La nostalgia del ayer

Salieron de la oficina para ir a desayunar a la cafetería de al lado como ya venía siendo costumbre. Era la hora en que todos salían y la cafetería estaba llena. El camarero de detrás de la barra iba y venía con tazas de café y platos con bocadillos o bollería.

—Lo de siempre —le indicaron los recién llegados después de saludarse.

Hacía tanto tiempo que eran habituales del local que ya no hacía falta especificar más: dos cafés con leche con un bocadillo de jamón y un croissant. Normalmente eran tres a desayunar, pero el tercero tenía trabajo que terminar antes del desayuno.

Se fueron a sentar en una mesa pequeña y mientras esperaban que les sirvieran comentaron el resultado del último informe, que hacía pocos minutos que se lo habían presentado.

Al cabo de poco rato, entraron tres estudiantes dispuestos a ocupar una mesa con ordenadores, carpetas y apuntes. Se sentaron un par de mesas más allá y la mujer se los quedó mirando mientras su compañero iba hablando de lo que le parecía el informe.

—¿Qué estás mirando? —y se giró para comprobar que la tenía tan aficionada—. Un poco jóvenes para ti, ¿no crees?

—¡Que tampoco soy tan mayor! —se indignó.

En ese momento, el camarero les trajo el desayuno y se entretuvo unos pocos minutos charlando con ellos y tomándose un breve descanso.

—Hoy no estáis todos —observó.

—Luego ya vendrá, que tenía trabajo.

Se fue que tenía trabajo. Muchos más clientes esperaban su desayuno o que les cobrara para poder volver a sus oficinas y seguir rellenando papeles e informes.

—Entonces, ¿por qué te los mirabas tanto? —exigió saber su compañero con mucha curiosidad.

—¿No te gustaría volver a la universidad?

El hombre se quedó sin palabras. No se había planteado volver atrás y empezar una carrera. Aquello quedó en el pasado.

—No, en absoluto.

—Eran buenos tiempos.

—Eso no te lo negaré, pero volver a ponerse a estudiar, eso sí que no.

La puerta de la cafetería se abrió y entró otro trabajador más buscando a sus compañeros para desayunar juntos. Los encontró charlando y comiendo en una pequeña mesa.

—¿Ya has terminado?

—Si, por el momento sí.

El recién llegado indicó al camarero que le trajera lo de siempre y se enfrascó en la conversación que tenían sus compañeros de trabajo.

—¿De qué hablabais?

—Aquí nuestra joven compañera, que echa de menos la universidad.

—Se lo regalo —dijo sin pensárselo.

—Oh venga —se indignó— fiestas universitarias, mañanas perdidas en el bar de la facultad… —no podéis echar de menos esto.

—Eso no te lo discutiré, pero eso —señaló con la cabeza al grupo de estudiantes— trabajos a última hora, exámenes, estrés… ya tengo mi trabajo que al menos disfruto más y gano dinero.

—Con eso tienes razón.

—Pero… —los dos hombres vieron que en esa frase le faltaba un “pero”.

—No sé, es distinto. La verdad que en el fondo me gustaba la época de exámenes, me sentía útil durante dos meses del curso.

Los dos hombres le miraron mal y se echaron a reír.

—Acabo de quedar como la rara del grupo —afirmó ella.

Los dos hombres estuvieron totalmente de acuerdo con ella y como nueva posición de rara en el grupo, pactaron que le tocaba a ella pagar el desayuno.

Suspiró. No había más remedio. Pero no retiraba lo que había dicho: si pudiera regresaría a la universidad para volver a vivir la experiencia.

 

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Pequeños caprichos

Pisó el embrague, puso la marcha primera y avanzó unos escasos metros. Pisó el freno y se quedó parada. Así llevaba largo rato en mitad de ese atasco en la ciudad: se paraba cuándo las luces rojas de freno se encendían en el coche de enfrente y arrancaba en cuanto se apagaban.

Tan sólo estaba a mitad de semana, pero ya estaba completamente agotada y lo único que quería era salir de ese atasco y poder llegar a casa. Una vez en la autopista, media hora y estaría en casa, pero el problema es que no sabía por cuánto tiempo tenía de atasco: 5 minutos, 20 minutos, media hora… El enigma de los atascos, nunca nadie sabe cuánto duran. Y con el agotamiento que llevaba, ya sólo le faltaba esto. En los últimos días había tenido que hacer un proyecto a contrarreloj y hoy había sido el día de la presentación, que después de tantos nervios, prisas y estrés, había ido muy bien y a los clientes les parecía perfecto. Así que ya sólo le faltaba una cosa: llegar a casa, quitarse esa ropa de oficinista y ponerse algo más cómodo como un chándal o puestos a pedir el pijama. Pero no sin antes pasar por la bañera. No pedía nada más: un rato de relax en la bañera para salir como nueva y acabar de afrontar lo que quedaba de semana laborable.

