El teatro de la vida

Parece no haber nada especial en el escenario. Una joven nerviosa contemplando un libro, un anciano observando al milímetro la actitud de la chica. Él la absorbe con la mirada. Ella se siente desnuda, tiene miedo a fallarle y es entonces cuando se atreve a mirarle. Siente que es atravesada por su mirada de ojos grises, o ¿quizás azules?
El público es escaso, pero exigente y está impacientado. Entre ellos y observándolos con detenimiento, están los que no aceptan un fracaso. Ellos saben que no pueden defraudarlos y les crea más expectación.
Los ojos del anciano denotan seguridad, confianza, serenidad… Firmeza en su compostura, cabeza alta con la mirada al frente y directa a los espectadores. La chica es todo lo contrario: está hecha un manojo de nervios, su compostura muestra inseguridad y debilidad, y en la mirada se le puede ver miedo. Está cabizbaja y se esconde tras la portada del libro que reposa en sus piernas. Con el tacto repasa el título grabado en relieve. Su pulso es inestable y tembloroso.
Un carraspeo entre el público le capta la atención. Están todos expectantes ante lo que sucederá: unos para aplaudirla si sale victorioso y otros para regodearse de si caen en el intento.
Sus miradas vuelven a cruzarse y es entonces que ambos se iluminan. Una conexión extraña entre ambos…

Le infunde valor para tirar adelante. Sus gestos y actos también lo reflejan: levanta la cabeza con firmeza y con mucha seguridad sobre si misma se yergue adoptando fortaleza y vigor salido de su interior. Un rebelde mechón de pelo también quiere salir en escena y ser protagonista.
Se levanta y avanza un par de pasos hacía el auditorio. Lo mira, inspira y expira profundamente. La mirada del hombre muestra felicidad al igual que la curvatura de sus gruesos labios envejecidos. La chica se repasa el esquema preparado.

Empieza la función.

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Dulce sorpresa

—¿Necesitas ayuda? —le preguntó el chico des del portal de la cocina.

—No, ya te lo he dicho antes —le contestó sin apartar la vista del bote medidor donde vertía la leche.

—¿Estás segura?

—Tu haz lo que te he dicho.

—Ya he terminado, solo faltan los invitados.

—Esto es imposible —si giró la chica repentinamente y le cayó el bote de harina al suelo—. Déjame tranquila que me pones nerviosa.

El desastre era considerable des del primero momento en que la chica se había encerrado en la cocina para hacer el pastel de cumpleaños. No era muy habilidosa en la cocina y se había empeñado a hacer el pastel sí o sí.

El chico suspiró y observó bien el trabajo que tendría después a limpiarlo todo. Empezaba a pensar que a este paso incluso las paredes terminarían sucias de harina, huevos o la masa del pastel. El suelo estaba blanco de harina, que por suerte el bote que había caído estaba casi vacío. La encimera estaba cubierta de azúcar y cascaras de huevo. En la batidora no había ni un trozo que se viera limpio. En el fregadero no había visto nunca tantos cacharros acumulados en tan poco tiempo.

Nunca se había metido en la cocina a hacer un pastel o cualquier cosa similar, pero no podía creerse que fuera tan difícil y que se creara tal desastre en la cocina.

‑Hubiera sido mejor comprar el pastel.

—¡Vete! —le espetó la chica poniéndose más nerviosa de lo que estaba.

Las chicas llegarían antes de que el pastel estuviera acabado y no podía permitírselo. Era una fiesta sorpresa y tenía que salir todo perfecto sino entonces no se podría llamar “fiesta sorpresa”. Siempre había sido bastante patosa haciendo cosas y aún más si era en la cocina, pero jamás se hubiera pensado que hacer un pastel fuera tan difícil.

Quería sorprender a sus amigas. Había querido preparar una fiesta sorpresa para celebrar el primer cumpleaños de su proyecto literario. Cómo le decía su novio, era una tontería, pero que ella quería hacer. Un motivo de celebración más.

—Aún no entiendo por qué haces todo esto.

