Parecidos razonables (y peludos)

Mi historia empieza en Brooklyn, en una perfecta triangulación entre los parques Cadman Plaza, McLaughlin y Trinity. Vivíamos mi amigo y yo en un apartamento bien acomodado en el cual me podía permitir bastantes lujos; por ejemplo, quedarme tumbado todo el día en la zona de lectura, con la ventana entreabierta para que los aires de la primavera acompañaran mis repetidos bostezos.

Antes de venir aquí me habían dicho que la vida de soltero era glamurosa y excitante; resultó ser una gran tontería: la vida de soltero era bastante aburrida. No tenía una ocupación definida, me limitaba a molestar de vez en cuando a mi compañero Víctor mientras él estudiaba: lo miraba durante unos segundos intensos para que me leyera la mente y, si no se daba cuenta, volvía a mis cojines. Estaba claro que Víctor necesitaba una compañera, pero si la decisión tenía que salir de él continuaríamos solteros para siempre. Mi amigo estaba enamorado de su ocupación, opositando para el País. Él es inteligente, pero a veces se estanca en ese sentimiento de patriotismo que le deja la razón un tanto ciega. Quizá por eso no tenía una atractiva compañera, pues no era feo en absoluto. No creo que los perros seamos buenos jueces de la belleza humana, pero más o menos tenía claro qué clase de chica mi amigo necesitaba. Así que saqué la cabeza por la ventana una vez más.

 

Miiira qué dulzura… Tan castiza y fina pero tan decidida a la vez. Cosita pequeña, con carácter y pelaje blanco. Podría acostumbrarme a la presencia de ese West Highland correteando por el apartamento, aunque mejor miremos a la chica rubita. Camina lento, elegante, un pie tras otro como si desfilara. Cabeza alta, postura erguida y de hombros rectos. Americana celeste y tejanos blancos, buena combinación; ropa de calidad, buena casa. Me gusta su maquillaje natural, nada exagerado, muy correcta. Y ese recogido… muy correcto también. Demasiado correcto todo. Víctor rebosa rectitud y buen comportamiento, no serían un buen tándem. Definitivamente no.

¿Y ese Maltés? Qué gracioso, míralo cómo trota en vez de caminar. Los pelos rebotan al aire de forma grácil y enérgica. Y esa actitud tan altiva… No muy distinta a la de su dueña, por cierto. Ya lo dicen que todas las cosas se parecen a su dueño. Es un no rotundo. Además, la mujer es un poquito vieja para mi amigo: con esas pieles que lleva, ese peinado recién estrenado de peluquería y esa cara de mala leche que no puede ocultar ni con la media tonelada de maquillaje que lleva. ¡Qué horror! ¿Cómo pueden ir los humanos tan disfrazados? Y esos zapatos de charol con los que apenas puede andar… Ese trasero pide a gritos unas deportivas, señora…

Ahí va un doberman y su dueño. ¿Será que a Víctor le gustan los hombres? Este sería un buen ejemplar: alto y esbelto, aunque fuerte y musculoso; líneas elegantes, actitud solemne y expresión decidida. Rostro triangular, alargado, de ojos oscuros y mandíbula prominente. Muy parecido a su amo, definitivamente. Aunque con el carácter que tienen esos perros, ya puede tener mano firme. Se le ve tranquilo y paciente. Varonil; demasiado varonil. Por el momento, no creo que a mi compañero le vayan los de su mismo sexo. Los humanos no se saludan como nosotros, mejor olvidar a los hombres. Yo soy su único macho y espero que así sea por muuucho tiempo.

 

Qué más ronda por aquí. Uf, demasiado gritona; extremadamente pasmada. Muy excéntrica; abrumadoramente turbia… Y yo que quería echarle una mano a Víctor. Vamos, Brooklyn tiene dos millones y medio de habitantes, ¡no puede ser tan difícil! Los requisitos de mi amigo no son tan exigentes…

 

¿Eh? ¡Vaya, vaya! Esto es distinto… ¡Qué criatura más hermosa! Qué cosa tan atlética, tan gentil, tan balanceada. Mira, mira ese pelaje rojizo cómo brilla, esas orejas de textura fina que caen milimétricamente cerca de la cabeza. Y esa trufita caoba tan sexy… Claro, es una Setter Irlandés: astuta, inteligente, leal… ¡sería una compañera perfecta! Pero, quién sabe si la chica no sea… ¡Oh! Definitivamente Víctor tiene que ver a ese ejemplar. Esa actitud tan libre, fluida y enérgica; ¡esa chica tiene poder! Melena abundante con la que juguetear, ojos grandes en los que perderse, labios carmín y sonrientes… Me gustan sus aires bohemios: el largo vestido negro, el kimono de flecos y ese sombrero que le da el toque urbano. Complementaría a la perfección con el patriota disciplinado de mi amigo.

