El espíritu de los pequeños detalles

Estaba perdida entre una multitud de personas que iban y venían. No sabía dónde se encontraba ni a dónde tenía que ir. Podía preguntar a cualquiera de los transeúntes si amablemente le podía indicar el camino correcto para llegar a su destinación. Podía hacer-lo, pero habría sido en vano. No sabía dónde iba, ni tan si quiera si por ahí cerca había un local conocido o una tienda de ropa de una marca famosa. Cualquier indicio la ayudaría a situarse en un mapa dentro de aquella ciudad poco conocida.

Sin la compañía de nadie más que la de ella misma, las ganas, la ilusión y la motivación, había emprendido aquel viaje de camino incierto con el objetivo final muy claro y bien definido. Sin embargo, el tiempo era traidor y a medida que pasaba, el objetivo se difuminaba cada vez más en el horizonte lejano. Tanto, que ahora se encontraba sola, agobiada y desesperada. En definitiva, se había rendido y cumplir su objetivo ya no era una prioridad.

Todos aquellos con los cuales había compartido parte del trayecto se habían encargado muy bien de que perdiera el rumbo. Algunas eran personas que conocía, otras eran desconocidas, pero todos tenían en común que se habían ofrecido para ayudarla. Algunos de los cuales se habían convertido en una molestia, otros huían en momentos difíciles o de repente desaparecían. Y ahora, en ese momento de pérdida, se había encerrado en sí misma y, desconfiando de la gente, no se atrevía a preguntarlos como seguir.

Era hora de retomar el paso, deshacer todo el camino que había hecho hasta llegar en aquel punto y volver a casa. No estaba hecha para embarcarse en aventuras. Estaba hecha para hacer como el resto de personas que la rodeaban: ir y venir de los sitios cumpliendo con los trabajos a desgana, volver a casa y fingir que su vida era la mejor de todas, esconder tras la puerta todos los problemas y errores a los cuales no se había puesto solución por falta de valentía… Ésta era la vida a la cual volvía.

Rendida, abatida y decepcionada con sí misma, emprendía el camino de regreso a casa. Allí la esperaba la misma vida aburrida que había tenido hasta ahora y que tanto deseaba deshacerse. Por la ventana del vagón del metro miraba los grisáceos muros de hormigón que formaban los túneles, hasta que vio a una persona muy apreciada al llegar a una de las estaciones. Como si la tuviera ahí a su lado, sentía su voz regañándola por rendirse y volver a casa sin luchar hasta el final. Decidida como nunca, se levantó del asiento que ocupaba y bajó a la siguiente estación. Dio media vuelta y volvió de allí donde venía.

Volvía a estar en mitad de una ciudad que no conocía mucho rodeada de personas desconocidas. Las ganas, la motivación y la ilusión volvían a visitarla para acompañarla el resto del viaje. Seguía sin saber dónde iba, pero no era necesario estorbar a la gente para pedir alguna indicación. Una vez empezara a caminar, sola encontraría el camino y la voz la animaría a seguir y a no rendirse otra vez. Miró a su alrededor: no sabía dónde estaba ni a dónde tenía que ir, no podía situarse dentro de un mapa, pero perdida, no lo estaba. Y con paso firme y decidido retomó el viaje.

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Bajo el agua

—¿Dónde estás? —la voz, al otro lado del móvil, sonaba desesperada y las palabras se solapaban las unas con las otras—. Dime que aún estás en el muelle abandonado.

—Sí, justo acabo de zanjar el trato. ¿Qué ocurre?

—Me acaban de llamar… —se hizo silencio al otro lado del auricular.

—¿Quién? —exigió saber ante tanto misterio.

—La tienen y si quiero volver a verla viva tengo que ir al muelle abandonado… ya —su voz era de desesperación.

—¡Voy a buscarla! Para cuando cruzes la ciudad, la habré encontrado.

Se despidió y colgó el móvil. Salió del coche y echó un vistazo a su alrededor pensando por cual de los muchos almacenes abandonados empezar a buscar. Eran muchos y si la chica corría peligro tenía que empezar por el correcto.

