El teatro de la vida

Parece no haber nada especial en el escenario. Una joven nerviosa contemplando un libro, un anciano observando al milímetro la actitud de la chica. Él la absorbe con la mirada. Ella se siente desnuda, tiene miedo a fallarle y es entonces cuando se atreve a mirarle. Siente que es atravesada por su mirada de ojos grises, o ¿quizás azules?
El público es escaso, pero exigente y está impacientado. Entre ellos y observándolos con detenimiento, están los que no aceptan un fracaso. Ellos saben que no pueden defraudarlos y les crea más expectación.
Los ojos del anciano denotan seguridad, confianza, serenidad… Firmeza en su compostura, cabeza alta con la mirada al frente y directa a los espectadores. La chica es todo lo contrario: está hecha un manojo de nervios, su compostura muestra inseguridad y debilidad, y en la mirada se le puede ver miedo. Está cabizbaja y se esconde tras la portada del libro que reposa en sus piernas. Con el tacto repasa el título grabado en relieve. Su pulso es inestable y tembloroso.
Un carraspeo entre el público le capta la atención. Están todos expectantes ante lo que sucederá: unos para aplaudirla si sale victorioso y otros para regodearse de si caen en el intento.
Sus miradas vuelven a cruzarse y es entonces que ambos se iluminan. Una conexión extraña entre ambos…

Le infunde valor para tirar adelante. Sus gestos y actos también lo reflejan: levanta la cabeza con firmeza y con mucha seguridad sobre si misma se yergue adoptando fortaleza y vigor salido de su interior. Un rebelde mechón de pelo también quiere salir en escena y ser protagonista.
Se levanta y avanza un par de pasos hacía el auditorio. Lo mira, inspira y expira profundamente. La mirada del hombre muestra felicidad al igual que la curvatura de sus gruesos labios envejecidos. La chica se repasa el esquema preparado.

Empieza la función.

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El jardín de los secretos

—¡Corred, corred! —insistía el vigía.
—¡Hacemos lo que podemos! —gritó uno.
—¡Sht! —lo mandó a callar otro.
—¡Centrémonos! Todo esto es por nuestro bien —intentó poner orden otro de los presentes.
Regresaron todos a sus puesto y se pusieron a trabajar en equipo para conseguir llevarse el libro a casa y sin ser vistos.
No se percataron de que una sombra se cernía sobre ellos, observándolos con perplejidad como robaban el libro. No podían ser vistos. Nunca lo habían sido. El vigía estaba centrado en otra dirección, vigilando algo más peligroso para ellos.
La chica se había despertado de su siesta en la hamaca. Había estado leyendo un rato, bajo la sombra del único árbol de su pequeño jardín, hasta que le entró el sueño. Había dejado el libro en una mesita cercana, junto con un vaso de agua.
Tenía sed y al levantarse para coger el vaso, se quedó atónita ante lo que sus ojos estaban presenciando: su libro se estaba moviendo y a su lado había unas diminutas y extrañas criaturas.
«Tiene que ser un sueño» pensó al ver semejante situación.
Cogió el libro y lo levantó de la mesa, atrayéndolo hacía ella. Se habían quedado colgando dos de las pequeñas criaturas que empezaron a gritar de miedo. La distancia hasta el suelo era demasiada para ellos. Querían volver a la mesa. Uno intentó trepar por el lomo del libro, pero resbalaba demasiado. La chica lo volvió a dejar en la mesa.
Se acercó más a ellos y así poder ver más detenidamente las extrañas criaturillas que invadían su espacio de lectura y descanso.
—¿Por qué me robáis el libro? —les preguntó.
Otra persona quizás habría empezado por preguntarles qué diablos eran ellos. Ella pensaba que estaba en un sueño, pero eran muy reales esas criaturas.
—Estamos buscando el libro sagrado —le contestó la criatura que había intentado trepar el libro—. Él nos dirá que hacer para recuperar el control de nuestro reino.
—¿Vuestro reino? —miró a su alrededor—. ¿Mi jardín?
—Reino… jardín… qué más da —dio un paso al frente otro personaje—. Lo que nos importa es eliminar al Maligno.
—¿Maligno? ¿Hay algo malo en mi jardín?
—Nosotros vivíamos en paz entre los árboles, las flores y las plantas —empezó a contar el que parecía más anciano—. Vivíamos en paz con otras criaturas, nunca habíamos usado armas, salir a buscar comida era muy divertido, pero des que llegó Él, que tuvimos que fabricarnos armas, buscar protección, trasladar nuestro poblado…
—¡Oh! —se le ablandó el corazón—. ¿Puedo hacer algo por vosotros? ¿Puedo ayudaros? ¿Quién es ese Maligno?
—Es enorme, blanco y peludo. Tiene unas garras capaces de romper el acero más duro y unos enormes bigotes que le salen de aquí —y la criatura se señaló su nariz.
La chica se echó a reír sin poder evitarlo. Habían descrito al bueno de su gato, al Señor Bigotitos. Le hacía gracia pensar que lo llamaban «El Maligno» y que era el culpable de turbar la paz que reinaba en su pequeño jardín.
—El Maligno es mi gato. Él vive conmigo. No puedo echarlo.
En cuanto las criaturas escucharon que ella estaba del lado del Maligno, empezaron a correr hacía la cuerda que descendía de la mesa hasta el suelo. Era enemiga y no podían revelar más de ellos.
—¡Esperad! No os vayáis —les llamó—. Quiero ayudaros.
Uno se quedó mirándola. No podía ser que ella fuese mala. Lo decía con el corazón que quería ayudarlos.
—Vámonos —le tiró uno del brazo.
—Al menos decidme quienes sois.
—Criaturas del bosque —le dijo el que aún confiaba en ella.
—Del jardín, bobo. Criaturas del jardín —le corrigieron.
Se habían ido todos, desapareciendo entre las macetas y las malas hierbas.
Se quedó sola con un extraño sentimiento albergado en su interior. Todo lo que había sucedido había sido demasiado surrealista y sufría por esas indefensas criaturas.
Cogió el libro, se tumbó en la hamaca y regresó a su lectura pensando que en cuanto se durmiera, volvería a despertar en el mundo real.