 

Era una oportunidad única. Sabía que no volvería a encontrar un par de chicas tan perfectas como ellas en cien años. Iban hacia el Cadman Plaza, un lugar ideal para mi cometido. Sólo faltaba que Víctor me hiciera caso y me sacara a pasar. Un Pastor Alemán necesita correr. Y vaya si íbamos a correr…

37 Parecidos razonables (y peludos)

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El espíritu de los pequeños detalles

Estaba perdida entre una multitud de personas que iban y venían. No sabía dónde se encontraba ni a dónde tenía que ir. Podía preguntar a cualquiera de los transeúntes si amablemente le podía indicar el camino correcto para llegar a su destinación. Podía hacer-lo, pero habría sido en vano. No sabía dónde iba, ni tan si quiera si por ahí cerca había un local conocido o una tienda de ropa de una marca famosa. Cualquier indicio la ayudaría a situarse en un mapa dentro de aquella ciudad poco conocida.

Sin la compañía de nadie más que la de ella misma, las ganas, la ilusión y la motivación, había emprendido aquel viaje de camino incierto con el objetivo final muy claro y bien definido. Sin embargo, el tiempo era traidor y a medida que pasaba, el objetivo se difuminaba cada vez más en el horizonte lejano. Tanto, que ahora se encontraba sola, agobiada y desesperada. En definitiva, se había rendido y cumplir su objetivo ya no era una prioridad.

Todos aquellos con los cuales había compartido parte del trayecto se habían encargado muy bien de que perdiera el rumbo. Algunas eran personas que conocía, otras eran desconocidas, pero todos tenían en común que se habían ofrecido para ayudarla. Algunos de los cuales se habían convertido en una molestia, otros huían en momentos difíciles o de repente desaparecían. Y ahora, en ese momento de pérdida, se había encerrado en sí misma y, desconfiando de la gente, no se atrevía a preguntarlos como seguir.

Era hora de retomar el paso, deshacer todo el camino que había hecho hasta llegar en aquel punto y volver a casa. No estaba hecha para embarcarse en aventuras. Estaba hecha para hacer como el resto de personas que la rodeaban: ir y venir de los sitios cumpliendo con los trabajos a desgana, volver a casa y fingir que su vida era la mejor de todas, esconder tras la puerta todos los problemas y errores a los cuales no se había puesto solución por falta de valentía… Ésta era la vida a la cual volvía.

Rendida, abatida y decepcionada con sí misma, emprendía el camino de regreso a casa. Allí la esperaba la misma vida aburrida que había tenido hasta ahora y que tanto deseaba deshacerse. Por la ventana del vagón del metro miraba los grisáceos muros de hormigón que formaban los túneles, hasta que vio a una persona muy apreciada al llegar a una de las estaciones. Como si la tuviera ahí a su lado, sentía su voz regañándola por rendirse y volver a casa sin luchar hasta el final. Decidida como nunca, se levantó del asiento que ocupaba y bajó a la siguiente estación. Dio media vuelta y volvió de allí donde venía.

Volvía a estar en mitad de una ciudad que no conocía mucho rodeada de personas desconocidas. Las ganas, la motivación y la ilusión volvían a visitarla para acompañarla el resto del viaje. Seguía sin saber dónde iba, pero no era necesario estorbar a la gente para pedir alguna indicación. Una vez empezara a caminar, sola encontraría el camino y la voz la animaría a seguir y a no rendirse otra vez. Miró a su alrededor: no sabía dónde estaba ni a dónde tenía que ir, no podía situarse dentro de un mapa, pero perdida, no lo estaba. Y con paso firme y decidido retomó el viaje.

