Recuedos veraniegos

El característico olor a mar inundó todo el habitáculo del coche nada más llegar al aparcamiento de la playa. Se quedó mirando el horizonte azul, después de apagar el motor del coche. Ese olor siempre le transportaba a su infancia cuando iba a la playa con sus padres y hermanos.

Los gritos de sus hijos en la parte de trasera del coche le hicieron volver a la realidad. Ahora le tocaba a él llevar a sus hijos a la playa, de la misma manera que lo habían hecho sus padres.

Estaban ansiosos por salir del coche y poder darse un chapuzón cuanto antes. La vitalidad de los niños no tenía límites y aún menos en la playa. Le esperaba un día duro y agotador en familia, pero muy gratificante y agradable.

Después de coger las bolsas y la sombrilla, pusieron rumbo a la arena para encontrar el mejor lugar dónde instalarse.

Los dos niños se avanzaron al paso de sus padres y de su hermana pequeña. Las ansias para poder zambullirse en el agua, les hacía correr e ignorar todas las instrucciones de sus padres. Ellos escogieron el lugar dónde se instalarían. Dejaron las bolsas que sus padres les habían obligado a llevar, se quitaron las camisetas y fueron corriendo al agua.

Con un grito su padre los detuvo.

—Sabéis que no podéis ir al agua sin poneros la crema solar.

—¡Pero mamá! —se quejaron al unísono.

—Eso o os quedáis sin tocar el agua hoy.

Mientras el padre instalaba la sombrilla, sonreía al recordar las mismas conversaciones que tenía él y sus hermanos cuando querían ir al agua y su madre no les dejaba por cualquier razón, que ahora sí que entendía.

—Además —añadió el padre—, primero tenéis que poner las cosas en su sitio.

Como era habitual en los niños, se quejaron por tener que hacer las cosas. Lo hicieron rápido y en cuanto terminaron fueron directos al agua.

—Parece que no puedan vivir sin la playa estos niños —suspiró la madre.

—Se parecen a mí…

Recordó el padre cuanto hacían sufrir a sus padres cuando los llevaban al agua. Después de comer no paraban de preguntar: «podemos bañarnos» y empezaba a pensar que sus padres les decían que si por dejar de oírlos por un momento. Y cuando, por las olas y el viento se desplazaban dentro del mar hacía otro lado de la playa y no hacían nada para volver. Así no los controlaban y podían hacerse jugarretas sin escuchar a sus padres que vigilaran.

Ahora que era padre y sufría por sus hijos, no le parecía tan gracioso todo lo que habían llegado a hacer y que sus padres no les dejaban. Pero eran niños y tenían que divertirse y lo mismo hacían sus hijos ahora.

—Espero que la niña, sea más buena cuando vengamos a la playa.

—De momento, el agua no le gusta mucho —se alivió su padre.

La pequeña de la familia estaba bajo la sombrilla con su madre jugando con la pala y el cubo de arena. De momento el agua no le llamaba la atención. Al contrario, se asustaba al ver que iba y venía.

El padre que ya hacía un buen rato que se había puesto la crema solar, decidió que era hora de darse un chapuzón. Se levantó de la toalla.

—¿Vas a vigilarlos?

Suspiró al oír la pregunta de su esposa. Desgraciadamente sí porque no se fiaba demasiado. Sufría para que no les pasara nada a sus hijos.

—Cuando venimos a la playa, te vuelves un padre muy sufridor.

—Es que me acuerdo de todo lo que hacíamos con mis hermanos y… no quiero que hagan lo mismo.

—Ya veo que tus padres sufrían mucho.

—Des de que soy padre, que veo que éramos unos terremotos nosotros.

Su mujer se echó a reír, pero su marido tenía razón. Des que eran padres, que su percepción de que estaba bien y que estaba mal había cambiado. Siempre que regañaban acababan diciendo las mismas palabras que sus padres les decían a ellos.

—¡Hola papá!

Sus hijos le saludaron salpicándolo de agua tanto como les fue posible.

—¡Pero qué os habéis pensado!

Se levantó y agarró a uno de sus hijos, se lo cargó a los hombros y corrió al agua para tirarlo. El otro les iba detrás para no perderse detalle.

La madre suspiró. Cuando quería el padre se volvió igual de pequeño que sus hijos. Era hora de vigilar al adulto también.

—Suerte que tú eres buena —le dijo a la pequeña.

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Curioso reencuentro

Los nervios la carcomían por dentro. Había sido la primera en llegar en el lugar acordado según la misteriosa invitación y las agujas del reloj marcaban la hora en punto.