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El renacer de la primavera

¡Qué agradable que era el cosquilleo de la hierba! Jamás había sentido esa sensación y me parecía estar en un lugar mágico.

Era una estampa tan bucólica con todas las flores del parterre florecidas con distintos colores llamativos que contrastaban con el verde del césped. Los árboles estaban llenos de hojas entre las cuales se colaba el radiante sol en el cielo azul acompañado por nubes blancas. Habría sido muchísimo mejor si la gente de mi alrededor, que pasaba la tarde también ahí tumbada, estuviera disfrutando del silencio y no charlando. Los niños correteaban de un lado para otro gritando o llorando u otros estaban tocando la guitarra. Para mi gusto, había demasiado ruido, pero aún así disfrutaba como un niño pequeño de esa experiencia jamás vivida.

Sentí el tacto de sus dedos deslizándose por mi interior para dar la vuelta a la página y seguir leyendo. Yo disfrutaba con sus manos y ella disfrutaba con mis palabras y páginas.

Un incomodo pitido captó la atención de mi lectora y me molesté mucho. En ese momento de lectura sólo tenía que existir yo y mi lector, nadie más. Se distrajo mirando en su móvil el mensaje que le había llegado y se entretuvo contestándolo con una sonrisa boba dibujada en su cara.

De haber podido me hubiera puesto a gritar para captar su atención, pero en realidad ya me parecía bien. Cuanto más tardara en leerme, más tardaría yo en volver a mi aburrido y monótono estante. Disfrutaba tanto del aire libre, la brisa que soplaba y me hacía girar las páginas sin yo quererlo, el sol bronceado mis blancas páginas… en resumen, esa sensación de libertad.

Hasta el momento, creía que mi vida era de lo más emocionante e interesante pasando de mano en mano como libro de biblioteca que era. Cuando me dejaban en mi estante muchas veces escuchaba comentar a los otros lo que echaban de menos salir al parque. Siempre pensaba que no había para tanto. Salir de la biblioteca ya era suficientemente emocionante. Y me sabía muy mal por esos libros que ya nadie quería y hacía años que no se movían de ahí. Pero ahora comprendía a la perfección la nostalgia que contaban algunos.