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Las hijas del mar

La fría mañana amanecía con el cielo despejado y los rojizos rayos del sol tímidamente asomaban en la línea del horizonte. El mar estaba encalmado, la brisa marina no soplaba y hacía del mar un día perfecto para salir a faenar. Él lo aprovechó para salir a pasear por la costa, mientras los pescadores se alejaban de la orilla con sus pequeñas barcas.

Se había retirado en ese pequeño pueblo tranquilo alejándose de la multitud y del ruido de la ciudad. Necesitaba descansar de su vida urbana y volver a empezar de nuevo alejado de todo lo que conocía en ese bucólico pueblo de la costa, lugar escogido para su retiro en la tranquilidad, demasiada. Había pasado del ruido, las prisas y el estrés al otro extremo donde había silencio y calma, tanta que incluso tenía un punto de aburrido ese pueblo. Lo más emocionante que le había encontrado era la excitante leyenda sobre esas aguas que contaban los pueblerinos: las hijas del mar, bellas mujeres que conquistaban los hombres, llegaban hasta las orillas de la playa y todos los hombres que las veían no se podían resistir a su belleza y se iban con ellas bajo el agua para siempre. Sólo un hombre había regresado de las profundidades marinas decían.

Eran un pueblo de pescadores desde el día que pusieron la primera piedra y vivían de los frutos que daba el mar. Eran cuatro casitas construidas a lo largo de la corta playa con escasos comercios y ocio.

Salió de casa y resiguiendo la línea de la costa fue avanzando tranquilamente. En la playa se encontraban las viejas barcas que estaban varadas en la arena desde hacía ya muchos años. Se les notaba que hacía tiempo que no tocaban el agua y la brisa marina les había hecho pasar factura: la pintura y el barniz estaba agrietado y resquebrajado y la madera empezaba a quedar vieja.

Después de cruzar el pueblo, se alejó dejándolo atrás y subió la pequeña colina que conducía a los acantilados. Al otro lado se encontraba una estrecha cala muy visitada por los jóvenes del pueblo. En la cima, se paró cerca del borde y observó todo su alrededor. Por un lado tenía el pueblo a sus pies, por otro la inmensa superficie azul que le hacía sentir muy pequeño delante de un mundo tan grande y por otro lado tenía la cala, dónde algo le llamó la atención.

Una joven chica a la que nunca había visto estaba bañándose

en la orilla completamente desnuda. Esa escena entre los jóvenes era normal, pero lo que llamó la atención fue su belleza equivalente a la de una diosa. Con precaución para no asustarla, bajó hasta la cala para observarla más de cerca. No había visto jamás una mujer más bella: su cuerpo era perfecto en todos los aspectos. Su larga cabellera de un negro azabache intenso contrastaba con su fina y blanquecina piel y las gotas posadas en ella brillaban bajo la luz del sol como si de preciosos diamantes se trataran. Sus movimientos eran elegantes y suaves, como si estuviera ejecutando una danza dentro del agua.

En cuanto él estuvo muy cerca de ella, se percató de que tenía visita. Se quedó quieta dentro del agua observándolo detenidamente.

—Hola —le habló con dulzura para no asustarla.

Se acercó a ella despacio, pero sin previo aviso ella se zambulló en el agua y se alejó nadando mar adentro.

—Espera, no te vayas —gritó lamentándose por su atrevimiento frente a ella.

Corrió hasta que el agua le hubo mojado por completo las deportivas. Suspiró mirando por dónde se había ido la joven y ahí de pie se quedó largo rato esperando a que volviera, pero no ocurrió. Se acababa de enamorar de la mujer más bella que jamás había visto. Se había enamorado de una leyenda.

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Cena de etiqueta

—Estoy harta de tanta llamada —se quejó mi compañera de trabajo después de colgar el teléfono.

—Ya me gustaría cambiarte el trabajo hoy —suspiré profundamente.

Estaba más que harta de redactar informes y más informes durante toda la mañana. Sólo me había movido de enfrente de mi ordenador para desayunar y no paraba de mirar el reloj del ordenador en la esquina inferior esperando que fuera la hora del almuerzo.

Sonó mi móvil indicando que me habían mandado un mensaje. Normalmente en el trabajo no le echaba un vistazo, pero era la excusa perfecta para levantarme y desconectar un momento de tanta pantalla de ordenador.

