El renacer de la primavera

¡Qué agradable que era el cosquilleo de la hierba! Jamás había sentido esa sensación y me parecía estar en un lugar mágico.

Era una estampa tan bucólica con todas las flores del parterre florecidas con distintos colores llamativos que contrastaban con el verde del césped. Los árboles estaban llenos de hojas entre las cuales se colaba el radiante sol en el cielo azul acompañado por nubes blancas. Habría sido muchísimo mejor si la gente de mi alrededor, que pasaba la tarde también ahí tumbada, estuviera disfrutando del silencio y no charlando. Los niños correteaban de un lado para otro gritando o llorando u otros estaban tocando la guitarra. Para mi gusto, había demasiado ruido, pero aún así disfrutaba como un niño pequeño de esa experiencia jamás vivida.

Sentí el tacto de sus dedos deslizándose por mi interior para dar la vuelta a la página y seguir leyendo. Yo disfrutaba con sus manos y ella disfrutaba con mis palabras y páginas.

Un incomodo pitido captó la atención de mi lectora y me molesté mucho. En ese momento de lectura sólo tenía que existir yo y mi lector, nadie más. Se distrajo mirando en su móvil el mensaje que le había llegado y se entretuvo contestándolo con una sonrisa boba dibujada en su cara.

De haber podido me hubiera puesto a gritar para captar su atención, pero en realidad ya me parecía bien. Cuanto más tardara en leerme, más tardaría yo en volver a mi aburrido y monótono estante. Disfrutaba tanto del aire libre, la brisa que soplaba y me hacía girar las páginas sin yo quererlo, el sol bronceado mis blancas páginas… en resumen, esa sensación de libertad.

Hasta el momento, creía que mi vida era de lo más emocionante e interesante pasando de mano en mano como libro de biblioteca que era. Cuando me dejaban en mi estante muchas veces escuchaba comentar a los otros lo que echaban de menos salir al parque. Siempre pensaba que no había para tanto. Salir de la biblioteca ya era suficientemente emocionante. Y me sabía muy mal por esos libros que ya nadie quería y hacía años que no se movían de ahí. Pero ahora comprendía a la perfección la nostalgia que contaban algunos.

Si fuera un humano y tuviera manos, me hubiera agarrado a las briznas de hierba y no me hubiera movido de ahí. Para mí eso era el paraíso y no quería volver a mí aburrida biblioteca: apretujado en los estantes con libros sosos y deprimidos que sólo deseaban el final de su vida… ¡eso sí que era vida!

Mi lectora dejó el móvil y se volvió a centrar en mí y yo pude volver a disfrutar del tacto de sus dedos entre mis páginas. Cuánto me gustaba esa sensación.

A los dos se nos pasó el tiempo y no nos percatamos de que el sol había perdido la batalla contra las nubes que empezaban a ser amenazantes. Me asusté, tenía pánico al agua y lo último que deseaba era que lloviera. Me puse nervioso. Quería que me recogieran y me guardaran. En esos precisos momentos, quería estar en su bolso aunque fuera un lugar oscuro y solitario.

Una gota de agua fría cayó en mis delicadas páginas. Rápidamente el agua se expandió lo máximo que pudo para hacerme daño. Antes de poder reaccionar, otra gota de agua cayó en otro lado de la página y sentí como la preciada tinta quería cambiar de lugar e unirse al agua. El pánico se apoderó de mí y quería resguardarme de la lluvia. Otra gota me cayó encima y fue entonces cuando mi lectora se percató de que llovía.

Suspiré aliviado cuando me cerró y me metió dentro del bolso. Estaba oscuro y apretujado con otras cosas, pero ahí estaba mucho mejor. Aún así, quería repetir la experiencia del parque. La primavera era la mejor cosa que había vivido jamás y quería volver a sentir el cosquilleo de las briznas de hierba.

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La coronación de las rosas

Las prisas y los nervios habían hecho acto de presencia en los últimos retoques de la Fiesta de la Primavera. Estaba ya todo listo y en poco rato ya empezaría el espectáculo que todos ansiaban ver. Todo el jardín se había volcado en los preparativos para que todo saliera perfecto.