De pronto localizó un deportivo negro que se precipitaba al agua a gran velocidad justo al otro lado de su posición. No dudó ni un segundo para pasar a la acción: se quitó la chaqueta, la tiró y echó a correr hacía el lugar del accidente lanzándose al agua sin miedo. No disponía de mucho tiempo. El agua no tardaría en inundar toda la cavidad del coche y ella tenía pánico a los lugares cerrados y al agua.

 

El agua era turbia, oscura y fría. Quería encontrar el coche y sacarla de ahí, pero no conseguía ver mucho más allá de sus cercanías. Cuanto más descendía más oscuro estaba, pero al fin vió un mancha negra, muy nítida. Buceó hasta ella para comprobar que efectivamente era el coche. Miró a través de los cristales, pero no vio ningún cuerpo. Tenía que mirar en el maletero, pero se estaba quedando sin aire. Se vio obligado a subir a la superficie, donde respiró profundamente, cogió aire y volvió a sumergirse.

Buceó rápido. No había tiempo que perder. Fue directamente al maletero. Se agarró fuerte e hizo fuerza para intentar abrirlo, pero nada. Lo volvió a intentar, pero le era imposible. Tenía que hacer algo para abrirlo, pero otra vez se quedaba sin aire. Volvió a emerger. Al sacar la cabeza a la superficie se fijó en unas escaleras cercanas llenas de lo que parecían herramientas. Nadó hasta allí y cogió la herramienta más grande y más apropiada para poder hacer palanca bajo el agua.

El peso de la herramienta le hizo bajar más rápido. La trabó en una hendidura del maletero, asegurándose bien de que no se escapara. Hizo fuerza, pero parecía no hacer nada. Lo volvió a intentar una segunda vez y una tercera vez, y así hasta que por fin cedió por completo y se abrió.

El cuerpo de la chica estaba inerte en el alfombrado del maletero. La cogió sacudiéndola un poco, pero no respondía. No demoró más la espera: agarró a la chica y con las pocas fuerzas que le quedaban se impulsó hasta la superficie.

El aire fresco hizo recobrar el conocimiento a la chica y sintiéndose liberada empezó a patalear y moverse para huir de las manos en las que se encontraba. No se había percatado de que eran manos amigas y no enemigas.

—¡Cálmate! —le gritó el chico que no le quedaban más fuerzas para pelear con ella.

La acercó a la pared para que pudiera resguardarse en los escalones de piedra. Con los pies en tierra firme, ella miró a esa persona que la había salvado. Reconoció ese pelo rubio y corto chafado por el agua y esos ojos de mirada preocupada, oscurecidos por el sombrío día. Se abrazó a él, dejando que sujetase todo su cuerpo. Él tan solo la rodeó con un brazo para con el otro sujetarse a un lugar firme.

—Creía que moriría… —sollozó en su pecho—. ¡He pasado mucho miedo!

—Tranquila, ya estás a salvo —la intentó tranquilizar—. Ahora lo mejor será salir del agua.

Con torpeza por la falta de fuerzas, ella empezó a subir las escaleras de piedra estrechas que conducían al muelle. Subía rozando la pared, por miedo a caer al agua. Él la seguía detrás, sin perder detalle de cada movimiento débil que hacía.

Al llegar arriba, ella volvió a abrazar a su salvador y le agradeció de corazón que la hubiera salvado. Él le correspondió el abrazo.

A lo lejos, unos faros que rápidamente se acercaban, iluminaban la escena. Los dos se separaron y miraron el coche en cuestión.

La pareja de la chica salió del coche corriendo directo a ella para fundirse en un largo y cariñoso abrazo acompañado de besos.

El chico suspiró. Deseaba ser él el que estuviera recibiendo esos abrazos y besos por parte de la chica, pero nunca ocurriría. Vio que ahí estaba de más y sin decir nada se encaminó a su coche para ir a casa y cambiarse de ropa. En otro momento ya le agradecerían el esfuerzo de haber arriesgado su propia vida para salvar a la pareja de su amigo.

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Aromas accidentadas

Miró el reloj de pulsera otra vez. Le quedaba aún una hora y media, redondeando a la alza, así que se recolocó brevemente en el asiento de madera y siguió leyendo los apuntes del último día; los muslos se le habían empezado a adormecer en aquella posición. Habiendo acabado el tema paró: cerró los ojos, se llevó las manos a la espalda y respiró profundamente para estirar los músculos que se notaba acartonados. Dejó la mirada perdida al apoyar los codos sobre la mesa, permitiendo que el olor a café de infinidad de clases invadiera sus sentidos. Uno de sus aromas favoritos, a pesar de no ser una gran entusiasta del olfato.