—¿Quién es? —preguntó mi amiga antes de que pudiera consultar el teléfono.

Me apoyé en el borde de la mesa y empecé a leer los mensajes.

—Es de Mark, pero es extraño —hablé releyéndome el par de mensajes que me había mandado. Mi amiga habló, pero no le presté atención estaba pensando que contestarle— Mañana a las ocho de la tarda me quiere vestida de etiqueta en el portal que vendrá a recogerme —acabé hablando después de contestarle con un simple de acuerdo.

—¿Y eso? ¿Un cita? Ha tardado una semana en dar señales de vida, pero por fin te pide una cita. Aunque tú también fuiste tonta ese día —mi amiga ya se montaba la película ella sola y yo sólo me limitaba a escucharla—. Ahora te guardas el número con su nombre y un par de corazoncitos al lado y a ver si así no lo pierdes. Porque mira que eres torpe.

—No me hables de ello que llevo días martirizándome… —me dejé caer en la silla.

—¿A quién se le ocurre borrar el número en vez de guardarlo?

—¿No tienes que hacer todas esas llamadas antes del almuerzo? —le desvié la conversación—. Además, yo quiero terminar estos informes ya.

 

Puntual como un reloj llegaba al portal de mi bloque de pisos dónde Mark, vestido de traje negro, me esperaba para la misteriosa cita. Nos saludamos con un par de besos en la mejilla y nos quedamos ahí de pie mirándonos.

—Estás muy guapa y el color rojo te queda muy bien —me halagó rompiendo el silencio—. Perfecta para nuestra velada.

No tenía ni idea de dónde quería llevarme así que había decidido ponerme un vestido rojo de falda corta y unos tacones negros mucho más cómodos que los de la última vez. Me había pedido que fuera de etiqueta, pero desconocía que se traía entre manos.

Me cogió la mano y caminamos hacia la calle para pedir un taxi. Como todo un caballero me abrió la puerta y me dejó subir. Indicó al taxista la dirección a la que íbamos y el nombre de esa calle me sonaba. Empecé a pensar porque razón me sonaba tanto el nombre de esa calle y con que la asociaba, hasta que una pregunta de Mark me sacó de mis pensamientos. Me había preguntado sobre el trabajo. Le contesté y el resto de trayecto me estuvo preguntando acerca de más cosas de mi aburrido trabajo.

Al llegar al lugar donde íbamos, recordé porque me sonaba tanto la dirección. En años anteriores había ido muchas veces a ese lugar acompañando a mis padres en una cena anual y hoy era esa cena.

Bajé molesta del taxi, después de que Mark me abriera la puerta. Empecé a subir la pequeña escalinata que nos separaba de la puerta principal y Mark a mi espalda se quedó vacilando en el primer escalón. Se había percatado de mi cambió de humor. Sabía muy bien que odiaba esas fiestas para ricos hombres que se aburrían en su monótona vida y me había llevado a una en nuestra primera cita. Yo me esperaba una cena romántica en algún restaurante u otra cosa, menos eso.

—Laura —me llamó en cuanto entramos después de enseñar la invitación—. ¿Qué te pasa?

—¿Porque me has traído aquí? Sabes que odio estas fiestas, al igual que tú.

—Sé que no te gustan estas fiestas, pero no pensé que te pudieras poner así —se disculpaba—. Además, no quería estar aquí sólo y prefería estar contigo.

—Hazme un favor…

—¡Laura! —escuché mi nombre a mi espalda y no pude terminar la frase.

Suspiré profundamente y cambié mi expresión de enfado por una sonrisa fingida y me giré para saludar a mis padres. Les di un par de besos y me vi obligada a presentarles a Mark.

—Somos amigos y me ha pedido si lo podía acompañar para no aburrirse.

—¿Amigos? —cotilleó mi madre.

Tragué saliva porque no quería contestar al interrogatorio que venía a continuación, pero como un salvador anónimo apareció un amigo de mi padre y, por suerte, se desvió la conversación.

—Si nos disculpáis… —y nosotros dos nos fuimos hacia el salón donde estaba todo listo para la cena de etiqueta de esa noche.

—Olvidé que tus padres frecuentan estas fiestas —Mark quería disculparse.

—Sí y es por eso que estoy molesta… le próxima vez me avisas antes.