Era el día de la coronación de las rosas. Ese día todos presenciarían la apertura de las rosas, que des de su alto trono, en las cumbres del rosal, reinarían en el jardín durante los meses de buen tiempo.

—En las fronteras, todo está tranquilo. Ningún saboteador a la vista —informó un viejo arbusto a los claveles.

—Perfecto. Mantened las posiciones, entonces.

«Una cosa menos a preocuparse» pensaron los claveles. Ellos se habían encargado de poner orden a todas las plantas del jardín y quienes habían dispuesto los asientos para contemplar el acontecimiento. Todas las flores sabían dónde tenían que ir. En los límites del jardín se encontraban los arbustos, los guardianes del pequeño paraíso floral, y también sabían muy bien su posición y trabajo: tenían que velar por la seguridad de todas las flores habitantes.

Los tulipanes eran los encargados de la decoración y disposición de las cosas. Tan sólo estaban ultimando detalles insignificantes, pero querían que estuviera todo perfectamente puesto.

El resto de habitantes del jardín estaban en sus casas vistiéndose con sus mejores galas y perfumándose con los más finos olores. Quienes terminaban iban paseando tranquilamente hasta el recinto de las rosas. Allí en la entrada, había reunido un grupo de flores que no podían evitar cotillear.

—¿Sabéis que las margaritas aún no saben si vendrán? —comentó un lirio.

Algunas flores se sorprendieron, pero otras lo encontraron de lo más normal del mundo.

—¿Y os habéis enterado que los narcisos tienen el mejor asiento, otro año más? —comentó un geranio en voz baja.

—Empiezan a no caerme bien, des de que llegaron se creen los reyes —se enfadó una begonia.

—Alguien tendría que darles una lección…

El grupo de flores cortó la conversación al oír gritos. Cada flor tenía su orden para entrar y estaban buscando a los jazmines que eran los primeros. Sin ellos no podía entrar nadie más. Finalmente llegaron un poco despeinados. Se habían entretenido arreglándose.

Se colocaron bien los blancos pétalos, recobraron el aliento y con paso firme y altivo, entraron las primeras inundando todo el recinto con su suave y delicado perfume. Detrás de ellas, las elegantes violetas y lilas entraron, pero se sentaron bien lejos las unas de las otras. No se podían ver. No soportaban ver a alguien que les había copiado su color de pétalo, pero ese día siempre olvidaban sus rencillas. Las altas y majestuosas orquídeas vestidas con diferentes colores, las siguieron.

Las respetadas petunias, camelias y gardenias fueron las siguientes a entrar. Eran de las más grandes en el jardín y habían asistido ya a muchas coronaciones y a las más jóvenes les encantaba escuchar sus historias.

Las hortensias con sus voluptuosos vestidos de hojas verdes, les fueron detrás. Y así sucesivamente hasta que los últimos a entrar fueron los narcisos. Tenían que desfilar ante todos los habitantes del jardín para sentir que eran el centro de atención.

Los claveles y los tulipanes observaban toda la escena desde los alrededores: eran los organizadores y tenía que comprobar que todo salía a pedir de boca.

Todas las flores ocupaban sus sitios y en silencio y expectantes esperaban la apertura de las rosas para proclamarlas las reinas de la primavera.

De pronto, un rumor de voces inundó el lugar: las margaritas habían decidido venir y se habían convertido en el centro de los cotilleos.

—¡Mirad! —gritó un joven jazmín que era la primera vez que asistía.

Todas las flores centraron su atención en el rosal. Se quedaron boquiabiertas observando el espectáculo que ofrecían las rosas al abrirse por primera vez en la primavera.

Lentamente fueron despertando de su largo sueño invernal, mostrando a sus súbditas el color rojo intenso que lucían sus pétalos. En cuando se abrieron por completo, una cálida ovación y un fuerte aplauso las recibieron en una nueva primavera. Sonrieron al ver a todas las flores ante ellas, felicitándolas y coronándolas reinas con su simple presencia.

