Las hijas del mar

La fría mañana amanecía con el cielo despejado y los rojizos rayos del sol tímidamente asomaban en la línea del horizonte. El mar estaba encalmado, la brisa marina no soplaba y hacía del mar un día perfecto para salir a faenar. Él lo aprovechó para salir a pasear por la costa, mientras los pescadores se alejaban de la orilla con sus pequeñas barcas.

Se había retirado en ese pequeño pueblo tranquilo alejándose de la multitud y del ruido de la ciudad. Necesitaba descansar de su vida urbana y volver a empezar de nuevo alejado de todo lo que conocía en ese bucólico pueblo de la costa, lugar escogido para su retiro en la tranquilidad, demasiada. Había pasado del ruido, las prisas y el estrés al otro extremo donde había silencio y calma, tanta que incluso tenía un punto de aburrido ese pueblo. Lo más emocionante que le había encontrado era la excitante leyenda sobre esas aguas que contaban los pueblerinos: las hijas del mar, bellas mujeres que conquistaban los hombres, llegaban hasta las orillas de la playa y todos los hombres que las veían no se podían resistir a su belleza y se iban con ellas bajo el agua para siempre. Sólo un hombre había regresado de las profundidades marinas decían.

Eran un pueblo de pescadores desde el día que pusieron la primera piedra y vivían de los frutos que daba el mar. Eran cuatro casitas construidas a lo largo de la corta playa con escasos comercios y ocio.

Salió de casa y resiguiendo la línea de la costa fue avanzando tranquilamente. En la playa se encontraban las viejas barcas que estaban varadas en la arena desde hacía ya muchos años. Se les notaba que hacía tiempo que no tocaban el agua y la brisa marina les había hecho pasar factura: la pintura y el barniz estaba agrietado y resquebrajado y la madera empezaba a quedar vieja.

Después de cruzar el pueblo, se alejó dejándolo atrás y subió la pequeña colina que conducía a los acantilados. Al otro lado se encontraba una estrecha cala muy visitada por los jóvenes del pueblo. En la cima, se paró cerca del borde y observó todo su alrededor. Por un lado tenía el pueblo a sus pies, por otro la inmensa superficie azul que le hacía sentir muy pequeño delante de un mundo tan grande y por otro lado tenía la cala, dónde algo le llamó la atención.

Una joven chica a la que nunca había visto estaba bañándose

en la orilla completamente desnuda. Esa escena entre los jóvenes era normal, pero lo que llamó la atención fue su belleza equivalente a la de una diosa. Con precaución para no asustarla, bajó hasta la cala para observarla más de cerca. No había visto jamás una mujer más bella: su cuerpo era perfecto en todos los aspectos. Su larga cabellera de un negro azabache intenso contrastaba con su fina y blanquecina piel y las gotas posadas en ella brillaban bajo la luz del sol como si de preciosos diamantes se trataran. Sus movimientos eran elegantes y suaves, como si estuviera ejecutando una danza dentro del agua.

En cuanto él estuvo muy cerca de ella, se percató de que tenía visita. Se quedó quieta dentro del agua observándolo detenidamente.

—Hola —le habló con dulzura para no asustarla.

Se acercó a ella despacio, pero sin previo aviso ella se zambulló en el agua y se alejó nadando mar adentro.

—Espera, no te vayas —gritó lamentándose por su atrevimiento frente a ella.

Corrió hasta que el agua le hubo mojado por completo las deportivas. Suspiró mirando por dónde se había ido la joven y ahí de pie se quedó largo rato esperando a que volviera, pero no ocurrió. Se acababa de enamorar de la mujer más bella que jamás había visto. Se había enamorado de una leyenda.

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De vuelta ¡y con novedades!

