Bajo el agua

—¿Dónde estás? —la voz, al otro lado del móvil, sonaba desesperada y las palabras se solapaban las unas con las otras—. Dime que aún estás en el muelle abandonado.

—Sí, justo acabo de zanjar el trato. ¿Qué ocurre?

—Me acaban de llamar… —se hizo silencio al otro lado del auricular.

—¿Quién? —exigió saber ante tanto misterio.

—La tienen y si quiero volver a verla viva tengo que ir al muelle abandonado… ya —su voz era de desesperación.

—¡Voy a buscarla! Para cuando cruzes la ciudad, la habré encontrado.

Se despidió y colgó el móvil. Salió del coche y echó un vistazo a su alrededor pensando por cual de los muchos almacenes abandonados empezar a buscar. Eran muchos y si la chica corría peligro tenía que empezar por el correcto.

De pronto localizó un deportivo negro que se precipitaba al agua a gran velocidad justo al otro lado de su posición. No dudó ni un segundo para pasar a la acción: se quitó la chaqueta, la tiró y echó a correr hacía el lugar del accidente lanzándose al agua sin miedo. No disponía de mucho tiempo. El agua no tardaría en inundar toda la cavidad del coche y ella tenía pánico a los lugares cerrados y al agua.

 

El agua era turbia, oscura y fría. Quería encontrar el coche y sacarla de ahí, pero no conseguía ver mucho más allá de sus cercanías. Cuanto más descendía más oscuro estaba, pero al fin vió un mancha negra, muy nítida. Buceó hasta ella para comprobar que efectivamente era el coche. Miró a través de los cristales, pero no vio ningún cuerpo. Tenía que mirar en el maletero, pero se estaba quedando sin aire. Se vio obligado a subir a la superficie, donde respiró profundamente, cogió aire y volvió a sumergirse.

Buceó rápido. No había tiempo que perder. Fue directamente al maletero. Se agarró fuerte e hizo fuerza para intentar abrirlo, pero nada. Lo volvió a intentar, pero le era imposible. Tenía que hacer algo para abrirlo, pero otra vez se quedaba sin aire. Volvió a emerger. Al sacar la cabeza a la superficie se fijó en unas escaleras cercanas llenas de lo que parecían herramientas. Nadó hasta allí y cogió la herramienta más grande y más apropiada para poder hacer palanca bajo el agua.

El peso de la herramienta le hizo bajar más rápido. La trabó en una hendidura del maletero, asegurándose bien de que no se escapara. Hizo fuerza, pero parecía no hacer nada. Lo volvió a intentar una segunda vez y una tercera vez, y así hasta que por fin cedió por completo y se abrió.

El cuerpo de la chica estaba inerte en el alfombrado del maletero. La cogió sacudiéndola un poco, pero no respondía. No demoró más la espera: agarró a la chica y con las pocas fuerzas que le quedaban se impulsó hasta la superficie.

El aire fresco hizo recobrar el conocimiento a la chica y sintiéndose liberada empezó a patalear y moverse para huir de las manos en las que se encontraba. No se había percatado de que eran manos amigas y no enemigas.

—¡Cálmate! —le gritó el chico que no le quedaban más fuerzas para pelear con ella.

La acercó a la pared para que pudiera resguardarse en los escalones de piedra. Con los pies en tierra firme, ella miró a esa persona que la había salvado. Reconoció ese pelo rubio y corto chafado por el agua y esos ojos de mirada preocupada, oscurecidos por el sombrío día. Se abrazó a él, dejando que sujetase todo su cuerpo. Él tan solo la rodeó con un brazo para con el otro sujetarse a un lugar firme.

—Creía que moriría… —sollozó en su pecho—. ¡He pasado mucho miedo!

—Tranquila, ya estás a salvo —la intentó tranquilizar—. Ahora lo mejor será salir del agua.

Con torpeza por la falta de fuerzas, ella empezó a subir las escaleras de piedra estrechas que conducían al muelle. Subía rozando la pared, por miedo a caer al agua. Él la seguía detrás, sin perder detalle de cada movimiento débil que hacía.

Al llegar arriba, ella volvió a abrazar a su salvador y le agradeció de corazón que la hubiera salvado. Él le correspondió el abrazo.

A lo lejos, unos faros que rápidamente se acercaban, iluminaban la escena. Los dos se separaron y miraron el coche en cuestión.

La pareja de la chica salió del coche corriendo directo a ella para fundirse en un largo y cariñoso abrazo acompañado de besos.

El chico suspiró. Deseaba ser él el que estuviera recibiendo esos abrazos y besos por parte de la chica, pero nunca ocurriría. Vio que ahí estaba de más y sin decir nada se encaminó a su coche para ir a casa y cambiarse de ropa. En otro momento ya le agradecerían el esfuerzo de haber arriesgado su propia vida para salvar a la pareja de su amigo.

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Helaku

Aún con los ojos cerrados podía respirar el aire fresco de aquellas flores tan frágiles y simples, pero tan bellas a la vez. Se encontraba sumergido en ellas. Parecía mentira, pues no medían más de cinco centímetros de alto y le engullían el cuerpo tendido boca arriba, encarado al cielo. De rostro relajado, haciendo sonreír aquellos finos labios.

Lentamente fue extendiendo la mano como tocando las nubes, abriendo los párpados para fulminar el azul celeste con su seductora mirada y dejando los dientes que desdibujasen aquella ligera y plácida sonrisa atrás. El aire soplaba y avivaba su escaso flequillo color carbón, paseándoselo a modo de vaivén sobre la frente blanca. Y con dicho movimiento que le provocaba escalofríos en la piel, parecía que iba alejándose cada vez más: la imagen del chico se apocaba ante la inmensidad creciente del cielo.

El muchacho terminó por desistir y dejó muerta su mano, rebotando sobre la hierba. Todo se paró: nubes, aire, tiempo… Luz. La pradera de margaritas permanecía en la horizontal. Tan sólo existían él y las flores. El tacto; el aroma. Estímulos sensitivos que se traducían en recuerdos que afloraban desde el subconsciente para olvidar el día gris.

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