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Imaginación sobre railes

Corría como si le fuera la vida por ello. Esquivó un grupo de adolescentes que bromeaban entre ellos, un ejecutivo hablando por teléfono y una pareja de ancianos. Con un pequeño salto, entró dentro del vagón justo en el momento en el que se anunciaba con ese molesto pitido que se cerraban las puertas del tren. Detrás de ella, aún entró otro hombre.

—Por los pelos ¿eh? —le comentó entre jadeos.

Aún no tenía aliento para hablar. Le sonrió y asintió dándole la razón.

Echó un vistazo rápido al vagón en busca de un sitio. A esas horas, el tren iba vacio y podía escoger el lugar que quisiera. Eligió un asiento al lado de la ventada para así evadirse de la realidad y de la gente desconocida que la rodeaba mientras veía pasar el paisaje por el que transcurría el tren.

Se sentó y empezó a respirar tranquilamente para acabar de recobrar el aliento. Dejó el bolso entre sus piernas y se quitó la fina chaqueta quedando en manga corta. Con la carrera, se había acalorado y le sobraba toda la ropa de abrigo.

Se acomodó bien apoyando su hombro y después la cabeza en la pared para mirar por el cristal. Suspiró. Llevaba todo el día que no había parado ni un segundo: se había dormido y había tenido que empezar el día corriendo si quería que todo le saliera. Había comido a toda prisa y aún así había estado a punto de perder el tren, pero como le había dicho el hombre: “por los pelos”. Aún tenía cosas por hacer y podía aprovechar el trayecto del tren, pero prefería aprovechar la hora de trayecto en tren para descansar de tanto estrés de la mañana. Le esperaba una tarde ocupada y mejor empezarla bien.

Miró por la ventana viendo como el tren dejaba ya la estación atrás y las casas del pueblo que estaban cerca de la vía cada vez se quedaban más pequeñas en el horizonte. La montaña que custodiaba el pueblo estaba rodeada por amenazantes nubarrones negros. A la vuelta seguro que encontraría las calles mojadas, o aún estaría lloviendo y ella sin paraguas.

Pronto dejó de ver la montaña. Unos árboles en primer plano, seguidos de otros, empezaron a taparle la visión de la montaña. Ante sus ojos, ahora sólo había árboles: el recorrido de las vías cruzaba por un bosque de pinos entre los cuales se dibujaba un camino que se perdía entre la irregularidad de los árboles.

Se imaginó corriendo por ese camino saltando troncos de viejos árboles caídos como una guerra amazona persiguiendo una presa y ataviada con esos preciosos vestidos de época griega que lucían las actrices en las películas. Con su arco y sus flechas tenía que dar caza a su comida. El paisaje se tornó negro de repente; el tren estaba pasando por un túnel. Al otro lado seguía el bosque, pero esta vez, se imaginó que galopaba montada en un elegante corcel negro para atrapar a un asesino de reyes blandiendo en su mano derecha una pesada espada.

El bosque llegó a su fin y lo seguía una serie de campos cultivados de trigo. Siempre había querido pasear por un campo de trigo y hacer como en las películas o anuncios así que se imaginó a ella paseando y notando cada espiga entre sus dedos, dando vueltas sobre sí misma y notando el calor del sol en su cara mientras el viento mecía su cabello. El inicio de otro pueblo le hizo apartar la mente de esa estampa bucólica, pero no dejó de seguir en su mundo de imaginación. Ahora corría por las calles escapando de los coches policiales y saltando todos los coches y obstáculos que se interpusieran en su camino.

El tren se detuvo en la estación para recoger a más viajeros. Pensó en cuántas historias tristes y alegres habían vivido las andanas de las estaciones: miles de reencuentros y de separaciones se habían escrito entre las andanas y los trenes. El tren retomó el trayecto hasta la siguiente estación. Los parpados cada vez le pasaban más y aunque quería seguir imaginándose otras vidas que transcurrían paralelamente al viaje en tren. Miró el reloj. Le quedaba media hora para el final de su trayecto. Tenía tiempo para cerrar un rato los ojos y descansar. Mientras veía como la estación se alejaba dejó que los ojos se le cerraran y se rindió al sueño.