—Me apetece, ¿vale? —las buenas formas al hablar ya no existían en ese estado de nervios—. Un cumpleaños de lo que sea es motivo de celebración.

Su novio al ver los nervios que se estaban acumulando, acabó por hacerle caso y se fue al salón.  Además temía por su integridad si seguía ahí, porque se veía con todos los trastos tirados por la cabeza.

—Vete a vigilar que no lleguen las chicas —pero cuando se dio cuenta, la chica estaba sola en la cocina y podía seguir trabajando sin presión extra.

La tarta cubierta de chocolate reposaba encima de la bandeja cuando ella entró en el salón para mostrarle a su novio que había alcanzado el objetivo.

—¡Felicidades! —y le dio un beso como recompensa—. Las chicas estarán orgullosas del trabajo que has hecho.

—¿Tú crees? —le preguntó volviendo a la cocina para guardarla en la nevera.

Con lo mal presentada que veía la tarta y lo casera que la veía pensaba que no era una tarta digna para la fiesta de sus amigas. Era una tarta con bizcocho de chocolate, nata por dentro y cubierta de más chocolate negro. Era en la cobertura donde se veía más la parte casera. No estaba del todo bien cubierto y en algún sitio había exceso de chocolate.

—Las chicas valoran mucho el esfuerzo y después de todo lo que les has organizado, estarán encantadas con la tarta.

Sonó el timbre.

—Ya llegan los invitados.

—¡¿Ya?! Me voy corriendo arreglarme.

—Pasa por la ducha que la harina en el cabello no te queda bien.

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El renacer de la primavera

¡Qué agradable que era el cosquilleo de la hierba! Jamás había sentido esa sensación y me parecía estar en un lugar mágico.

Era una estampa tan bucólica con todas las flores del parterre florecidas con distintos colores llamativos que contrastaban con el verde del césped. Los árboles estaban llenos de hojas entre las cuales se colaba el radiante sol en el cielo azul acompañado por nubes blancas. Habría sido muchísimo mejor si la gente de mi alrededor, que pasaba la tarde también ahí tumbada, estuviera disfrutando del silencio y no charlando. Los niños correteaban de un lado para otro gritando o llorando u otros estaban tocando la guitarra. Para mi gusto, había demasiado ruido, pero aún así disfrutaba como un niño pequeño de esa experiencia jamás vivida.

Sentí el tacto de sus dedos deslizándose por mi interior para dar la vuelta a la página y seguir leyendo. Yo disfrutaba con sus manos y ella disfrutaba con mis palabras y páginas.

Un incomodo pitido captó la atención de mi lectora y me molesté mucho. En ese momento de lectura sólo tenía que existir yo y mi lector, nadie más. Se distrajo mirando en su móvil el mensaje que le había llegado y se entretuvo contestándolo con una sonrisa boba dibujada en su cara.

De haber podido me hubiera puesto a gritar para captar su atención, pero en realidad ya me parecía bien. Cuanto más tardara en leerme, más tardaría yo en volver a mi aburrido y monótono estante. Disfrutaba tanto del aire libre, la brisa que soplaba y me hacía girar las páginas sin yo quererlo, el sol bronceado mis blancas páginas… en resumen, esa sensación de libertad.

Hasta el momento, creía que mi vida era de lo más emocionante e interesante pasando de mano en mano como libro de biblioteca que era. Cuando me dejaban en mi estante muchas veces escuchaba comentar a los otros lo que echaban de menos salir al parque. Siempre pensaba que no había para tanto. Salir de la biblioteca ya era suficientemente emocionante. Y me sabía muy mal por esos libros que ya nadie quería y hacía años que no se movían de ahí. Pero ahora comprendía a la perfección la nostalgia que contaban algunos.

Si fuera un humano y tuviera manos, me hubiera agarrado a las briznas de hierba y no me hubiera movido de ahí. Para mí eso era el paraíso y no quería volver a mí aburrida biblioteca: apretujado en los estantes con libros sosos y deprimidos que sólo deseaban el final de su vida… ¡eso sí que era vida!