Si fuera un humano y tuviera manos, me hubiera agarrado a las briznas de hierba y no me hubiera movido de ahí. Para mí eso era el paraíso y no quería volver a mí aburrida biblioteca: apretujado en los estantes con libros sosos y deprimidos que sólo deseaban el final de su vida… ¡eso sí que era vida!

Mi lectora dejó el móvil y se volvió a centrar en mí y yo pude volver a disfrutar del tacto de sus dedos entre mis páginas. Cuánto me gustaba esa sensación.

A los dos se nos pasó el tiempo y no nos percatamos de que el sol había perdido la batalla contra las nubes que empezaban a ser amenazantes. Me asusté, tenía pánico al agua y lo último que deseaba era que lloviera. Me puse nervioso. Quería que me recogieran y me guardaran. En esos precisos momentos, quería estar en su bolso aunque fuera un lugar oscuro y solitario.

Una gota de agua fría cayó en mis delicadas páginas. Rápidamente el agua se expandió lo máximo que pudo para hacerme daño. Antes de poder reaccionar, otra gota de agua cayó en otro lado de la página y sentí como la preciada tinta quería cambiar de lugar e unirse al agua. El pánico se apoderó de mí y quería resguardarme de la lluvia. Otra gota me cayó encima y fue entonces cuando mi lectora se percató de que llovía.

Suspiré aliviado cuando me cerró y me metió dentro del bolso. Estaba oscuro y apretujado con otras cosas, pero ahí estaba mucho mejor. Aún así, quería repetir la experiencia del parque. La primavera era la mejor cosa que había vivido jamás y quería volver a sentir el cosquilleo de las briznas de hierba.

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La nostalgia del ayer

Salieron de la oficina para ir a desayunar a la cafetería de al lado como ya venía siendo costumbre. Era la hora en que todos salían y la cafetería estaba llena. El camarero de detrás de la barra iba y venía con tazas de café y platos con bocadillos o bollería.

—Lo de siempre —le indicaron los recién llegados después de saludarse.

Hacía tanto tiempo que eran habituales del local que ya no hacía falta especificar más: dos cafés con leche con un bocadillo de jamón y un croissant. Normalmente eran tres a desayunar, pero el tercero tenía trabajo que terminar antes del desayuno.

Se fueron a sentar en una mesa pequeña y mientras esperaban que les sirvieran comentaron el resultado del último informe, que hacía pocos minutos que se lo habían presentado.

Al cabo de poco rato, entraron tres estudiantes dispuestos a ocupar una mesa con ordenadores, carpetas y apuntes. Se sentaron un par de mesas más allá y la mujer se los quedó mirando mientras su compañero iba hablando de lo que le parecía el informe.

—¿Qué estás mirando? —y se giró para comprobar que la tenía tan aficionada—. Un poco jóvenes para ti, ¿no crees?

—¡Que tampoco soy tan mayor! —se indignó.

En ese momento, el camarero les trajo el desayuno y se entretuvo unos pocos minutos charlando con ellos y tomándose un breve descanso.

—Hoy no estáis todos —observó.

—Luego ya vendrá, que tenía trabajo.

Se fue que tenía trabajo. Muchos más clientes esperaban su desayuno o que les cobrara para poder volver a sus oficinas y seguir rellenando papeles e informes.

—Entonces, ¿por qué te los mirabas tanto? —exigió saber su compañero con mucha curiosidad.

—¿No te gustaría volver a la universidad?

El hombre se quedó sin palabras. No se había planteado volver atrás y empezar una carrera. Aquello quedó en el pasado.

—No, en absoluto.

—Eran buenos tiempos.

—Eso no te lo negaré, pero volver a ponerse a estudiar, eso sí que no.

La puerta de la cafetería se abrió y entró otro trabajador más buscando a sus compañeros para desayunar juntos. Los encontró charlando y comiendo en una pequeña mesa.

—¿Ya has terminado?

—Si, por el momento sí.

El recién llegado indicó al camarero que le trajera lo de siempre y se enfrascó en la conversación que tenían sus compañeros de trabajo.

—¿De qué hablabais?

—Aquí nuestra joven compañera, que echa de menos la universidad.

—Se lo regalo —dijo sin pensárselo.

—Oh venga —se indignó— fiestas universitarias, mañanas perdidas en el bar de la facultad… —no podéis echar de menos esto.

