El jardín de los secretos

—¡Corred, corred! —insistía el vigía.
—¡Hacemos lo que podemos! —gritó uno.
—¡Sht! —lo mandó a callar otro.
—¡Centrémonos! Todo esto es por nuestro bien —intentó poner orden otro de los presentes.
Regresaron todos a sus puesto y se pusieron a trabajar en equipo para conseguir llevarse el libro a casa y sin ser vistos.
No se percataron de que una sombra se cernía sobre ellos, observándolos con perplejidad como robaban el libro. No podían ser vistos. Nunca lo habían sido. El vigía estaba centrado en otra dirección, vigilando algo más peligroso para ellos.
La chica se había despertado de su siesta en la hamaca. Había estado leyendo un rato, bajo la sombra del único árbol de su pequeño jardín, hasta que le entró el sueño. Había dejado el libro en una mesita cercana, junto con un vaso de agua.
Tenía sed y al levantarse para coger el vaso, se quedó atónita ante lo que sus ojos estaban presenciando: su libro se estaba moviendo y a su lado había unas diminutas y extrañas criaturas.
«Tiene que ser un sueño» pensó al ver semejante situación.
Cogió el libro y lo levantó de la mesa, atrayéndolo hacía ella. Se habían quedado colgando dos de las pequeñas criaturas que empezaron a gritar de miedo. La distancia hasta el suelo era demasiada para ellos. Querían volver a la mesa. Uno intentó trepar por el lomo del libro, pero resbalaba demasiado. La chica lo volvió a dejar en la mesa.
Se acercó más a ellos y así poder ver más detenidamente las extrañas criaturillas que invadían su espacio de lectura y descanso.
—¿Por qué me robáis el libro? —les preguntó.
Otra persona quizás habría empezado por preguntarles qué diablos eran ellos. Ella pensaba que estaba en un sueño, pero eran muy reales esas criaturas.
—Estamos buscando el libro sagrado —le contestó la criatura que había intentado trepar el libro—. Él nos dirá que hacer para recuperar el control de nuestro reino.
—¿Vuestro reino? —miró a su alrededor—. ¿Mi jardín?
—Reino… jardín… qué más da —dio un paso al frente otro personaje—. Lo que nos importa es eliminar al Maligno.
—¿Maligno? ¿Hay algo malo en mi jardín?
—Nosotros vivíamos en paz entre los árboles, las flores y las plantas —empezó a contar el que parecía más anciano—. Vivíamos en paz con otras criaturas, nunca habíamos usado armas, salir a buscar comida era muy divertido, pero des que llegó Él, que tuvimos que fabricarnos armas, buscar protección, trasladar nuestro poblado…
—¡Oh! —se le ablandó el corazón—. ¿Puedo hacer algo por vosotros? ¿Puedo ayudaros? ¿Quién es ese Maligno?
—Es enorme, blanco y peludo. Tiene unas garras capaces de romper el acero más duro y unos enormes bigotes que le salen de aquí —y la criatura se señaló su nariz.
La chica se echó a reír sin poder evitarlo. Habían descrito al bueno de su gato, al Señor Bigotitos. Le hacía gracia pensar que lo llamaban «El Maligno» y que era el culpable de turbar la paz que reinaba en su pequeño jardín.
—El Maligno es mi gato. Él vive conmigo. No puedo echarlo.
En cuanto las criaturas escucharon que ella estaba del lado del Maligno, empezaron a correr hacía la cuerda que descendía de la mesa hasta el suelo. Era enemiga y no podían revelar más de ellos.
—¡Esperad! No os vayáis —les llamó—. Quiero ayudaros.
Uno se quedó mirándola. No podía ser que ella fuese mala. Lo decía con el corazón que quería ayudarlos.
—Vámonos —le tiró uno del brazo.
—Al menos decidme quienes sois.
—Criaturas del bosque —le dijo el que aún confiaba en ella.
—Del jardín, bobo. Criaturas del jardín —le corrigieron.
Se habían ido todos, desapareciendo entre las macetas y las malas hierbas.
Se quedó sola con un extraño sentimiento albergado en su interior. Todo lo que había sucedido había sido demasiado surrealista y sufría por esas indefensas criaturas.
Cogió el libro, se tumbó en la hamaca y regresó a su lectura pensando que en cuanto se durmiera, volvería a despertar en el mundo real.

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Recuedos veraniegos

El característico olor a mar inundó todo el habitáculo del coche nada más llegar al aparcamiento de la playa. Se quedó mirando el horizonte azul, después de apagar el motor del coche. Ese olor siempre le transportaba a su infancia cuando iba a la playa con sus padres y hermanos.