Suspiré aliviada porque por esa noche se había acabado dar explicaciones a mis padres.

—Cenamos y luego nos vamos a dónde tú quieras, ¿sí?

—Me parece perfecto.

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Acciones accidentadas

Un día más entró decidida, sonriente y aún con el desafortunado incidente del día anterior en mente. El personal de la barra le devolvió el amplio saludo; la esperaban a diario puntualmente. Ella tomó asiento en su rincón y empapeló la mesa de libros y libretas. Finalmente sacó su portátil y, mientras dejaba que se encendiera, buscó establecer contacto visual con el chico que mejor sabía prepararle el café. En cuanto la vio mirándole, esperando en silencio y paciente su turno, la entendió en seguida: caramel macchiato con la leche natural, no fría. No era la política de empresa, pero el personal tenía el detalle de traerle la taza en la mesa; le preguntaban cómo estaba o si necesitaba nada más, pues sabían que era nueva en aquel ecosistema ciudadano.

—Vuelvo a la barra antes de que me llamen la atención —le disculpó el muchacho frotándose las manos levemente en el delantal.

—Faltaría más —dijo ella.

Vio al chico perderse entre los clientes que desfilaban por el ancho corredor, formado entre el mostrador y las mesas distribuidas en la planta baja. En el par de minutos que habían estado intercambiando palabras, el establecimiento se había llenado notablemente. La joven cogió la taza con ambas manos y se recostó en el respaldo de la silla, de piernas cruzadas y mirada observadora. Le resultaba curiosa la mezcla de etnias culturales de la ciudad y la diferencia social prácticamente nula entre ellas, aún más evidente en un espacio consumista y cerrado. Su atención divagaba de individuo a individuo como buscando recibir información de cada uno: quiénes podían ser, a qué se dedicarían, qué contaban sus pertenencias, la actitud corporal, lo que llevaban puesto…

Siendo plenamente consciente de su pasado y sus vivencias en el presente, sentía tremenda curiosidad por las rutinas y costumbres de quienes la rodeaban. Pero en vez de preguntar directamente, se contentaba en identificar la cartera de un alto ejecutivo trajeado, las uñas rojas a juego con los tacones de una chica esperando impaciente una cita, o con la toalla que se dejaba caer al suelo para descubrir la estera de un hombre que probablemente atendía a clases de yoga. La joven se apresuró a recogérsela, pues estaba cerca y parecía que fuese la única que se había dado cuenta de ello. El hombre ni se había dado cuenta, así que se lo agradeció inmerso aún en el desconcierto; siguió su camino hacia el primer piso.

De nuevo sentada, decidió ponerse a trabajar un poco, pues llevaba media hora larga sin hacer nada. Permaneció ajena al hombre de la toalla, quien al cabo de poco volvió a bajar e hizo cola para pedir una bebida verdosa, color que le llamó la atención a ella. Venciéndole tal distracción a la concentración, se paró a observar a aquel hombre: vestía con una camiseta blanca apretada al cuerpo, pantalones oscuros de chándal, una chaqueta motera gastada y unas zapatillas deportivas sucias. Pintoresco; o poco se miraba al espejo antes de salir de casa… Buscaba mesa libre y parecía haber localizado una recién despejada. Se dirigió a la mesa adicional a buscar servilletas y en cuanto se giró, una pareja de avanzada edad se había adueñado del objetivo mentalmente escogido. La joven observaba algo divertida la escena, la mueca de fastidio de él, el murmullo ininteligible maldiciendo a los ladronzuelos y la peinada visual por si podía sentarse en algún otro sitio.

—Puede sentarse aquí, si quiere —no pudo contenerse más la risa, ella. El hombre pareció acceder y la joven recogió un poquito los papeles para que él pudiese dejar el vaso.

—Gracias —parecía tímido.

—No hay de qué. Hay mucha gente, ¿verdad? —se lo quedó mirando, pero él parecía no muy dispuesto a entablar conversación: parecía agobiado ordenándose en su microespacio. Ella decidió no molestarlo más—: Vale, prometo dejarle tranquilo tomándose su… —no pudo identificar el contenido de su vaso de plástico transparente—, cosa —terminó con una sonrisa de labios sellados.

—Té —llamó por fin la atención de la joven con un monosílabo—. Perdona, no quería ser un maleducado.

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