Mi lectora dejó el móvil y se volvió a centrar en mí y yo pude volver a disfrutar del tacto de sus dedos entre mis páginas. Cuánto me gustaba esa sensación.

A los dos se nos pasó el tiempo y no nos percatamos de que el sol había perdido la batalla contra las nubes que empezaban a ser amenazantes. Me asusté, tenía pánico al agua y lo último que deseaba era que lloviera. Me puse nervioso. Quería que me recogieran y me guardaran. En esos precisos momentos, quería estar en su bolso aunque fuera un lugar oscuro y solitario.

Una gota de agua fría cayó en mis delicadas páginas. Rápidamente el agua se expandió lo máximo que pudo para hacerme daño. Antes de poder reaccionar, otra gota de agua cayó en otro lado de la página y sentí como la preciada tinta quería cambiar de lugar e unirse al agua. El pánico se apoderó de mí y quería resguardarme de la lluvia. Otra gota me cayó encima y fue entonces cuando mi lectora se percató de que llovía.

Suspiré aliviado cuando me cerró y me metió dentro del bolso. Estaba oscuro y apretujado con otras cosas, pero ahí estaba mucho mejor. Aún así, quería repetir la experiencia del parque. La primavera era la mejor cosa que había vivido jamás y quería volver a sentir el cosquilleo de las briznas de hierba.

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La nostalgia del ayer

Salieron de la oficina para ir a desayunar a la cafetería de al lado como ya venía siendo costumbre. Era la hora en que todos salían y la cafetería estaba llena. El camarero de detrás de la barra iba y venía con tazas de café y platos con bocadillos o bollería.

—Lo de siempre —le indicaron los recién llegados después de saludarse.

Hacía tanto tiempo que eran habituales del local que ya no hacía falta especificar más: dos cafés con leche con un bocadillo de jamón y un croissant. Normalmente eran tres a desayunar, pero el tercero tenía trabajo que terminar antes del desayuno.

Se fueron a sentar en una mesa pequeña y mientras esperaban que les sirvieran comentaron el resultado del último informe, que hacía pocos minutos que se lo habían presentado.

Al cabo de poco rato, entraron tres estudiantes dispuestos a ocupar una mesa con ordenadores, carpetas y apuntes. Se sentaron un par de mesas más allá y la mujer se los quedó mirando mientras su compañero iba hablando de lo que le parecía el informe.

—¿Qué estás mirando? —y se giró para comprobar que la tenía tan aficionada—. Un poco jóvenes para ti, ¿no crees?

—¡Que tampoco soy tan mayor! —se indignó.

En ese momento, el camarero les trajo el desayuno y se entretuvo unos pocos minutos charlando con ellos y tomándose un breve descanso.

—Hoy no estáis todos —observó.

—Luego ya vendrá, que tenía trabajo.

Se fue que tenía trabajo. Muchos más clientes esperaban su desayuno o que les cobrara para poder volver a sus oficinas y seguir rellenando papeles e informes.

—Entonces, ¿por qué te los mirabas tanto? —exigió saber su compañero con mucha curiosidad.

—¿No te gustaría volver a la universidad?

El hombre se quedó sin palabras. No se había planteado volver atrás y empezar una carrera. Aquello quedó en el pasado.

—No, en absoluto.

—Eran buenos tiempos.

—Eso no te lo negaré, pero volver a ponerse a estudiar, eso sí que no.

La puerta de la cafetería se abrió y entró otro trabajador más buscando a sus compañeros para desayunar juntos. Los encontró charlando y comiendo en una pequeña mesa.

—¿Ya has terminado?

—Si, por el momento sí.

El recién llegado indicó al camarero que le trajera lo de siempre y se enfrascó en la conversación que tenían sus compañeros de trabajo.

—¿De qué hablabais?

—Aquí nuestra joven compañera, que echa de menos la universidad.

—Se lo regalo —dijo sin pensárselo.

—Oh venga —se indignó— fiestas universitarias, mañanas perdidas en el bar de la facultad… —no podéis echar de menos esto.