Tuvo que bajar de nuevo a la tierra, pues notó un gran foco caliente en la pierna: un hombre andaba hablando con la que parecía su pareja y no había visto la mesa en la que ella se encontraba, tropezándose con una de las patas y volcando levemente el contenido del vaso que carreteaba. Nadie se dio cuenta del pequeño accidente excepto ella misma, que recibió la muestra de vertido en la gabardina. Ahogó un grito de la sorpresa, levantando las extremidades para evitar mancharse más. Se miró incrédula a la pareja de mediana edad, con los ojos tan abiertos como la boca. No tenía ganas de discutir con ellos, por mucho que echase en falta una disculpa. Fue a coger un par de servilletas de papel para intentar secarse al máximo el tejido.

Cuando se le acabó el tiempo libre recogió sus pertenencias y se marchó hacia la universidad. Excepto el desafortunado encontronazo, esa era su rutina durante la semana; la cafetería, su guarida del mundo exterior. Siempre a la misma hora. Allí podía ser una desconocida más.

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Aventura en Zapatillas

Ocho de la mañana. El despertador estaba harto de sonar y ella de oírlo. Levantó la mano con pereza y la dejó caer encima del aparato sonoro para apagarlo. Volvió a cerrar los ojos. Su mente le obligaba a levantarse, pero su cuerpo no reaccionaba. Alargó el despertar cinco minutos más que se convirtieron en treinta. Finalmente se levantó. Suerte que aún tenía tiempo para ir al trabajo.

Esta era su rutina: poner el despertador media hora antes de lo normal, para que si así se dormía no fuera tarde al trabajo. Preveía ya ese pequeño contratiempo.

Al levantarse, lo primero que hizo fue abrir el armario y rebuscar entre las prendas de ropa perfectas a ponerse. Unos tejanos grises ajustados fueron los escogidos. La elección del jersey fue más complicada: la verde claro le gustaba mucho y tenía ganas de ponérsela, la granate también era muy bonita al igual que la azul. Finalmente se decantó por la naranja que destacaba con el gris oscuro de los pantalones.

Su siguiente paso fue mirarse al espejo y comprobar cómo tenía su alborotado y rizado pelo. Para arreglarlo necesitaría una ducha, pero un moño mal hecho con un mechón del flequillo suelto también solucionaría el peinado.

Tenía ya el conjunto escogido para ir a trabajar ese día y se fue a desayunar. Luego ya se arreglaría. Se tomó su rutinario café con leche y unas tostadas.

Se encontraba ya enfundada en sus pantalones, con el jersey puesto y su moño hecho. Solo le faltaba completar su aspecto con unos complementos: un anillo, un brazalete fino, un collar a conjunto con el modelo escogido y finalmente un pañuelo voluminoso envuelto en el cuello.

Antes de salir de casa se miró al espejo una última vez y se dio el visto bueno. Fue a buscar el coche en el garaje y se puso en marcha hacia la oficina. Como un día más aparcó en su plaza habitual, saludó al hombre que trabajaba y salió en dirección a la oficina. Saludó al recepcionista y a la gente que encontró en el ascensor.

Sus compañeros ya estaban en el oficina y el jefe salía del despacho en ese preciso instante.

—¡Bonitos zapatos! —le dijo cuando se cruzaron.

—¡Oh, muchas gracias! —se sintió halagada.

Dejó el bolso encima de su escritorio y se miró los pies para ver que tenían de especial sus zapatos. Se ruborizó en cuanto vió que sus pies no calzaban unos zapatos acordes con el trabajo.

—Tus mejillas empiezan a estar acordes con tus zapatillas —le comentó entre risas su compañera de oficina.

—¡Calla! He hecho el ridículo ante media oficina y nadie ha podido decirme nada.

Había salido de casa impoluta, pero con el pequeño descuido de no percatarse de que no se había calzado los zapatos y aún iba con las zapatillas naranjas, a conjunto con su jersey. Se sentía avergonzada porque media oficina la había visto haciendo el ridículo y la otra mitad ya se habría enterado por los comentarios.