Los gritos de sus hijos en la parte de trasera del coche le hicieron volver a la realidad. Ahora le tocaba a él llevar a sus hijos a la playa, de la misma manera que lo habían hecho sus padres.

Estaban ansiosos por salir del coche y poder darse un chapuzón cuanto antes. La vitalidad de los niños no tenía límites y aún menos en la playa. Le esperaba un día duro y agotador en familia, pero muy gratificante y agradable.

Después de coger las bolsas y la sombrilla, pusieron rumbo a la arena para encontrar el mejor lugar dónde instalarse.

Los dos niños se avanzaron al paso de sus padres y de su hermana pequeña. Las ansias para poder zambullirse en el agua, les hacía correr e ignorar todas las instrucciones de sus padres. Ellos escogieron el lugar dónde se instalarían. Dejaron las bolsas que sus padres les habían obligado a llevar, se quitaron las camisetas y fueron corriendo al agua.

Con un grito su padre los detuvo.

—Sabéis que no podéis ir al agua sin poneros la crema solar.

—¡Pero mamá! —se quejaron al unísono.

—Eso o os quedáis sin tocar el agua hoy.

Mientras el padre instalaba la sombrilla, sonreía al recordar las mismas conversaciones que tenía él y sus hermanos cuando querían ir al agua y su madre no les dejaba por cualquier razón, que ahora sí que entendía.

—Además —añadió el padre—, primero tenéis que poner las cosas en su sitio.

Como era habitual en los niños, se quejaron por tener que hacer las cosas. Lo hicieron rápido y en cuanto terminaron fueron directos al agua.

—Parece que no puedan vivir sin la playa estos niños —suspiró la madre.

—Se parecen a mí…

Recordó el padre cuanto hacían sufrir a sus padres cuando los llevaban al agua. Después de comer no paraban de preguntar: «podemos bañarnos» y empezaba a pensar que sus padres les decían que si por dejar de oírlos por un momento. Y cuando, por las olas y el viento se desplazaban dentro del mar hacía otro lado de la playa y no hacían nada para volver. Así no los controlaban y podían hacerse jugarretas sin escuchar a sus padres que vigilaran.

Ahora que era padre y sufría por sus hijos, no le parecía tan gracioso todo lo que habían llegado a hacer y que sus padres no les dejaban. Pero eran niños y tenían que divertirse y lo mismo hacían sus hijos ahora.

—Espero que la niña, sea más buena cuando vengamos a la playa.

—De momento, el agua no le gusta mucho —se alivió su padre.

La pequeña de la familia estaba bajo la sombrilla con su madre jugando con la pala y el cubo de arena. De momento el agua no le llamaba la atención. Al contrario, se asustaba al ver que iba y venía.

El padre que ya hacía un buen rato que se había puesto la crema solar, decidió que era hora de darse un chapuzón. Se levantó de la toalla.

—¿Vas a vigilarlos?

Suspiró al oír la pregunta de su esposa. Desgraciadamente sí porque no se fiaba demasiado. Sufría para que no les pasara nada a sus hijos.

—Cuando venimos a la playa, te vuelves un padre muy sufridor.

—Es que me acuerdo de todo lo que hacíamos con mis hermanos y… no quiero que hagan lo mismo.

—Ya veo que tus padres sufrían mucho.

—Des de que soy padre, que veo que éramos unos terremotos nosotros.

Su mujer se echó a reír, pero su marido tenía razón. Des que eran padres, que su percepción de que estaba bien y que estaba mal había cambiado. Siempre que regañaban acababan diciendo las mismas palabras que sus padres les decían a ellos.

—¡Hola papá!

Sus hijos le saludaron salpicándolo de agua tanto como les fue posible.

—¡Pero qué os habéis pensado!

Se levantó y agarró a uno de sus hijos, se lo cargó a los hombros y corrió al agua para tirarlo. El otro les iba detrás para no perderse detalle.

La madre suspiró. Cuando quería el padre se volvió igual de pequeño que sus hijos. Era hora de vigilar al adulto también.

—Suerte que tú eres buena —le dijo a la pequeña.

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El renacer de la primavera

¡Qué agradable que era el cosquilleo de la hierba! Jamás había sentido esa sensación y me parecía estar en un lugar mágico.

Era una estampa tan bucólica con todas las flores del parterre florecidas con distintos colores llamativos que contrastaban con el verde del césped. Los árboles estaban llenos de hojas entre las cuales se colaba el radiante sol en el cielo azul acompañado por nubes blancas. Habría sido muchísimo mejor si la gente de mi alrededor, que pasaba la tarde también ahí tumbada, estuviera disfrutando del silencio y no charlando. Los niños correteaban de un lado para otro gritando o llorando u otros estaban tocando la guitarra. Para mi gusto, había demasiado ruido, pero aún así disfrutaba como un niño pequeño de esa experiencia jamás vivida.