Nunca había sido de tener caprichos, pero ese día sí que tenía uno. Volvió a avanzar, esta vez unos pocos metros más para detenerse de nuevo. Le dolían los pies y las piernas, quería quitarse los zapatos, las medias y la ropa para meterse entre burbujas, espuma y agua y relajarse como nunca. Para hacer la velada más perfecte, sólo le faltaba el chico que la esperase en casa con la cena hecha, pero por el momento su vida estaba alejada de las parejas. Se echó a reír. Miró a su alrededor y se fijó que el conductor del coche de al lado se la había quedado mirando mientras reía. No le importó. A pesar de todo estaba feliz.

Mientras esperaba poder volver a arrancar, se imaginó que se encontraba ya en el baño ocupado por vapor de agua y aromatizado con el perfume de las sales de baño. La bañera llena con tanta espuma que acabarías perdiéndote. El teléfono desconectado y el móvil apagado y bien lejos. Tenía claro que en ese momento no existiría para nadie más que para ella y su mayor preocupación sería no quedarse dormida. Sólo quería salir de ese maldito atasco y llegar a casa para satisfacer ese pequeño capricho. Después ya pensaría en la cena y otras cuestiones que le quedaban del día, pero primero era salir de ahí. Suspiró. No había manera de avanzar y los minutos iban pasando. Regresó con sus pensamientos a la bañera, al menos pasaba mejor el atasco.

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Cena de etiqueta

—Estoy harta de tanta llamada —se quejó mi compañera de trabajo después de colgar el teléfono.

—Ya me gustaría cambiarte el trabajo hoy —suspiré profundamente.

Estaba más que harta de redactar informes y más informes durante toda la mañana. Sólo me había movido de enfrente de mi ordenador para desayunar y no paraba de mirar el reloj del ordenador en la esquina inferior esperando que fuera la hora del almuerzo.

Sonó mi móvil indicando que me habían mandado un mensaje. Normalmente en el trabajo no le echaba un vistazo, pero era la excusa perfecta para levantarme y desconectar un momento de tanta pantalla de ordenador.

—¿Quién es? —preguntó mi amiga antes de que pudiera consultar el teléfono.

Me apoyé en el borde de la mesa y empecé a leer los mensajes.

—Es de Mark, pero es extraño —hablé releyéndome el par de mensajes que me había mandado. Mi amiga habló, pero no le presté atención estaba pensando que contestarle— Mañana a las ocho de la tarda me quiere vestida de etiqueta en el portal que vendrá a recogerme —acabé hablando después de contestarle con un simple de acuerdo.

—¿Y eso? ¿Un cita? Ha tardado una semana en dar señales de vida, pero por fin te pide una cita. Aunque tú también fuiste tonta ese día —mi amiga ya se montaba la película ella sola y yo sólo me limitaba a escucharla—. Ahora te guardas el número con su nombre y un par de corazoncitos al lado y a ver si así no lo pierdes. Porque mira que eres torpe.

—No me hables de ello que llevo días martirizándome… —me dejé caer en la silla.

—¿A quién se le ocurre borrar el número en vez de guardarlo?

—¿No tienes que hacer todas esas llamadas antes del almuerzo? —le desvié la conversación—. Además, yo quiero terminar estos informes ya.

 

Puntual como un reloj llegaba al portal de mi bloque de pisos dónde Mark, vestido de traje negro, me esperaba para la misteriosa cita. Nos saludamos con un par de besos en la mejilla y nos quedamos ahí de pie mirándonos.

—Estás muy guapa y el color rojo te queda muy bien —me halagó rompiendo el silencio—. Perfecta para nuestra velada.

No tenía ni idea de dónde quería llevarme así que había decidido ponerme un vestido rojo de falda corta y unos tacones negros mucho más cómodos que los de la última vez. Me había pedido que fuera de etiqueta, pero desconocía que se traía entre manos.

Me cogió la mano y caminamos hacia la calle para pedir un taxi. Como todo un caballero me abrió la puerta y me dejó subir. Indicó al taxista la dirección a la que íbamos y el nombre de esa calle me sonaba. Empecé a pensar porque razón me sonaba tanto el nombre de esa calle y con que la asociaba, hasta que una pregunta de Mark me sacó de mis pensamientos. Me había preguntado sobre el trabajo. Le contesté y el resto de trayecto me estuvo preguntando acerca de más cosas de mi aburrido trabajo.