—Pues hoy viene el director general.

—No me lo recuerdes —le espetó dejándose caer en la silla de despacho—. ¿Y qué hago yo ahora? —escondió la cara entre sus manos.

Su cabeza trabajaba a mil por hora buscando la mejor solución al problema. No podía presentarse así ante el director general, pero tampoco tenía tiempo de ir a casa a cambiarse. Podía salir a comprarse unos zapatos de emergencia, pero con zapatillas no volvía a pasearse por la oficina y tampoco por la calle.

—Toma.

Su compañera le dejó la solución en el suelo. Cuando vió un par de tacones negros que descansaban al lado de sus pies se le iluminó la cara.

—¡Muchas gracias! —le agradeció profundamente— ¿Pero que haces con ellos aquí?

—Al salir del trabajo tengo una cena y para no cansarme todo el día con los tacones me los he llevado para luego ponérmelos.

—¡Eres la mejor! —volvió a agradecerle.

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Nueve menos cinco

De un gracioso saltito subió al autobús, haciéndose un hueco entre toda la gente apretujada. Le evadió un golpe de calor, pero intentó controlarse aquella sensación espontánea de claustrofobia. No la padecía, pero casi. De todos modos tenía unos veinte minutos hasta poder bajar.

Al fin pudo respirar aire fresco —todo lo que el final del verano le permitía, claro—. Respiró profundamente y se armó de valor para caminar hasta al pie de las escaleras, las cuales llevaban a la puerta principal del edificio. Pero apenas pudo dar dos pasos seguidos: se le cruzó una bicicleta de forma violenta.

—¿No tienes ojos? —le espetó el ciclista mirándosela por encima del hombro.

—¡Vete a la mierda, imbécil! —le respondió precipitadamente dados los pinchazos de dolor.

Se llevó la mano al empeine, se quitó el zapato y empezó a masajeárselo. Se quejó en voz baja mientras se balanceaba para intentar calmar la sensación: musitaba más por el hecho de haber caído que por haberse llevado un buen golpe al costado.

—Espere, le ayudo —se le aproximó una figura al ver que intentaba levantarse.

Le miró a los ojos: un hombre trajeado de mediana edad, piel blanca aunque morena, ojos intensamente marrones y pelo corto y revuelto, con alguna que otra cana. Paró atención en los labios, cómo articulaban las palabras entre el agraciado bigote y la perilla que le daba el toque atractivo. Dejó de sentir dolor al instante; dejó incluso de respirar para ver si conseguía escucharle mejor.

—¿Se encuentra bien? —le repitió él al ver que no le respondía.

—Oh, no es nada —volvió en sí forzando una sonrisa natural—, no se moleste.

El hombre la ayudó a ponerse en pie y le recogió el bolso. Del interior había caído un folleto informativo. Lo leyó:

—¿Pembroke Hall Business Centre? —la miró frunciendo levemente el ceño—. ¿Va a entrar ahí? —señaló con la cabeza el edificio de ladrillo anaranjado y de portal blanco georgiano.

—Eso espero —comprobaba ella poder apoyar el pie en el suelo. Pero, al notar que el hombre trajeado había cambiado el tono de voz y que permanecía mirándosela con desenfadada seriedad, quiso explicarle—: es mi primer día de trabajo.

Él dio media vuelta y subió aquellas escaleras de cemento que había pretendido subir desde el principio. La muchacha pensó que fuera una casualidad que ambos trabajaran allí. Pero su sorpresa fue cuando aquel sugerente trasero le espetó algo no muy cordial:

—Quiero el café a las nueve menos cinco en la mesa de mi despacho.

—¿Perdone?

Un suspiro y se giró por última vez sin dejar de sujetar la puerta entreabierta ya.

—No llegues tarde.

Y desapareció tras dejar que el edificio se cerrara solo. Había dejado a la muchacha totalmente descolocada. No obstante, decidió aparcar el anecdótico y peculiar encuentro; subió como pudo las escaleras y una vez dentro pasó a la recepción. Había una mujer mayor, con el pelo recogido y las gafas de varilla dorada y fina. Ésta se miró a la joven por encima de las lentes y al reconocerla sonrió. Se levantó para dar la vuelta a la mesa de mármol negro y fue directa a darle dos besos.

