue más complicada: la verde claro le gustaba mucho y tenía ganas de ponérsela, la granate también era muy bonita al igual que la azul. Finalmente se decantó por la naranja que destacaba con el gris oscuro de los pantalones.

Su siguiente paso fue mirarse al espejo y comprobar cómo tenía su alborotado y rizado pelo. Para arreglarlo necesitaría una ducha, pero un moño mal hecho con un mechón del flequillo suelto también solucionaría el peinado.

Tenía ya el conjunto escogido para ir a trabajar ese día y se fue a desayunar. Luego ya se arreglaría. Se tomó su rutinario café con leche y unas tostadas.

Se encontraba ya enfundada en sus pantalones, con el jersey puesto y su moño hecho. Solo le faltaba completar su aspecto con unos complementos: un anillo, un brazalete fino, un collar a conjunto con el modelo escogido y finalmente un pañuelo voluminoso envuelto en el cuello.

Antes de salir de casa se miró al espejo una última vez y se dio el visto bueno. Fue a buscar el coche en el garaje y se puso en marcha hacia la oficina. Como un día más aparcó en su plaza habitual, saludó al hombre que trabajaba y salió en dirección a la oficina. Saludó al recepcionista y a la gente que encontró en el ascensor.

Sus compañeros ya estaban en el oficina y el jefe salía del despacho en ese preciso instante.

—¡Bonitos zapatos! —le dijo cuando se cruzaron.

—¡Oh, muchas gracias! —se sintió halagada.

Dejó el bolso encima de su escritorio y se miró los pies para ver que tenían de especial sus zapatos. Se ruborizó en cuanto vió que sus pies no calzaban unos zapatos acordes con el trabajo.

—Tus mejillas empiezan a estar acordes con tus zapatillas —le comentó entre risas su compañera de oficina.

—¡Calla! He hecho el ridículo ante media oficina y nadie ha podido decirme nada.

Había salido de casa impoluta, pero con el pequeño descuido de no percatarse de que no se había calzado los zapatos y aún iba con las zapatillas naranjas, a conjunto con su jersey. Se sentía avergonzada porque media oficina la había visto haciendo el ridículo y la otra mitad ya se habría enterado por los comentarios.

—Pues hoy viene el director general.

—No me lo recuerdes —le espetó dejándose caer en la silla de despacho—. ¿Y qué hago yo ahora? —escondió la cara entre sus manos.

Su cabeza trabajaba a mil por hora buscando la mejor solución al problema. No podía presentarse así ante el director general, pero tampoco tenía tiempo de ir a casa a cambiarse. Podía salir a comprarse unos zapatos de emergencia, pero con zapatillas no volvía a pasearse por la oficina y tampoco por la calle.

—Toma.

Su compañera le dejó la solución en el suelo. Cuando vió un par de tacones negros que descansaban al lado de sus pies se le iluminó la cara.

—¡Muchas gracias! —le agradeció profundamente— ¿Pero que haces con ellos aquí?

—Al salir del trabajo tengo una cena y para no cansarme todo el día con los tacones me los he llevado para luego ponérmelos.

—¡Eres la mejor! —volvió a agradecerle.

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Nueve menos cinco

De un gracioso saltito subió al autobús, haciéndose un hueco entre toda la gente apretujada. Le evadió un golpe de calor, pero intentó controlarse aquella sensación espontánea de claustrofobia. No la padecía, pero casi. De todos modos tenía unos veinte minutos hasta poder bajar.

Al fin pudo respirar aire fresco —todo lo que el final del verano le permitía, claro—. Respiró profundamente y se armó de valor para caminar hasta al pie de las escaleras, las cuales llevaban a la puerta principal del edificio. Pero apenas pudo dar dos pasos seguidos: se le cruzó una bicicleta de forma violenta.

—¿No tienes ojos? —le espetó el ciclista mirándosela por encima del hombro.

—¡Vete a la mierda, imbécil! —le respondió precipitadamente dados los pinchazos de dolor.

Se llevó la mano al empeine, se quitó el zapato y empezó a masajeárselo. Se quejó en voz baja mientras se balanceaba para intentar calmar la sensación: musitaba más por el hecho de haber caído que por haberse llevado un buen golpe al costado.

—Espere, le ayudo —se le aproximó una figura al ver que intentaba levantarse.

Le miró a los ojos: un hombre trajeado de mediana edad, piel blanca aunque morena, ojos intensamente marrones y pelo corto y revuelto, con alguna que otra cana. Paró atención en los labios, cómo articulaban las palabras entre el agraciado bigote y la perilla que le daba el toque atractivo. Dejó de sentir dolor al instante; dejó incluso de respirar para ver si conseguía escucharle mejor.

—¿Se encuentra bien? —le repitió él al ver que no le respondía.

—Oh, no es nada —volvió en sí forzando una sonrisa natural—, no se moleste.

El hombre la ayudó a ponerse en pie y le recogió el bolso. Del interior había caído un folleto informativo. Lo leyó:

—¿Pembroke Hall Business Centre? —la miró frunciendo levemente el ceño—. ¿Va a entrar ahí? —señaló con la cabeza el edificio de ladrillo anaranjado y de portal blanco georgiano.