—Eso no te lo discutiré, pero eso —señaló con la cabeza al grupo de estudiantes— trabajos a última hora, exámenes, estrés… ya tengo mi trabajo que al menos disfruto más y gano dinero.

—Con eso tienes razón.

—Pero… —los dos hombres vieron que en esa frase le faltaba un “pero”.

—No sé, es distinto. La verdad que en el fondo me gustaba la época de exámenes, me sentía útil durante dos meses del curso.

Los dos hombres le miraron mal y se echaron a reír.

—Acabo de quedar como la rara del grupo —afirmó ella.

Los dos hombres estuvieron totalmente de acuerdo con ella y como nueva posición de rara en el grupo, pactaron que le tocaba a ella pagar el desayuno.

Suspiró. No había más remedio. Pero no retiraba lo que había dicho: si pudiera regresaría a la universidad para volver a vivir la experiencia.

 

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El espíritu de los pequeños detalles

Estaba perdida entre una multitud de personas que iban y venían. No sabía dónde se encontraba ni a dónde tenía que ir. Podía preguntar a cualquiera de los transeúntes si amablemente le podía indicar el camino correcto para llegar a su destinación. Podía hacer-lo, pero habría sido en vano. No sabía dónde iba, ni tan si quiera si por ahí cerca había un local conocido o una tienda de ropa de una marca famosa. Cualquier indicio la ayudaría a situarse en un mapa dentro de aquella ciudad poco conocida.

Sin la compañía de nadie más que la de ella misma, las ganas, la ilusión y la motivación, había emprendido aquel viaje de camino incierto con el objetivo final muy claro y bien definido. Sin embargo, el tiempo era traidor y a medida que pasaba, el objetivo se difuminaba cada vez más en el horizonte lejano. Tanto, que ahora se encontraba sola, agobiada y desesperada. En definitiva, se había rendido y cumplir su objetivo ya no era una prioridad.

Todos aquellos con los cuales había compartido parte del trayecto se habían encargado muy bien de que perdiera el rumbo. Algunas eran personas que conocía, otras eran desconocidas, pero todos tenían en común que se habían ofrecido para ayudarla. Algunos de los cuales se habían convertido en una molestia, otros huían en momentos difíciles o de repente desaparecían. Y ahora, en ese momento de pérdida, se había encerrado en sí misma y, desconfiando de la gente, no se atrevía a preguntarlos como seguir.

Era hora de retomar el paso, deshacer todo el camino que había hecho hasta llegar en aquel punto y volver a casa. No estaba hecha para embarcarse en aventuras. Estaba hecha para hacer como el resto de personas que la rodeaban: ir y venir de los sitios cumpliendo con los trabajos a desgana, volver a casa y fingir que su vida era la mejor de todas, esconder tras la puerta todos los problemas y errores a los cuales no se había puesto solución por falta de valentía… Ésta era la vida a la cual volvía.

Rendida, abatida y decepcionada con sí misma, emprendía el camino de regreso a casa. Allí la esperaba la misma vida aburrida que había tenido hasta ahora y que tanto deseaba deshacerse. Por la ventana del vagón del metro miraba los grisáceos muros de hormigón que formaban los túneles, hasta que vio a una persona muy apreciada al llegar a una de las estaciones. Como si la tuviera ahí a su lado, sentía su voz regañándola por rendirse y volver a casa sin luchar hasta el final. Decidida como nunca, se levantó del asiento que ocupaba y bajó a la siguiente estación. Dio media vuelta y volvió de allí donde venía.

Volvía a estar en mitad de una ciudad que no conocía mucho rodeada de personas desconocidas. Las ganas, la motivación y la ilusión volvían a visitarla para acompañarla el resto del viaje. Seguía sin saber dónde iba, pero no era necesario estorbar a la gente para pedir alguna indicación. Una vez empezara a caminar, sola encontraría el camino y la voz la animaría a seguir y a no rendirse otra vez. Miró a su alrededor: no sabía dónde estaba ni a dónde tenía que ir, no podía situarse dentro de un mapa, pero perdida, no lo estaba. Y con paso firme y decidido retomó el viaje.

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