—¡Kathleen, bienvenida! —la abrazó.

—Por lo visto usted es la única que se alegra de verme por aquí.

—¿Qué ha pasado?

—Una bicicleta me ha atropellado y luego un estirado arrogante parecía que me ayudaba, pero cuando le he dicho que hoy era mi primer día aquí se le han cruzado los cables y me ha dicho que quería el café en su despacho. Se ha marchado dándome la espalda sin más, el muy cretino —se detuvo al ver que la señora permanecía en un incómodo silencio. Kathleen le preguntaba con la mirada, pues la inmediata sonrisa maternal que le dedicó la adorable mujer hizo que no entendiese nada—. ¿Qué?

—Ese cretino, corazón, es tu nuevo jefe —provocó que la joven empezara a balbucear sin emitir monosílabo inteligible alguno—. Así que corre a dejarle el pedido sobre su mesa, si no quieres que todo el departamento sufra por un mísero café.

—Pero, ¿dónde está? —corría erróneamente la muchacha hacia el ascensor—. La cafetera, su despacho, ¡todo!

—Su cafetería predilecta está saliendo del edificio a la derecha —le indicó con el dedo y casi sin inmutarse una vez hubo vuelto tras el mostrador—; su despacho en la segunda planta.

—¿Y qué le traigo?

—Cappuccino, con tres terrones de azúcar cristal bien grandes. Te queda poco tiempo, corazón.

—Sí, sí, sí, voy —rectificaba el rumbo Kathleen a toda prisa. Intentó olvidarse del dolor y salió disparada a por el café. Al volver, la dificultad se le había duplicado: a las punzantes molestias del pie se le sumaba el tener que procurar no derramar ni una gota del pedido con su tradicional pulso de pandereta—. ¿Cuánto me queda?

—Treinta segundos… —miró la recepcionista la hora en su muñeca mientras la joven volaba hacia el ascensor de nuevo.

El mecanismo bajó lento, se adentró en él, apretó el número dos, subió, oyó el timbre que le anunciaba la llegada y se escurrió espitada cuando apenas se separaban las compuertas. Tanteó con la vista dónde podía ubicarse el despacho que buscaba. Y entonces lo vio: su nuevo jefe se dirigía a su escritorio y estaba a punto de encerrarse.

—No… —emprendió el que fue su último sprint—. ¡Espere, su…! —alargó el brazo, empotrando la palma de la mano contra el trozo de madera barnizada— ¡…café!

El hombre se giró sorprendido, pues pensaba que por impulso la puerta ya cerraría sola. Pero allí estaba la chica nueva, desmelenada aunque junto con el pedido. Se recompuso de aquella brusca intrusión. Miró el reloj.

—Debería estar en mi mesa ya —se sentó en su gran butaca negra y acolchada.

—Lo siento, no he podido correr más —le entregó el café con cuidado. Seguidamente quiso proceder con las excusas para hacer alusión al accidente con el ciclista, pero aquellos irises, clavados fugazmente en ella y de forma intensa, le decían que era mejor que guardara silencio.

El hombre trajeado tomó el vaso a la vez que abría en abanico unos papeles. Pero se detuvo, pues el nuevo fichaje le estaba resultando un poco demasiado descarado para el puesto que había solicitado. Intentó ignorar su presencia dando un primer sorbo.

—¿Sigues aquí? —le señaló la salida sin quitar los ojos de los impresos—. No se te permite estar aquí a no ser que me traigas el café.

—Se lo he traído…

—Sí, lo has hecho —resopló después de contemplar cómo aún seguía a su lado—. Por favor, vete.

Kathleen frunció el ceño y salió del despacho un poco decepcionada por el malhumor de su jefe. Una vez fuera, cerrando la puerta a su espalda, miró a su alrededor. Dos despachos: uno ocupado y el otro libre. No parecía que el vacío fuera suyo, pero así se lo indicó su nueva compañera de trabajo una vez se hubo ubicado en su zona de trabajo.

—No se lo tengas en cuenta.

—¿Mal día?

—Mal humor.

—Ah, o sea que es permanente —murmuró irónicamente—, pues qué bien…

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