El paseo marítimo estaba repleto de gente que iba y venía: unos paseaban, otros hacían deporte corriendo o yendo en bicicleta… y en la playa no cabía ni un alfiler. Todos estaban disfrutando del sol y de un baño bien refrescante.

Cuando empezaba a pensar que era la única que había respondido a la llamada, llegó una antigua compañera de universidad. Se abrazaron y se besaron después de más de un año sin verse.

—¿Tú también has recibido la invitación? —le preguntó—, porque empezaba a pensar que era la única persona que había venido y que era una broma de mal gusto.

—Sí, también la he recibido, pero veo que poca gente ha respondido.

—Yo he venido para averiguar quién ha sido.

—Y para pasarlo bien también, ¿no?

—¡Claro! Y reencontrarme con todos vosotros.

La invitación de la que hablaban las dos chicas no era ni más ni menos que la de un encuentro de antiguos alumnos de la universidad, pero había sido un tanto misteriosa: les había llegado por correo electrónico con un remitente desconocido donde les indiciaba el día y la hora de encuentro y que era necesario traer bañador y toalla.

—¿Crees que vendrán alguien más?

La chica se encogió de hombros. Habían sido pocos en su promoción, pero siempre había sido difícil encontrar un momento donde todos coincidieran. Las cenas de navidad o de fin de curso era una odisea organizarlas y admiraban a quien había tenido esa curiosa iniciativa para un reencuentro.

No pasó mucho más rato que llegaron unos pocos compañeros más, haciendo un total de seis de unos veinte que eran en la promoción. Se saludaron y se abrazaron después de tanto tiempo sin verse y empezaron a contarse como les había ido su vida hasta ese momento.

Después de media hora bajo ese sol abrasador decidieron ir a la playa tal y como sugería la invitación. Buscaron un lugar suficientemente grande para hacer caber seis toallas, se instalaron y directos al agua a disfrutar como niños pequeños a pesar de tener casi veinticinco. Se salpicaron con agua, jugaron a ahogarse… e incluso llegaron a molestar a algunos de los bañistas que había por ahí cercanos.

Después de mucho rato en remojo y que empezaran a cansarse o a coger frío por la temperatura del agua, acabaron saliendo y fueron a las toallas y mientras se secaban empezaron a contar viejas batallas de universidad: recordando profesores, duros trabajos que habían hecho y sin poderlo evitar, también criticaron alguno de los compañeros que no habían venido y que tanto agradecían.

—Pero a ver… ¿quién de todos nosotros ha organizado esto? —acabó preguntando una de las chicas cambiando de tema.

La discusión estuvo servida durante largo rato. Empezaron a especular quién podía ser capaz de intentar movilizar a los veinte alumnos de la promoción y que no sé sintiera fracasado en el intento por la baja respuesta.

—Si somos uno de nosotros seis, ¿por qué mantenerlo oculto? —preguntó uno de los compañeros—. No le veo sentido esconderse. Al contrario, le felicitaremos por tener el valor de organizarlo.

—Pues sí, porque yo pensé que seriamos menos de los que hemos sido.

—¿Menos?

—Con lo bien avenidos que estábamos a la hora de organizar cenas y fiestas… yo creo que somos muchos ahora.

—En verdad tienes razón.

—¡Eh! —una de las chicas les llamó la atención—, ¿y si quien lo ha organizado no ha podido venir?

Se echaron a reír todos.

—Eso lo dices porque eres tú y quieres desviar la atención.

—Organicé la cena de fin de carrera y… pensé en matarme. Quiero demasiado mi vida como para repetirlo.

—Es verdad, ya me acuerdo…

Y empezaron a recordar viejos momentos de la cena que hicieron para celebrar el fin de carrera después de cuatro duros años de exámenes y trabajos.

—No venga, ahora en serio —se levantó uno de los chicos—, ¿quién ha sido? Porque le pago la comida. Después de todas las molestias que se ha tomado y que sólo hayamos respondido seis personas… se merece que lo felicitemos como es debido.

Los seis se quedaron mirando a ver quien había sido el que lo había organizado todo.

—Se ve que nadie quiere comer de gratis, más dinero para mí.

Se levantó una de las chicas y se descubrió como la organizadora. Todos se quedaron sorprendidos porque era la última persona de la que habían sospechado todos.

—Quería veros a todos después de tanto tiempo, pero… ya estoy contenta con los que somos —arrancó a correr hacia el agua—. El último paga la comida a todos.

Y echaron a correr todos.

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El renacer de la primavera

¡Qué agradable que era el cosquilleo de la hierba! Jamás había sentido esa sensación y me parecía estar en un lugar mágico.