Sentí el tacto de sus dedos deslizándose por mi interior para dar la vuelta a la página y seguir leyendo. Yo disfrutaba con sus manos y ella disfrutaba con mis palabras y páginas.

Un incomodo pitido captó la atención de mi lectora y me molesté mucho. En ese momento de lectura sólo tenía que existir yo y mi lector, nadie más. Se distrajo mirando en su móvil el mensaje que le había llegado y se entretuvo contestándolo con una sonrisa boba dibujada en su cara.

De haber podido me hubiera puesto a gritar para captar su atención, pero en realidad ya me parecía bien. Cuanto más tardara en leerme, más tardaría yo en volver a mi aburrido y monótono estante. Disfrutaba tanto del aire libre, la brisa que soplaba y me hacía girar las páginas sin yo quererlo, el sol bronceado mis blancas páginas… en resumen, esa sensación de libertad.

Hasta el momento, creía que mi vida era de lo más emocionante e interesante pasando de mano en mano como libro de biblioteca que era. Cuando me dejaban en mi estante muchas veces escuchaba comentar a los otros lo que echaban de menos salir al parque. Siempre pensaba que no había para tanto. Salir de la biblioteca ya era suficientemente emocionante. Y me sabía muy mal por esos libros que ya nadie quería y hacía años que no se movían de ahí. Pero ahora comprendía a la perfección la nostalgia que contaban algunos.

Si fuera un humano y tuviera manos, me hubiera agarrado a las briznas de hierba y no me hubiera movido de ahí. Para mí eso era el paraíso y no quería volver a mí aburrida biblioteca: apretujado en los estantes con libros sosos y deprimidos que sólo deseaban el final de su vida… ¡eso sí que era vida!

Mi lectora dejó el móvil y se volvió a centrar en mí y yo pude volver a disfrutar del tacto de sus dedos entre mis páginas. Cuánto me gustaba esa sensación.

A los dos se nos pasó el tiempo y no nos percatamos de que el sol había perdido la batalla contra las nubes que empezaban a ser amenazantes. Me asusté, tenía pánico al agua y lo último que deseaba era que lloviera. Me puse nervioso. Quería que me recogieran y me guardaran. En esos precisos momentos, quería estar en su bolso aunque fuera un lugar oscuro y solitario.

Una gota de agua fría cayó en mis delicadas páginas. Rápidamente el agua se expandió lo máximo que pudo para hacerme daño. Antes de poder reaccionar, otra gota de agua cayó en otro lado de la página y sentí como la preciada tinta quería cambiar de lugar e unirse al agua. El pánico se apoderó de mí y quería resguardarme de la lluvia. Otra gota me cayó encima y fue entonces cuando mi lectora se percató de que llovía.

Suspiré aliviado cuando me cerró y me metió dentro del bolso. Estaba oscuro y apretujado con otras cosas, pero ahí estaba mucho mejor. Aún así, quería repetir la experiencia del parque. La primavera era la mejor cosa que había vivido jamás y quería volver a sentir el cosquilleo de las briznas de hierba.

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La coronación de las rosas

Las prisas y los nervios habían hecho acto de presencia en los últimos retoques de la Fiesta de la Primavera. Estaba ya todo listo y en poco rato ya empezaría el espectáculo que todos ansiaban ver. Todo el jardín se había volcado en los preparativos para que todo saliera perfecto.

Era el día de la coronación de las rosas. Ese día todos presenciarían la apertura de las rosas, que des de su alto trono, en las cumbres del rosal, reinarían en el jardín durante los meses de buen tiempo.

—En las fronteras, todo está tranquilo. Ningún saboteador a la vista —informó un viejo arbusto a los claveles.

—Perfecto. Mantened las posiciones, entonces.

«Una cosa menos a preocuparse» pensaron los claveles. Ellos se habían encargado de poner orden a todas las plantas del jardín y quienes habían dispuesto los asientos para contemplar el acontecimiento. Todas las flores sabían dónde tenían que ir. En los límites del jardín se encontraban los arbustos, los guardianes del pequeño paraíso floral, y también sabían muy bien su posición y trabajo: tenían que velar por la seguridad de todas las flores habitantes.

Los tulipanes eran los encargados de la decoración y disposición de las cosas. Tan sólo estaban ultimando detalles insignificantes, pero querían que estuviera todo perfectamente puesto.

El resto de habitantes del jardín estaban en sus casas vistiéndose con sus mejores galas y perfumándose con los más finos olores. Quienes terminaban iban paseando tranquilamente hasta el recinto de las rosas. Allí en la entrada, había reunido un grupo de flores que no podían evitar cotillear.