Al llegar al lugar donde íbamos, recordé porque me sonaba tanto la dirección. En años anteriores había ido muchas veces a ese lugar acompañando a mis padres en una cena anual y hoy era esa cena.

Bajé molesta del taxi, después de que Mark me abriera la puerta. Empecé a subir la pequeña escalinata que nos separaba de la puerta principal y Mark a mi espalda se quedó vacilando en el primer escalón. Se había percatado de mi cambió de humor. Sabía muy bien que odiaba esas fiestas para ricos hombres que se aburrían en su monótona vida y me había llevado a una en nuestra primera cita. Yo me esperaba una cena romántica en algún restaurante u otra cosa, menos eso.

—Laura —me llamó en cuanto entramos después de enseñar la invitación—. ¿Qué te pasa?

—¿Porque me has traído aquí? Sabes que odio estas fiestas, al igual que tú.

—Sé que no te gustan estas fiestas, pero no pensé que te pudieras poner así —se disculpaba—. Además, no quería estar aquí sólo y prefería estar contigo.

—Hazme un favor…

—¡Laura! —escuché mi nombre a mi espalda y no pude terminar la frase.

Suspiré profundamente y cambié mi expresión de enfado por una sonrisa fingida y me giré para saludar a mis padres. Les di un par de besos y me vi obligada a presentarles a Mark.

—Somos amigos y me ha pedido si lo podía acompañar para no aburrirse.

—¿Amigos? —cotilleó mi madre.

Tragué saliva porque no quería contestar al interrogatorio que venía a continuación, pero como un salvador anónimo apareció un amigo de mi padre y, por suerte, se desvió la conversación.

—Si nos disculpáis… —y nosotros dos nos fuimos hacia el salón donde estaba todo listo para la cena de etiqueta de esa noche.

—Olvidé que tus padres frecuentan estas fiestas —Mark quería disculparse.

—Sí y es por eso que estoy molesta… le próxima vez me avisas antes.

Suspiré aliviada porque por esa noche se había acabado dar explicaciones a mis padres.

—Cenamos y luego nos vamos a dónde tú quieras, ¿sí?

—Me parece perfecto.

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Aventura en Zapatillas

Ocho de la mañana. El despertador estaba harto de sonar y ella de oírlo. Levantó la mano con pereza y la dejó caer encima del aparato sonoro para apagarlo. Volvió a cerrar los ojos. Su mente le obligaba a levantarse, pero su cuerpo no reaccionaba. Alargó el despertar cinco minutos más que se convirtieron en treinta. Finalmente se levantó. Suerte que aún tenía tiempo para ir al trabajo.

Esta era su rutina: poner el despertador media hora antes de lo normal, para que si así se dormía no fuera tarde al trabajo. Preveía ya ese pequeño contratiempo.

Al levantarse, lo primero que hizo fue abrir el armario y rebuscar entre las prendas de ropa perfectas a ponerse. Unos tejanos grises ajustados fueron los escogidos. La elección del jersey fue más complicada: la verde claro le gustaba mucho y tenía ganas de ponérsela, la granate también era muy bonita al igual que la azul. Finalmente se decantó por la naranja que destacaba con el gris oscuro de los pantalones.

Su siguiente paso fue mirarse al espejo y comprobar cómo tenía su alborotado y rizado pelo. Para arreglarlo necesitaría una ducha, pero un moño mal hecho con un mechón del flequillo suelto también solucionaría el peinado.

Tenía ya el conjunto escogido para ir a trabajar ese día y se fue a desayunar. Luego ya se arreglaría. Se tomó su rutinario café con leche y unas tostadas.

Se encontraba ya enfundada en sus pantalones, con el jersey puesto y su moño hecho. Solo le faltaba completar su aspecto con unos complementos: un anillo, un brazalete fino, un collar a conjunto con el modelo escogido y finalmente un pañuelo voluminoso envuelto en el cuello.

Antes de salir de casa se miró al espejo una última vez y se dio el visto bueno. Fue a buscar el coche en el garaje y se puso en marcha hacia la oficina. Como un día más aparcó en su plaza habitual, saludó al hombre que trabajaba y salió en dirección a la oficina. Saludó al recepcionista y a la gente que encontró en el ascensor.

Sus compañeros ya estaban en el oficina y el jefe salía del despacho en ese preciso instante.

—¡Bonitos zapatos! —le dijo cuando se cruzaron.