Era una estampa tan bucólica con todas las flores del parterre florecidas con distintos colores llamativos que contrastaban con el verde del césped. Los árboles estaban llenos de hojas entre las cuales se colaba el radiante sol en el cielo azul acompañado por nubes blancas. Habría sido muchísimo mejor si la gente de mi alrededor, que pasaba la tarde también ahí tumbada, estuviera disfrutando del silencio y no charlando. Los niños correteaban de un lado para otro gritando o llorando u otros estaban tocando la guitarra. Para mi gusto, había demasiado ruido, pero aún así disfrutaba como un niño pequeño de esa experiencia jamás vivida.

Sentí el tacto de sus dedos deslizándose por mi interior para dar la vuelta a la página y seguir leyendo. Yo disfrutaba con sus manos y ella disfrutaba con mis palabras y páginas.

Un incomodo pitido captó la atención de mi lectora y me molesté mucho. En ese momento de lectura sólo tenía que existir yo y mi lector, nadie más. Se distrajo mirando en su móvil el mensaje que le había llegado y se entretuvo contestándolo con una sonrisa boba dibujada en su cara.

De haber podido me hubiera puesto a gritar para captar su atención, pero en realidad ya me parecía bien. Cuanto más tardara en leerme, más tardaría yo en volver a mi aburrido y monótono estante. Disfrutaba tanto del aire libre, la brisa que soplaba y me hacía girar las páginas sin yo quererlo, el sol bronceado mis blancas páginas… en resumen, esa sensación de libertad.

Hasta el momento, creía que mi vida era de lo más emocionante e interesante pasando de mano en mano como libro de biblioteca que era. Cuando me dejaban en mi estante muchas veces escuchaba comentar a los otros lo que echaban de menos salir al parque. Siempre pensaba que no había para tanto. Salir de la biblioteca ya era suficientemente emocionante. Y me sabía muy mal por esos libros que ya nadie quería y hacía años que no se movían de ahí. Pero ahora comprendía a la perfección la nostalgia que contaban algunos.

Si fuera un humano y tuviera manos, me hubiera agarrado a las briznas de hierba y no me hubiera movido de ahí. Para mí eso era el paraíso y no quería volver a mí aburrida biblioteca: apretujado en los estantes con libros sosos y deprimidos que sólo deseaban el final de su vida… ¡eso sí que era vida!

Mi lectora dejó el móvil y se volvió a centrar en mí y yo pude volver a disfrutar del tacto de sus dedos entre mis páginas. Cuánto me gustaba esa sensación.

A los dos se nos pasó el tiempo y no nos percatamos de que el sol había perdido la batalla contra las nubes que empezaban a ser amenazantes. Me asusté, tenía pánico al agua y lo último que deseaba era que lloviera. Me puse nervioso. Quería que me recogieran y me guardaran. En esos precisos momentos, quería estar en su bolso aunque fuera un lugar oscuro y solitario.

Una gota de agua fría cayó en mis delicadas páginas. Rápidamente el agua se expandió lo máximo que pudo para hacerme daño. Antes de poder reaccionar, otra gota de agua cayó en otro lado de la página y sentí como la preciada tinta quería cambiar de lugar e unirse al agua. El pánico se apoderó de mí y quería resguardarme de la lluvia. Otra gota me cayó encima y fue entonces cuando mi lectora se percató de que llovía.

Suspiré aliviado cuando me cerró y me metió dentro del bolso. Estaba oscuro y apretujado con otras cosas, pero ahí estaba mucho mejor. Aún así, quería repetir la experiencia del parque. La primavera era la mejor cosa que había vivido jamás y quería volver a sentir el cosquilleo de las briznas de hierba.

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Un día con suerte

Salió de casa con el presentimiento de que ese día le iría todo muy bien; incluso mucho mejor de lo que la agenda le indicaba: todo el día en la universidad para hacer un trabajo, estudiar para los exámenes que ya tenía encima e ir a una revisión de examen para comprobar que había aprobado. En realidad todo era como un día cualquiera de los últimos que estaba viviendo. Lo normal en la vida de un estudiante en época de exámenes.

El día había amanecido con un sol radiante. Los días anteriores había estado lloviendo y los días eran grises y fríos. Invitaba a salir a pasear, estudiar en el exterior y a desprenderse de todas las chaquetas y paraguas.

Con una sonrisa de oreja a oreja y los ánimos bien arriba, entró en la cafetería de la universidad. Los estudiantes abarrotaban todas las mesas con hojas esparcidas sobre ella y que se mezclaban con las tazas de café que los ayudaban a combatir les pocas horas dormidas. Esperó su turno en la cola para pedir el café con leche y un croissant. Con un alegre «Buenos días» saludó al camarero y éste ya le marcó en la caja registradora su pedido. Cada día, visitaba la cafetería y pedía lo de siempre. El hombre le entregó el ticket y esperó al siguiente cliente.