—¿Sabéis que las margaritas aún no saben si vendrán? —comentó un lirio.

Algunas flores se sorprendieron, pero otras lo encontraron de lo más normal del mundo.

—¿Y os habéis enterado que los narcisos tienen el mejor asiento, otro año más? —comentó un geranio en voz baja.

—Empiezan a no caerme bien, des de que llegaron se creen los reyes —se enfadó una begonia.

—Alguien tendría que darles una lección…

El grupo de flores cortó la conversación al oír gritos. Cada flor tenía su orden para entrar y estaban buscando a los jazmines que eran los primeros. Sin ellos no podía entrar nadie más. Finalmente llegaron un poco despeinados. Se habían entretenido arreglándose.

Se colocaron bien los blancos pétalos, recobraron el aliento y con paso firme y altivo, entraron las primeras inundando todo el recinto con su suave y delicado perfume. Detrás de ellas, las elegantes violetas y lilas entraron, pero se sentaron bien lejos las unas de las otras. No se podían ver. No soportaban ver a alguien que les había copiado su color de pétalo, pero ese día siempre olvidaban sus rencillas. Las altas y majestuosas orquídeas vestidas con diferentes colores, las siguieron.

Las respetadas petunias, camelias y gardenias fueron las siguientes a entrar. Eran de las más grandes en el jardín y habían asistido ya a muchas coronaciones y a las más jóvenes les encantaba escuchar sus historias.

Las hortensias con sus voluptuosos vestidos de hojas verdes, les fueron detrás. Y así sucesivamente hasta que los últimos a entrar fueron los narcisos. Tenían que desfilar ante todos los habitantes del jardín para sentir que eran el centro de atención.

Los claveles y los tulipanes observaban toda la escena desde los alrededores: eran los organizadores y tenía que comprobar que todo salía a pedir de boca.

Todas las flores ocupaban sus sitios y en silencio y expectantes esperaban la apertura de las rosas para proclamarlas las reinas de la primavera.

De pronto, un rumor de voces inundó el lugar: las margaritas habían decidido venir y se habían convertido en el centro de los cotilleos.

—¡Mirad! —gritó un joven jazmín que era la primera vez que asistía.

Todas las flores centraron su atención en el rosal. Se quedaron boquiabiertas observando el espectáculo que ofrecían las rosas al abrirse por primera vez en la primavera.

Lentamente fueron despertando de su largo sueño invernal, mostrando a sus súbditas el color rojo intenso que lucían sus pétalos. En cuando se abrieron por completo, una cálida ovación y un fuerte aplauso las recibieron en una nueva primavera. Sonrieron al ver a todas las flores ante ellas, felicitándolas y coronándolas reinas con su simple presencia.

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Rincón de lectura

Media mañana de un domingo cualquiera de primavera. El sol radiante custodiaba el cielo manteniendo alejada cualquier mota blanca de nube que quisiera ensuciar el azulado lienzo. La brisa y la temperatura eran muy acogedoras. El frío invernal se retiraba para dejar paso al calor veraniego; estaba empezando a perder la lucha después de tres meses de riguroso invierno. Era un día que invitaba a estar en la calle disfrutando de ese agradable tiempo.

Como cualquier otro día, ese domingo también había cosas que hacer, pero podían esperarse al día siguiente o a cuando fuera. Ese día tenía la necesidad de gastarlo en un buen libro. Se había levantado con ganas de leer y después de hacer cuatro cosas por la mañana había terminado en su rincón de lectura sin darse cuenta. Ese grueso libro que ya se hacía de pesada lectura descansaba encima de la mesilla que acompañaba al sillón. Detrás una luz de pie que iluminaba las altas horas nocturnas de lectura.

Fuera en el jardín, bajo un precioso árbol en flor descansaba una mesa con sus respectivas sillas y después de todo un invierno abandonadas, reclamaban su atención. Un poco más allá, disfrutando del sol, se hallaba un banco que se sentía abandonado sin sus cojines que lo adornaban durante el verano. Querían volver a formar parte de su vida lectora y convertirse en parte de su rincón de lectura durante el buen tiempo. Los dos rincones se convertían en rivales a la hora de reclamar la presencia de su propietario.

La primavera tenía el inconveniente de que un día hacía muy buen tiempo e incluso calor, y al otro llovía y lo amargaba todo con la humedad. Así que no se podía desperdiciar dentro de casa un día como ese. Cogió el grueso libro con ganas de terminarlo, se despidió del rincón de lectura con el que tantos buenos y malos momentos habían pasado durante el invierno y salió al jardín para saludar al nuevo rincón en el que pasaría muchos días mientras hiciera buen tiempo.

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