—¡Oh, muchas gracias! —se sintió halagada.

Dejó el bolso encima de su escritorio y se miró los pies para ver que tenían de especial sus zapatos. Se ruborizó en cuanto vió que sus pies no calzaban unos zapatos acordes con el trabajo.

—Tus mejillas empiezan a estar acordes con tus zapatillas —le comentó entre risas su compañera de oficina.

—¡Calla! He hecho el ridículo ante media oficina y nadie ha podido decirme nada.

Había salido de casa impoluta, pero con el pequeño descuido de no percatarse de que no se había calzado los zapatos y aún iba con las zapatillas naranjas, a conjunto con su jersey. Se sentía avergonzada porque media oficina la había visto haciendo el ridículo y la otra mitad ya se habría enterado por los comentarios.

—Pues hoy viene el director general.

—No me lo recuerdes —le espetó dejándose caer en la silla de despacho—. ¿Y qué hago yo ahora? —escondió la cara entre sus manos.

Su cabeza trabajaba a mil por hora buscando la mejor solución al problema. No podía presentarse así ante el director general, pero tampoco tenía tiempo de ir a casa a cambiarse. Podía salir a comprarse unos zapatos de emergencia, pero con zapatillas no volvía a pasearse por la oficina y tampoco por la calle.

—Toma.

Su compañera le dejó la solución en el suelo. Cuando vió un par de tacones negros que descansaban al lado de sus pies se le iluminó la cara.

—¡Muchas gracias! —le agradeció profundamente— ¿Pero que haces con ellos aquí?

—Al salir del trabajo tengo una cena y para no cansarme todo el día con los tacones me los he llevado para luego ponérmelos.

—¡Eres la mejor! —volvió a agradecerle.

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Nueve menos cinco

De un gracioso saltito subió al autobús, haciéndose un hueco entre toda la gente apretujada. Le evadió un golpe de calor, pero intentó controlarse aquella sensación espontánea de claustrofobia. No la padecía, pero casi. De todos modos tenía unos veinte minutos hasta poder bajar.

Al fin pudo respirar aire fresco —todo lo que el final del verano le permitía, claro—. Respiró profundamente y se armó de valor para caminar hasta al pie de las escaleras, las cuales llevaban a la puerta principal del edificio. Pero apenas pudo dar dos pasos seguidos: se le cruzó una bicicleta de forma violenta.

—¿No tienes ojos? —le espetó el ciclista mirándosela por encima del hombro.

—¡Vete a la mierda, imbécil! —le respondió precipitadamente dados los pinchazos de dolor.

Se llevó la mano al empeine, se quitó el zapato y empezó a masajeárselo. Se quejó en voz baja mientras se balanceaba para intentar calmar la sensación: musitaba más por el hecho de haber caído que por haberse llevado un buen golpe al costado.

—Espere, le ayudo —se le aproximó una figura al ver que intentaba levantarse.

Le miró a los ojos: un hombre trajeado de mediana edad, piel blanca aunque morena, ojos intensamente marrones y pelo corto y revuelto, con alguna que otra cana. Paró atención en los labios, cómo articulaban las palabras entre el agraciado bigote y la perilla que le daba el toque atractivo. Dejó de sentir dolor al instante; dejó incluso de respirar para ver si conseguía escucharle mejor.

—¿Se encuentra bien? —le repitió él al ver que no le respondía.

—Oh, no es nada —volvió en sí forzando una sonrisa natural—, no se moleste.

El hombre la ayudó a ponerse en pie y le recogió el bolso. Del interior había caído un folleto informativo. Lo leyó:

—¿Pembroke Hall Business Centre? —la miró frunciendo levemente el ceño—. ¿Va a entrar ahí? —señaló con la cabeza el edificio de ladrillo anaranjado y de portal blanco georgiano.

—Eso espero —comprobaba ella poder apoyar el pie en el suelo. Pero, al notar que el hombre trajeado había cambiado el tono de voz y que permanecía mirándosela con desenfadada seriedad, quiso explicarle—: es mi primer día de trabajo.

Él dio media vuelta y subió aquellas escaleras de cemento que había pretendido subir desde el principio. La muchacha pensó que fuera una casualidad que ambos trabajaran allí. Pero su sorpresa fue cuando aquel sugerente trasero le espetó algo no muy cordial:

—Quiero el café a las nueve menos cinco en la mesa de mi despacho.

—¿Perdone?

Un suspiro y se giró por última vez sin dejar de sujetar la puerta entreabierta ya.

—No llegues tarde.