—¿Cuánto es?

—Hoy invita la casa, pero no se lo digas a nadie —susurró.

Feliz por no tener que pagar el desayuno, fue a recoger su pedido y salió a la terraza.

Desayunó mientras esperaba a sus compañeros del grupo de trabajo. Apareció el primer compañero, con la gran noticia de que había aprobado el último examen que habían hecho. A ella, no le había ido nada bien y no esperaba buena nota o peor, esperaba un suspenso.

Su compañero hablaba tanto del examen, que en cuanto se terminó el café con leche, lo dejó ahí solo y se fue al despacho del profesor para saber su nota. No podía aguantar más con la incógnita y necesitaba saber la nota. Nadie más se esperaba para le revisión del examen, así que llamó a la puerta del despacho y el profesor le indicó que podía entrar. El mismo la felicitó personalmente por el examen tan bien hecho y no se lo pudo creer. Había salido con el convencimiento de que le había ido fatal, pero resultaba no ser así.

Feliz, regreso a la cafetería. Se reunió con sus compañeros y se pusieron manos a la obra para cavar con el trabajo cuánto antes. En cuánto los portátiles se empezaron a quedar sin batería, cambiaron la terraza por la biblioteca. Se les pasó las horas y casi habían terminado el trabajo, que se les hizo la hora de comer.

Mientras almorzaban los tres juntos y charlaban de cosas ajenas a la universidad, en los teléfonos móviles recibieron un correo electrónico. El examen de que tenía dentro de un par de días, les quedaba aplazado para dentro de una semana por motivos personales del profesor. Lo celebraron y decidieron aprovechar la tarde para terminar el trabajo. Les faltaba tan poco que así conseguirían quitarse un peso de encima.

Terminaron con el trabajo bastante temprano y ella y su compañera decidieron acabar de pasar la tarde tomando un café en el centro de la ciudad y dando un paseo por las tiendas a ver si podían gastarse el dinero con algún caprichito. Necesitaban desconectar urgentemente de los exámenes sino terminarían locas y no podían desaprovechar esa oportunidad que les había brindado el profesor aplazando el examen.

De camino a casa, después de gastarse unos pocos euros en un vestido, estuvo pensando en el día que había tenido. Había salido de casa con el presentimiento de que el día le iría perfecto y así había sido. No había tenido que pagar el desayuno, el trabajo estaba acabado y presentado, la nota del examen había sido estupenda y no había tenido que estudiar esa tarde. Podía decir que había tenido un día con suerte. Y con las fuerzas renovadas, mañana regresaría al montón de apuntes y exámenes.

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Rincón de lectura

Media mañana de un domingo cualquiera de primavera. El sol radiante custodiaba el cielo manteniendo alejada cualquier mota blanca de nube que quisiera ensuciar el azulado lienzo. La brisa y la temperatura eran muy acogedoras. El frío invernal se retiraba para dejar paso al calor veraniego; estaba empezando a perder la lucha después de tres meses de riguroso invierno. Era un día que invitaba a estar en la calle disfrutando de ese agradable tiempo.

Como cualquier otro día, ese domingo también había cosas que hacer, pero podían esperarse al día siguiente o a cuando fuera. Ese día tenía la necesidad de gastarlo en un buen libro. Se había levantado con ganas de leer y después de hacer cuatro cosas por la mañana había terminado en su rincón de lectura sin darse cuenta. Ese grueso libro que ya se hacía de pesada lectura descansaba encima de la mesilla que acompañaba al sillón. Detrás una luz de pie que iluminaba las altas horas nocturnas de lectura.

Fuera en el jardín, bajo un precioso árbol en flor descansaba una mesa con sus respectivas sillas y después de todo un invierno abandonadas, reclamaban su atención. Un poco más allá, disfrutando del sol, se hallaba un banco que se sentía abandonado sin sus cojines que lo adornaban durante el verano. Querían volver a formar parte de su vida lectora y convertirse en parte de su rincón de lectura durante el buen tiempo. Los dos rincones se convertían en rivales a la hora de reclamar la presencia de su propietario.

La primavera tenía el inconveniente de que un día hacía muy buen tiempo e incluso calor, y al otro llovía y lo amargaba todo con la humedad. Así que no se podía desperdiciar dentro de casa un día como ese. Cogió el grueso libro con ganas de terminarlo, se despidió del rincón de lectura con el que tantos buenos y malos momentos habían pasado durante el invierno y salió al jardín para saludar al nuevo rincón en el que pasaría muchos días mientras hiciera buen tiempo.

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