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Helaku

Aún con los ojos cerrados podía respirar el aire fresco de aquellas flores tan frágiles y simples, pero tan bellas a la vez. Se encontraba sumergido en ellas. Parecía mentira, pues no medían más de cinco centímetros de alto y le engullían el cuerpo tendido boca arriba, encarado al cielo. De rostro relajado, haciendo sonreír aquellos finos labios.

Lentamente fue extendiendo la mano como tocando las nubes, abriendo los párpados para fulminar el azul celeste con su seductora mirada y dejando los dientes que desdibujasen aquella ligera y plácida sonrisa atrás. El aire soplaba y avivaba su escaso flequillo color carbón, paseándoselo a modo de vaivén sobre la frente blanca. Y con dicho movimiento que le provocaba escalofríos en la piel, parecía que iba alejándose cada vez más: la imagen del chico se apocaba ante la inmensidad creciente del cielo.

El muchacho terminó por desistir y dejó muerta su mano, rebotando sobre la hierba. Todo se paró: nubes, aire, tiempo… Luz. La pradera de margaritas permanecía en la horizontal. Tan sólo existían él y las flores. El tacto; el aroma. Estímulos sensitivos que se traducían en recuerdos que afloraban desde el subconsciente para olvidar el día gris.

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Tierra Madre: Preludio

Libertad.

Bonanza, calma, quietud, reposo, sosiego, tranquilidad. Paz y silencio. Naturaleza en su más absoluto estado. Su esencia; mi esencia. Dejarse engullir por un mar dorado que acaricie tu piel en el que, a base de tacto repetitivo e hipnótico, uno puede encontrarse. Aunque encontrarse a veces signifique perderse.

Me adentro en la vegetación con el vaivén del latir de la sangre. Bailo despreocupada. No existe el tiempo ni el desazón. Respiro pausadamente la inocencia tórrida por los rayos de sol y éstos parecen teñir el paisaje de tonos cálidos, tanto en color como en espíritu. El pelo se me enreda, tanteo con las yemas de los dedos mis propias facciones; las uñas mueren en el relieve de los incisivos, resbalando sobre los labios al son de un coqueteo que no es más que para mí.

El halcón de media tarde sobrevuela la sombra que se extiende de mí. Me saluda al planear trazando formas abstractas en el cielo despejado, celeste e intenso. Esbozo una sonrisa a la vez que alzo el brazo para poderle alcanzar; qué sentirá semejante criatura, qué sensaciones despertará el hecho de volar. La curiosidad se acentúa para que me llegue a sustentar sobre las puntas de mis pies descalzos, hasta tambalearme embriagada de ilusión y caer en el manto de trigo. Cierro los ojos y los demás sentidos se me agudizan al instante como amaestrados. Oigo mi corazón retumbar con amabilidad; su corazón. El alma madre me habla paciente para que logre entender.

—Quién soy —me atrevo a susurrarle—. Quién soy y cuál es mi propósito como ser.

La brisa me contesta en un ligero soplo, provocando que las espigas ondeen y expiren en siseo, meciéndome como a un retoño. Una sensación que busco cuando el astro rey empieza a bostezar. La piel se me eriza; prueba irrefutable de que soy capaz de sentir, que estoy viva y formo parte de la grandeza sobre la que yazco. Me postro ante tal excelencia

 

Presencia.

Oigo sus pasos. Fragancia desconocida, pinceladas de aromas que se entrometen en el aire y llegan a mí. ¿Quién es? Casi involuntariamente abro los ojos y me incorporo, dirigiendo por intuición la mirada hacia el nuevo sujeto. Efectivamente me observan un par de irises oscuros y profundos, que me atrapan en seguida casi sin dejarme salir. O quizá no quiera.

Tan rudo como grácil, de facciones marcadas aunque bellas. La elegancia personificada. Atractivo, escultural, hermoso, majestuoso… Un rey llamado por el cercano atardecer. Me pongo en pie procurando no hacer ningún paso en falso. Tengo todos los músculos del cuerpo tensionados, pero él retrocede un poco para salvar las distancias. El gesto me enternece, pues descubro que no hay mala intención en su intrusión. Expiro una sonrisa pretendiendo que el tenue aire se la entregue. Quiero que se acerque. Puedo hasta palpar su tímida curiosidad, pues ni siquiera ha apartado sus pupilas de mí.