¡Y bien, traemos muy buenas noticias tras volver de nuestro viaje! Se nota que hemos renovado aires yendo unos días al extrangero. Hay varias cositas, las enumeramos:

  1. Se nos han ocurrido nuevos conceptos para próximas historietas (sólo faltaría…): querer atrapar las nubes, el clásico tropezón entre un chico y una chica, un asesinato que resolver de forma agridulce…
  2. Barajamos la posibilidad de incluir una mejora en el blog: en unos días añadiremos una nueva pestaña. Estad atentos si queréis saber de qué va a tratar.
  3. Y algo que nos hace muchísima ilusión: ¡nos han recomendado en el blog Palabras de Terciopelo! Estamos tremendamente agradecidas. Podéis bucear en el blog de estas chicas también para echarle un ojo a las entradas. ¡Son de lo más variadas y redactadas con toda la ilusión del mundo!

Para cerrar este post tan breve como intenso, os dejamos con unas pocas fotos que tomamos durante el viaje a Praga. Preciosa ciudad, por cierto.

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Claire & Chelle se van de viaje

«Eso me pasa por no empezar a hacer la maleta tres días antes.»

―Eso te pasa por no empezar a hacer la maleta tres días antes.

«No me digas, Claire…»

―Será que tú no la has hecho hoy, también.

―Sí, pero al menos me he levantado temprano, Rochelle…

Oh, sí. Esas fiestas que se alargan hasta horas inoportunamente impuntuales, en las que hasta el último mono quiere interrogarte a fondo. Y lo peor es que te encante hinchar el pecho y hablar. En serio, a estas alturas mi hermana debería comprenderme.

―Reconoce que estuve bien ―saqué la cabeza por su habitación. El sillón de su escritorio giró sobre sí y la mueca del rostro de Claire se descubrió ante mi ceja alzada. No dijo nada―. Vale. Entiendo ―y desaparecí de su vista antes de que me tirase un zapato o una almohada.

Conseguí bajar la maleta desde lo más alto del armario, la abrí y la encaré apoyando mis puños en la cadera a la vez que resoplé. Sólo faltaba bucear entre perchas y conjuntar modelitos decentes.

«Como si fuera tan fácil… Veamos: camiseta básica negra; camiseta básica blanca, claro. Tejanos; dos. A bueno, espera que si hace frío un jersey… el color berenjena. Le meteré un par más por si acaso. Y un vestido mono. Y mi prenda favorita: el kimono largo, blanco, de encaje. Americanas… la gris, ¿o la verde?»

―Recuerda que sólo nos vamos cuatro días ―oí decir a Claire como si me estuviese espiando.

«Me quedo con la gris, que igual con la verde paso demasiado calor.»

―Sí, sí ―le dije―. ¿Qué temperatura tendremos?

―En principio como aquí, pero es posible refresque porque nos va a llover.

―No me ayuda mucho saber eso, pero vale. Veremos cómo voy a cerrar la maleta…

Al final opté por redactar una lista de todo lo que me iba a llevar: toda la ropa, pares de zapatos, maxipañuelos del cuello, bañador, toalla, neceser con todas las pinturas de guerra, mochila con el portátil y la cámara de fotos ―que eché a cargar―, champús, secador ―con adaptador de corriente, importantísimo―…

―Yo creo que ya, ¿no? ―pregunté en voz alta sabiendo que Claire se aproximaba hasta poder contemplar conmigo la obra de arte contemporánea que había creado sobre mi cama.

―Pasaporte.

―Cierto ―fui a buscarlo y lo añadí sobre el bolso.

―Reserva del vuelo.

―De eso te encargas tú.

―Cabeza.

―¿Cabeza? ―fruncí el ceño para mirármela: se estaba riendo por debajo la nariz―. Ja, ja; qué gracia.

―No te enfades… ―intentó poner ella carita de perro mojado a propósito.

―Pues mira, algo más importante sí que me iba a dejar ―me retiré del borde de la cama una vez más, bajo la atenta mirada de mi hermana. Rebusqué en las estanterías, repasando todos los lomos de los libros. Hasta que encontré un espiral negro―. Libreta y lápiz. Nunca se sabe cuándo viene la inspiración a hacernos una visita.

―Podemos hacer como los grandes artistas: escribir en una servilleta, o en el papel del váter.

―Jamás había oído semejante sinónimo de “tus relatos son una mierda” ―bromeé intentando permanecer seria.

―Anda, mételo todo dentro y nos vamos. Tenemos un avión al que subir.

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