—Eso no te lo discutiré, pero eso —señaló con la cabeza al grupo de estudiantes— trabajos a última hora, exámenes, estrés… ya tengo mi trabajo que al menos disfruto más y gano dinero.

—Con eso tienes razón.

—Pero… —los dos hombres vieron que en esa frase le faltaba un “pero”.

—No sé, es distinto. La verdad que en el fondo me gustaba la época de exámenes, me sentía útil durante dos meses del curso.

Los dos hombres le miraron mal y se echaron a reír.

—Acabo de quedar como la rara del grupo —afirmó ella.

Los dos hombres estuvieron totalmente de acuerdo con ella y como nueva posición de rara en el grupo, pactaron que le tocaba a ella pagar el desayuno.

Suspiró. No había más remedio. Pero no retiraba lo que había dicho: si pudiera regresaría a la universidad para volver a vivir la experiencia.

 

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Memorias de un lector

Dicen que una mudanza es el peor problema para los ávidos lectores. Pero también hay otros como prestarlo y no volver a verlo jamás, o que en tu momento de lectura lo manches con una gota de café o de té, entre otros muchos percances que pueden llegar a sufrir.

No entraré en cuál de todos estos problemas es peor, ya que todo lo que perjudique a un libro es muy duro para sus amantes. Solo quiero contaros mis aventuras en estas líneas:

Cuando era un joven lector y solamente cuatro libros adornaban mis estantes de la habitación, tuve que mudarme. Ya en ese entonces, fue un verdadero problema. No quería que les pasase nada. Eran mis amigos y ellos me habían hecho descubrir la pasión por la lectura y la literatura. Procuré que en la caja dónde estaban no hubiera nada que los pudiera dañar ni ensuciar y me encargué personalmente. La custodie para asegurarme que llegaba sin ningún rasguño a su nueva ubicación. Una vez instalado, los coloqué en un lugar privilegiado.

Con el tiempo esos pocos libros se quedaron en un rincón de la estantería acumulando polvo. A su lado, iban apareciendo regularmente nuevos libros que ampliaban la colección. Y a su vez, estos iban quedando en un rincón sustituidos por otros. Sólo los mejores ocupaban un lugar privilegiado para volver a ser leídos.

Luego vino la universidad y con la acumulación de trabajos, exámenes y fiestas, el tiempo para leer se fue reduciendo.  Sin embargo, no fue un impedimento  para seguir comprando libros. Sobre todo cuando en mis manos tuve mi primer sueldo del trabajo que combinaba con los estudios. La lista de libros para leer iba en aumento y el tiempo iba disminuyendo, pero tarde o temprano los acabaría leyendo todos. Tenía toda una vida por delante para leerlos.

Finalmente, todo esto llegó a un límite. Un buen día llegué a casa después de una larga jornada laboral. Detrás de la puerta, me esperaban mis padres en posición autoritaria. En ese momento me presentaron un dilema: “Sólo había sitio para uno: o yo o mis libros”. Está claro que escogí mis libros, así que me puse a buscar un piso para irme a vivir con ellos. Con mi sueldo y mis escasos gastos, tenía dinero suficiente para comprar más libros y leerlos de camino al trabajo en el tren. Y el resto de dinero lo iba guardando porque mis padres me habían enseñado que se tenía que ahorrar para un futuro y ya había llegado, porque tenía que buscarme un piso.

Esta mudanza no ha sido ni de lejos como la primera que viví, especialmente respecto a mis libros. Esta vez no he tenido que custodiar cuatro libros, han sido unos cuantos más y ha sido imposible hacerme cargo personalmente de todas las cajas. A la hora de empaquetarlos he tenido mucho cuidado, poniendo hojas de diario entre los huecos que quedaban para que no chocaran con el movimiento y quedaran dañados. He intentado transportar yo mismo todas las cajas con libros en su interior, pero algunas las han movido mis padres y amigos bajo mi atenta supervisión. Ninguna caja ha sido maltratada.

Y por el momento, todos los libros que ha sacado para colocarlos en una nueva estantería están en perfecto estado. Ahora el problema está en volver a colocarlos. Estoy descubriendo algunos que no me acordaba que tenía y me voy entreteniendo mientras los ojeo de nuevo. Pero tarde o temprano tendré mi biblioteca personal lista.

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