—Hola —articulo vagamente, apenas sonoro.

No obtengo respuesta. Decido probar a alargar el brazo, con cuidado. Y espero. Él, inmóvil durante unos instantes más hasta que, cuando el hormigueo empieza a apoderarse de mi paciente extremidad, tras una ojeada fugaz para comprobar nuestra intimidad da comienzo su acercamiento. Cortejo cauteloso, milimetrado, casi estudiado. Decido sentarme y él se agacha avanzando casi a tientas, peinando la tierra como queriéndola besar. Me roza accidentalmente por un mal cálculo de espacio; simpático, delicado. Parece sentirse culpable por haberme tocado, pero me apresuro a posar mis manos sobre sus hombros para que no se retire de nuevo. Se detiene, me inspecciona; se relaja al fin. Puedo notarlo, veo cómo cambia el brillo de sus ojos.

Ya busca mi mano, se acaricia con mi tacto bajo un temple contenido, siempre pidiéndome permiso en silencio. Me enamora a cada gesto, a cada detalle. Empiezo a respirar su dulce aura por adicción y a disfrutar de su compañía tan mágica, tan aduladora, tan seductora. Me atrevo a compartir mi coqueteo, que se va traduciendo por movimientos en un jovial jugueteo evadiéndonos de todo lo demás. A veces él se detiene en seco; me cuesta entender qué es lo que intenta decirme. Es diferente, especial. ¿Qué quiere? A ratos parece que sólo se contente en deleitarse conmigo, pues busca insistentemente el reposo de mi pecho, cual cachorro desconsolado. Así que me tumbo dejando que nuestros cuerpos moldeen un nido entre la amarillenta vegetación. Con cuidado se recuesta sobre mi abdomen, aparentemente satisfecho. Levanta la cabeza y resopla para expulsar la poca tensión que todavía pueda acarrear.

 

Recuerdo.

Le acaricio la tez, el cuello, la espalda, el cuerpo. Es posible que incluso se duerma. No importa, pues me llena de una paz especial. De vez en cuando me hace saber que sigue consciente presionando ligeramente su rostro contra mi piel. Y se restriega. Y disfruta. Me siento madre, incluso dueña.

Siguiendo el compás pausado que mis pensamientos van tejiendo con el tarareo que la quietud me susurra, mi palma se mueve como un abanico sobre su pelaje: grisáceo y empolvado de tonos canela. Es una bendición poder acariciar semejante criatura salvaje aunque racional, llena de sabiduría y afecto. Una oportunidad que tan sólo la naturaleza puede regalarme.

Mueve la oreja, levanta el busto dejando una de sus patas delanteras suspendidas. Debe de haber oído un rumor, percibido lo prácticamente imperceptible para el hombre. Como si el sol ya ausente le estuviera llamando des del Más Allá. Me mira desconcertado; sé que no quiere dejarme sola. Pero lo entiendo: debe irse. Asiento controlando la inclinación, rozando la veneración. Él se endereza sobre sus cuatro patas, luciendo pecho y recobrando su magnanimidad. Se me eriza la piel ante la fascinante figura, así como la temprana noche se postra ante el can. El tiempo se hace más presente y vuelve a existir a medida que la distancia entre ambos se pronuncia.

—¿Nos volveremos a ver? —no puedo contener más en mi mente la angustia.

Una última parada para volver la cabeza hacia mí; ojos oscuros y profundos, que me atrapan en seguida casi sin dejarme salir. Y no quiero. Relaja la mandíbula, dejando entrever una alineación de dientes blanca y perfecta. Sigo sin entenderlo por mucho que me hable. Sólo puedo quedarme abstraída por su porte tan rudo como grácil, de facciones marcadas aunque bellas. La elegancia personificada. Atractivo, escultural, hermoso, majestuoso… Un rey modesto custodiado por la luna llena, pura, de porcelana.

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