—Eso espero —comprobaba ella poder apoyar el pie en el suelo. Pero, al notar que el hombre trajeado había cambiado el tono de voz y que permanecía mirándosela con desenfadada seriedad, quiso explicarle—: es mi primer día de trabajo.

Él dio media vuelta y subió aquellas escaleras de cemento que había pretendido subir desde el principio. La muchacha pensó que fuera una casualidad que ambos trabajaran allí. Pero su sorpresa fue cuando aquel sugerente trasero le espetó algo no muy cordial:

—Quiero el café a las nueve menos cinco en la mesa de mi despacho.

—¿Perdone?

Un suspiro y se giró por última vez sin dejar de sujetar la puerta entreabierta ya.

—No llegues tarde.

Y desapareció tras dejar que el edificio se cerrara solo. Había dejado a la muchacha totalmente descolocada. No obstante, decidió aparcar el anecdótico y peculiar encuentro; subió como pudo las escaleras y una vez dentro pasó a la recepción. Había una mujer mayor, con el pelo recogido y las gafas de varilla dorada y fina. Ésta se miró a la joven por encima de las lentes y al reconocerla sonrió. Se levantó para dar la vuelta a la mesa de mármol negro y fue directa a darle dos besos.

—¡Kathleen, bienvenida! —la abrazó.

—Por lo visto usted es la única que se alegra de verme por aquí.

—¿Qué ha pasado?

—Una bicicleta me ha atropellado y luego un estirado arrogante parecía que me ayudaba, pero cuando le he dicho que hoy era mi primer día aquí se le han cruzado los cables y me ha dicho que quería el café en su despacho. Se ha marchado dándome la espalda sin más, el muy cretino —se detuvo al ver que la señora permanecía en un incómodo silencio. Kathleen le preguntaba con la mirada, pues la inmediata sonrisa maternal que le dedicó la adorable mujer hizo que no entendiese nada—. ¿Qué?

—Ese cretino, corazón, es tu nuevo jefe —provocó que la joven empezara a balbucear sin emitir monosílabo inteligible alguno—. Así que corre a dejarle el pedido sobre su mesa, si no quieres que todo el departamento sufra por un mísero café.

—Pero, ¿dónde está? —corría erróneamente la muchacha hacia el ascensor—. La cafetera, su despacho, ¡todo!

—Su cafetería predilecta está saliendo del edificio a la derecha —le indicó con el dedo y casi sin inmutarse una vez hubo vuelto tras el mostrador—; su despacho en la segunda planta.

—¿Y qué le traigo?

—Cappuccino, con tres terrones de azúcar cristal bien grandes. Te queda poco tiempo, corazón.

—Sí, sí, sí, voy —rectificaba el rumbo Kathleen a toda prisa. Intentó olvidarse del dolor y salió disparada a por el café. Al volver, la dificultad se le había duplicado: a las punzantes molestias del pie se le sumaba el tener que procurar no derramar ni una gota del pedido con su tradicional pulso de pandereta—. ¿Cuánto me queda?

—Treinta segundos… —miró la recepcionista la hora en su muñeca mientras la joven volaba hacia el ascensor de nuevo.

El mecanismo bajó lento, se adentró en él, apretó el número dos, subió, oyó el timbre que le anunciaba la llegada y se escurrió espitada cuando apenas se separaban las compuertas. Tanteó con la vista dónde podía ubicarse el despacho que buscaba. Y entonces lo vio: su nuevo jefe se dirigía a su escritorio y estaba a punto de encerrarse.

—No… —emprendió el que fue su último sprint—. ¡Espere, su…! —alargó el brazo, empotrando la palma de la mano contra el trozo de madera barnizada— ¡…café!

El hombre se giró sorprendido, pues pensaba que por impulso la puerta ya cerraría sola. Pero allí estaba la chica nueva, desmelenada aunque junto con el pedido. Se recompuso de aquella brusca intrusión. Miró el reloj.

—Debería estar en mi mesa ya —se sentó en su gran butaca negra y acolchada.

—Lo siento, no he podido correr más —le entregó el café con cuidado. Seguidamente quiso proceder con las excusas para hacer alusión al accidente con el ciclista, pero aquellos irises, clavados fugazmente en ella y de forma intensa, le decían que era mejor que guardara silencio.

El hombre trajeado tomó el vaso a la vez que abría en abanico unos papeles. Pero se detuvo, pues el nuevo fichaje le estaba resultando un poco demasiado descarado para el puesto que había solicitado. Intentó ignorar su presencia dando un primer sorbo.

—¿Sigues aquí? —le señaló la salida sin quitar los ojos de los impresos—. No se te permite estar aquí a no ser que me traigas el café.

—Se lo he traído…

—Sí, lo has hecho —resopló después de contemplar cómo aún seguía a su lado—. Por favor, vete.

Kathleen frunció el ceño y salió del despacho un poco decepcionada por el malhumor de su jefe. Una vez fuera, cerrando la puerta a su espalda, miró a su alrededor. Dos despachos: uno ocupado y el otro libre. No parecía que el vacío fuera suyo, pero así se lo indicó su nueva compañera de trabajo una vez se hubo ubicado en su zona de trabajo.

—No se lo tengas en cuenta.

—¿Mal día?

—Mal humor.

—Ah, o sea que es permanente —murmuró irónicamente—, pues qué bien…

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