Y desapareció tras dejar que el edificio se cerrara solo. Había dejado a la muchacha totalmente descolocada. No obstante, decidió aparcar el anecdótico y peculiar encuentro; subió como pudo las escaleras y una vez dentro pasó a la recepción. Había una mujer mayor, con el pelo recogido y las gafas de varilla dorada y fina. Ésta se miró a la joven por encima de las lentes y al reconocerla sonrió. Se levantó para dar la vuelta a la mesa de mármol negro y fue directa a darle dos besos.

—¡Kathleen, bienvenida! —la abrazó.

—Por lo visto usted es la única que se alegra de verme por aquí.

—¿Qué ha pasado?

—Una bicicleta me ha atropellado y luego un estirado arrogante parecía que me ayudaba, pero cuando le he dicho que hoy era mi primer día aquí se le han cruzado los cables y me ha dicho que quería el café en su despacho. Se ha marchado dándome la espalda sin más, el muy cretino —se detuvo al ver que la señora permanecía en un incómodo silencio. Kathleen le preguntaba con la mirada, pues la inmediata sonrisa maternal que le dedicó la adorable mujer hizo que no entendiese nada—. ¿Qué?

—Ese cretino, corazón, es tu nuevo jefe —provocó que la joven empezara a balbucear sin emitir monosílabo inteligible alguno—. Así que corre a dejarle el pedido sobre su mesa, si no quieres que todo el departamento sufra por un mísero café.

—Pero, ¿dónde está? —corría erróneamente la muchacha hacia el ascensor—. La cafetera, su despacho, ¡todo!

—Su cafetería predilecta está saliendo del edificio a la derecha —le indicó con el dedo y casi sin inmutarse una vez hubo vuelto tras el mostrador—; su despacho en la segunda planta.

—¿Y qué le traigo?

—Cappuccino, con tres terrones de azúcar cristal bien grandes. Te queda poco tiempo, corazón.

—Sí, sí, sí, voy —rectificaba el rumbo Kathleen a toda prisa. Intentó olvidarse del dolor y salió disparada a por el café. Al volver, la dificultad se le había duplicado: a las punzantes molestias del pie se le sumaba el tener que procurar no derramar ni una gota del pedido con su tradicional pulso de pandereta—. ¿Cuánto me queda?

—Treinta segundos… —miró la recepcionista la hora en su muñeca mientras la joven volaba hacia el ascensor de nuevo.

El mecanismo bajó lento, se adentró en él, apretó el número dos, subió, oyó el timbre que le anunciaba la llegada y se escurrió espitada cuando apenas se separaban las compuertas. Tanteó con la vista dónde podía ubicarse el despacho que buscaba. Y entonces lo vio: su nuevo jefe se dirigía a su escritorio y estaba a punto de encerrarse.

—No… —emprendió el que fue su último sprint—. ¡Espere, su…! —alargó el brazo, empotrando la palma de la mano contra el trozo de madera barnizada— ¡…café!

El hombre se giró sorprendido, pues pensaba que por impulso la puerta ya cerraría sola. Pero allí estaba la chica nueva, desmelenada aunque junto con el pedido. Se recompuso de aquella brusca intrusión. Miró el reloj.

—Debería estar en mi mesa ya —se sentó en su gran butaca negra y acolchada.

—Lo siento, no he podido correr más —le entregó el café con cuidado. Seguidamente quiso proceder con las excusas para hacer alusión al accidente con el ciclista, pero aquellos irises, clavados fugazmente en ella y de forma intensa, le decían que era mejor que guardara silencio.

El hombre trajeado tomó el vaso a la vez que abría en abanico unos papeles. Pero se detuvo, pues el nuevo fichaje le estaba resultando un poco demasiado descarado para el puesto que había solicitado. Intentó ignorar su presencia dando un primer sorbo.

—¿Sigues aquí? —le señaló la salida sin quitar los ojos de los impresos—. No se te permite estar aquí a no ser que me traigas el café.

—Se lo he traído…

—Sí, lo has hecho —resopló después de contemplar cómo aún seguía a su lado—. Por favor, vete.

Kathleen frunció el ceño y salió del despacho un poco decepcionada por el malhumor de su jefe. Una vez fuera, cerrando la puerta a su espalda, miró a su alrededor. Dos despachos: uno ocupado y el otro libre. No parecía que el vacío fuera suyo, pero así se lo indicó su nueva compañera de trabajo una vez se hubo ubicado en su zona de trabajo.

—No se lo tengas en cuenta.

—¿Mal día?

—Mal humor.

—Ah, o sea que es permanente —murmuró irónicamente—, pues qué bien…

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